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Cristina Losada

Del 'Aquarius' a la realidad

Hemos dejado a Marruecos la protección de la frontera para no tener que mancharnos las manos.

Hemos dejado a Marruecos la protección de la frontera para no tener que mancharnos las manos.
AMDH Nador

Se estrenaba Pedro Sánchez en el manejo de crisis migratorias. Fue hace cuatro años, también en junio. El barco Aquarius vagaba por el Mediterráneo con más de seiscientos inmigrantes a bordo. Nadie quería acogerlo, y menos que nadie el jefe del Gobierno italiano, Salvini, fustigado aquí por xenofobia y ultraderechismo. Entonces dio el paso Sánchez, y dijo que acogíamos. Se eligió como puerto de llegada el de Valencia. Allí Mónica Oltra, la misma que el otro día pasaba de la risa al llanto de la dimisión, hizo alarde: "La sociedad valenciana no deja a nadie a la deriva". Se mandó a la vicepresidenta Carmen Calvo a recibir al barco. Todo fue sentimentalidad, humanitarismo y virtud. La exhibición virtuosa encontró hueco en el libro de Sánchez, Manual de resistencia, donde se lee:

El haber salvado la vida a las 630 personas del Aquarius hace que valga la pena dedicarse a la política.

Hasta aquí el bello episodio de bondad y amor solidarios del Gobierno y su presidente. Todo lo que vendría después fue sometiendo la demagogia buenista a la prueba de la realidad. La realidad es que las riadas migratorias y los asaltos a las fronteras no pueden encararse como oportunidades para mostrar lo virtuoso y humanitario que es un Gobierno. Hacerlo es asegurarse la tempestad política cuando ya no puedes hacerlo más. Es lo que le ha ocurrido a Sánchez con el asalto a la valla de Melilla que ha dejado decenas de muertos por la intervención de la gendarmería marroquí. Aunque Podemos se ha mordido la lengua, consciente de que seguir vociferando contra su propio Gobierno no sale a cuenta, el mundillo de la izquierda ha hecho sonar la trompeta del Juicio Final. Sánchez ya no es bueno. Sánchez es malvado. Si se acordaran de Salvini, dirían que es como él. Y no andarían muy lejos de la verdad.

Decía el presidente en 2018, y se lo están echando en cara: "Hay que restablecer una política justa en las fronteras". ¿Y cuál es? España ha subcontratado a Marruecos para que proteja la frontera de las avalanchas de inmigrantes. Y no lo ha hecho por economía, para ahorrarse los medios necesarios. Cuando el Imperio romano subcontrataba, en cierto modo, la seguridad de sus fronteras con los reinos clientes, lo hacía seguramente por razones de eficiencia, no porque le planteara ningún problema político emplear cualquier medio a su alcance para repeler a los invasores. A nosotros, en cambio, sí se nos plantea el problema. Un problema político, un problema de imagen. Hemos dejado a Marruecos la protección de la frontera para no tener que mancharnos las manos. Para que el uso de la fuerza lo hagan los marroquíes y no nosotros. Para que los muertos, si desgraciadamente los hay, no figuren en nuestra cuenta, sino en la de otro.

El problema es que queremos ese autoengaño. Lo que gusta hoy en España es que las fronteras las protejan unas fuerzas de seguridad menguantes con una mano atada a la espalda, y que el Ejército, si es que hay que tenerlo, sea para misiones de paz, obras de caridad y tareas de salvamento.

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