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Ada Colau y la calle contra las urnas

Lo más parecido a estas pacíficas acciones de la PAH que hemos tenido por aquí fue lo que hicieron durante años los proetarras en el País Vasco.

Cristina Losada
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Es curioso que, en España y para el ojo público, las víctimas por antonomasia de la crisis no sean los parados, que andan por los seis millones, sino los desahuciados, que se cuentan por miles. Igual es que perder la vivienda se considera peor suerte que perder el trabajo. Pero pienso que en esa distorsión ha tenido alguna influencia el excelente trato mediático de que ha gozado la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, que estos días se dedica a "señalizar públicamente" a los "criminales sociales". Desde que apareció, cuando aún estaba Zapatero, comenzó a salir en los telediarios y a labrarse fama de justiciera. Ahora, su presidenta, Ada Colau, sienta cátedra en los platós. De qué extrañarse. Se les ha presentado como héroes. Como esos héroes anónimos que, de pronto, hartos de una terrible injusticia, se toman la justicia por su mano.

Tal como anunciaron, los miembros de esa plataforma están acosando a los diputados que no parecen dispuestos a votar a favor de su iniciativa legislativa. La manera de convencerles para que cambien de opinión consiste en concentrarse delante de sus domicilios, empapelar la zona con carteles denunciando su vileza, aporrear las puertas de sus casas y perseguirles allá donde vayan llamándoles asesinos, criminales y sinvergüenzas. Como no les agreden físicamente, insisten en que se trata de una acción pacífica. Pero hay formas de violencia que no requieren ponerle a alguien la mano encima. El acoso, la amenaza y la intimidación son violencia. Lo más parecido a estas pacíficas acciones de la PAH que hemos tenido por aquí fue lo que hicieron durante años los proetarras en el País Vasco, como acaba de escribir Rosa Díez. Son métodos de persuasión de las que no se han privado tampoco grupos nacionalistas en Cataluña y Galicia.

La violencia moral ejercida por los de Colau ha encontrado ya su literatura blanqueadora. Se la reduce a presión, como la que se ejerce en otras democracias sobre los diputados a través de cartas y mensajes. Hombre, una diferencia es que aquí el mensaje lo entrega, en el domicilio privado, una banda con modales de matón. La justificación reside en la desafección hacia los políticos: como están alejados de los ciudadanos, la única manera de acercarlos es cercarlos. La premisa implícita es que los miembros del Congreso no representan a los ciudadanos. Fueron elegidos hace año y pico por más de 24 millones de votantes, y los del PP representan a casi once millones. Pero nada de eso debe contar. Debe contar, en cambio, una plataforma que sólo se representa a sí misma. Una vez más, la calle contra las urnas.

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