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Cayetano González

La izquierda sangra por la herida de Madrid

La izquierda lleva sin gobernar la Comunidad desde 1995 y el Ayuntamiento desde 1989. Y está furiosa.

Cayetano González
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La izquierda no gobierna en la Comunidad de Madrid desde 1995. Y, salvo el paréntesis de Carmena (2015-19), en el Ayuntamiento de la capital desde 1989. A esa realidad electoral hay que añadir que la gestión del centro-derecha en las dos instituciones ha sido excelente, convirtiendo a Madrid en una locomotora que ha tirado de la economía nacional. Se han bajado los impuestos, construido hospitales; se han ampliado los kilómetros de metro, se ha invertido en educación, en infraestructuras y, sobre todo, se ha hecho de Madrid un lugar abierto, acogedor, donde a nadie se le pregunta qué piensa o qué vota.

Esta situación ha traído de cabeza al PSOE en las últimas décadas, porque gobernar en Madrid es un gran escaparate. Continuos cambios de candidatos –recuérdese a Trinidad Jiménez, Rafael Simancas, Miguel Sebastián, Antonio Miguel Carmona, Ángel Gabilondo, Pepu Hernández, entre otros– no han conseguido dar con la tecla adecuada para desalojar a la derecha del poder.

En esa clave se puede explicar, que no justificar, el desaforado ataque que a finales de la pasada semana toda la maquinaria socialista, la del partido y la mediática a su servicio, desplegó ante las dudas y vacilaciones, mala gestión en definitiva, que mostró la actual presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso, con motivo de la solicitud para pasar a la Fase 1 de la tan manida desescalada, que finalmente no fue autorizada por el Gobierno de la Nación.

Bastó que esa izquierda rabiosa por no gobernar en Madrid viera esos momentos de duda en el ejercicio de su liderazgo por parte de Díaz Ayuso –que se agravaron con la dimisión de la directora de la Salud Pública de la Comunidad, al no estar de acuerdo con la decisión tomada por la presidenta– para que se lanzara como una fiera para tratar de cobrarse una pieza de caza mayor.

Y ahí esa izquierda mostró su verdadero rostro. En primer lugar, el vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, ese que al que Sánchez delegó al comienzo de la crisis de la pandemia la gestión de las residencias de mayores, con el resultado tan trágico por todos conocido –aunque el Gobierno siga sin querer dar el número de personas muertas en las residencias–, disparó con toda la artillería, llegando a decir que la Comunidad de Madrid estaba haciendo propaganda con la salud de los madrileños.

No satisfechos con eso, tanto el PSOE como ese dechado de delicadeza y pulcritud en la expresión oral que es Adriana Lastra pusieron un tuit en el que afirmaban que el Gobierno de Sánchez salvaba a Madrid. Y el remate lo protagonizó la portavoz del Gobierno, María Jesús Montero, cuando desde la sala de prensa de la Moncloa azuzó la posibilidad de una moción de censura contra Díaz Ayuso en la Asamblea de Madrid, en una clara muestra de esa unidad institucional que tanto solicita Pedro Sánchez.

El otro actor importante en esta situación ha sido Ciudadanos. La imagen que públicamente ha transmitido el vicepresidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio Aguado, marcando distancias con Díaz Ayuso en esta cuestión y en otras varias, no es la más recomendable en un Gobierno de coalición. Las discusiones y los diferentes puntos de vista que pueda haber se debaten internamente, pero trasladarlas al exterior es una mala práctica.

Las encuestas, tanto en Madrid, como en el resto de España, no pintan bien para el partido naranja, todo lo contrario que para el PP. En el caso de Madrid –Comunidad y Ayuntamiento–, esas encuestas convierten a Ciudadanos en un partido casi irrelevante, siguiendo la estela de lo que sucedió en las últimas elecciones generales. Inés Arrimadas ha desmentido tajantemente en las últimas horas que su partido esté en una operación de desbancar al PP en Madrid o en las otras comunidades donde gobiernan en coalición. Estoy convencido de que dice lo que piensa, aunque a veces –apoyando por ejemplo a Sánchez en la prolongación del estado de alarma– desconcierte a propios y extraños.

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