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No hay peor ciego que el que no quiere ver

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Existe una tendencia, agudizada en los últimos tiempos, en algunos de nuestros gobernantes y en sus acólitos mediáticos, que consiste en negarse a ver la realidad, paso previo imprescindible para poder aceptarla y en su caso hacerla frente. Ejemplos los hay para dar y tomar. Uno de la nefasta etapa de Zapatero fue el tiempo que tardó el ex –Presidente socialista en reconocer y llamar crisis económica a lo que todo el mundo, menos él, entendía que era así. En la etapa de Rajoy al frente del Gobierno hay también vario ejemplos, pero me referiré sólo a dos especialmente graves que afectan directamente al proyecto de la España constitucional que se alumbró en la transición política y que tuvo su refrendo con la aprobación de la Carta Magna en 1978.

Primer caso de la era Rajoy: Cataluña. Tras la Diada del 11 de setiembre del 2012 que fue el pistoletazo de salida del proyecto secesionista de Mas y de Junqueras, el actual Presidente del Gobierno no tuvo otra ocurrencia que calificar de "dimes y diretes" todas las señales que llegaban desde Cataluña de que el proceso secesionista iba en serio. Desde entonces, el Gobierno de Rajoy y el partido que lo sustenta han renunciado en esta cuestión, como en tantas otras, a hacer política, a articular un proyecto ideológico que hiciera frente al planteado por los independentistas.

Toda la política de Rajoy ha consistido en decir que su Gobierno no permitiría la independencia de Cataluña y que para ello, en el momento procesal oportuno, se iría aplicando la ley. Con ese discurso, -"no habrá referéndum el 9-N", se hartó de decir el Presidente del Gobierno- acabó habiendo un referéndum, todo lo ridículo que se quiera, pero se sacaron las urnas a la calle y miles de catalanes votaron.

Ahora Rajoy sigue instalado en ese discurso: "Cataluña no será nunca independiente de España" dijo la pasada semana. Y seguramente acertará, pero no será así por lo que su Gobierno o su partido hagan, sino porque el contexto europeo, mucho más después de lo de Grecia, no está para muchas bromas. Pero de acción política en Cataluña por parte del Estado, nada de nada. Y la prueba de esa renuncia vergonzante de Rajoy a dar la batalla política es la absoluta irrelevancia a todos los niveles que ha alcanzado el PP en Cataluña. Las encuestas le sitúan en un sexto o séptimo lugar en intención de voto, posición que se verá confirmada en las elecciones del próximo 27 de setiembre, mucho más si se mantiene a Alicia Sánchez-Camacho como cabeza de lista de los populares.

El caso de Navarra no es de menor trascendencia que el de Cataluña. Con la elección este lunes de la nacionalista Uxue Barkos como Presidenta del Gobierno de la Comunidad Foral se inicia un camino que terminará más pronto que tarde en la integración de Navarra en Euskadi. Por mucho que la señora Barkos intente tranquilizar a la feligresía navarra sobre este asunto diciendo que no es una prioridad de su ejecutivo, no resulta creíble porque si algo tienen los nacionalistas es que son perseverantes y tozudos a la hora de luchar pos alcanzar sus objetivos. Y el de la integración de Navarra en Euskadi está en los genes del nacionalismo vasco desde los tiempos del visionario fundador del PNV, Sabino Arana.

Pero el futuro de Navarra no parece que preocupe en exceso a Rajoy. Cometió el tremendo error de romper en 2008 el pacto que su partido mantenía con UPN; asimismo, el compromiso que adquirió de derogar la disposición transitoria cuarta de la Constitución –la que permite activar el mecanismo de la incorporación de Navarra a la Comunidad Autónoma Vasca- lo metió en el baúl de los recuerdos cuando llegó a la Moncloa, y la marca PP en Navarra es absolutamente inexistente; basten dos datos como botón de muestra: en las recientes elecciones municipales y forales, el PP sacó 0 concejales en el Ayuntamiento de Pamplona y sólo dos diputados de un total de 50 en el Parlamento Foral. Así se escribe la historia.

Ahora no vale quejarse de que la Consejería de Interior del Gobierno de Navarra vaya a estar en manos de Bildu o que en esas mismas manos esté el Ayuntamiento de Pamplona y que una de sus primeras acciones sea poner la ikurriña en el balcón consistorial el día en que comienzas las fiestas de San Fermín. ¿Qué ha hecho el PP en estos casi cuatro años de mayoría absoluta para impedir que las diferentes marcas de ETA estén en las Instituciones? La respuesta es muy simple: nada.

El no querer ver que en Cataluña hay un "proceso" secesionista, igual que lo hay en el País Vasco –véase sino los discursos de este pasado domingo del lehendakari Urkullu y del Presidente del PNV en el acto de celebración de los 120 años de este partido- o que Navarra ha iniciado un camino hacia la integración en Euskadi, puede tener el efecto de que Rajoy viva más tranquilo en su burbuja monclovita, pero no por ello la realidad deja de ser como es. Y si a esa ceguera de Rajoy se une la postura irresponsable y frívola del actual PSOE de Pedro Sánchez, entonces el panorama no puede ser más desolador para los que siempre hemos pensado y defendido que España es una gran Nación, a pesar de que algunos de sus gobernantes hagan, por acción o por omisión, todo lo posible para que deje de serlo.

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