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El 'caganer' que sabía demasiado

En Cataluña no ha caído nadie ni por espiar ni por haber sido espiado, y esto último es muy significativo.

Cristina Losada
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Hubo buenos escritores que se dedicaron, de un modo u otro, al espionaje, lo que abre la puerta a la hipótesis de que el talento literario es una base adecuada para una actividad que entabla relación con la debilidad humana. Ese talento se echa en falta en el caso de la sociedad de espionajes mutuos que se ha descubierto en Cataluña, donde el detalle más conocido, que es el del florero, sitúa la acción en un barrio de Torrente y no en el mundo de George Smiley. Pero además de sórdida parece una trama fallida. Si se prescinde del aspecto moral y legal, es decir, de lo importante, surgen dudas sobre su sentido. La cuestión de la eficacia: para qué sirvió, a los partidos implicados, tanto espiar y espiarse.

A cualquier espionaje político se le llama Watergate, y en Estados Unidos llegó a usarse tanto la analogía que un Anthony Lewis, del New York Times, alertó de que se trivializaba. Tampoco vamos a sacralizarlo. En realidad, lo que hizo un daño irreparable al presidente fue el contenido de las cintas en las que grababa todas las conversaciones que mantenía en la Casa Blanca. Su imagen se hundió cuando se supo cómo hablaba en la intimidad. Simplificando: Nixon cayó más por espiarse a sí mismo que por espiar a sus adversarios. Pero cayó. En Cataluña no ha caído nadie ni por espiar ni por haber sido espiado, y esto último es muy significativo.

Un aspecto curioso del Watergate es que no se ha podido determinar qué información concreta buscaban los cinco mortadelos que allanaron las oficinas del Partido Demócrata muy bien trajeados y con guantes de látex. Igual estaban a lo que cayera, como en Cataluña. Ahí apilaron informe sobre informe, y la pregunta vuelve: ¿los usaron? Se supone que el PSC espió para obtener pormenores de la corrupción de los Pujol, pero si los consiguieron no se notó nada en el devenir político. Lo mismo con Felip Puig, que tras ser espiado, dicen, por otros de su partido en su faceta de comisionista sigue en el machito. Uno espera que tanto espionaje fructifique en escándalos y cataclismos, en reputaciones destruidas y carreras políticas truncadas. Pues no. No produjo ninguna alteración visible.

Tan apabullante falta de resultados avala la idea de que estamos ante un espionaje inspirado en la doctrina del deterrence de la Guerra Fría: mutua destrucción asegurada. Todo el mundo tiene su arsenal, por lo que nadie arroja nunca la bomba. Pero no quiero abusar de la analogía: aquello era el equilibrio del terror y esto es el equilibrio de la astracanada. No es materia para el novelista, sino para el cómico. Y seguramente para el psiquiatra. 

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