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Cristina Losada

El comisariado político del confinamiento

Muy interesante sería conocer en qué ocupaciones y edades están las personas más proclives a apoyar las más rigurosas restricciones y los confinamientos más absolutos.

Cristina Losada
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Muy interesante sería conocer en qué ocupaciones y edades están las personas más proclives a apoyar las más rigurosas restricciones y los confinamientos más absolutos.
Una calle desierta de Benidorm. | Alamy

Muy interesante sería conocer en qué ocupaciones y edades están las personas más proclives a apoyar las más rigurosas restricciones y los confinamientos más absolutos. Ese estudio no se ha hecho ni se hará, pero no es descabellado suponer que aquellos que han podido seguir trabajando y no han visto reducidos sus ingresos, más los que tienen mayor seguridad de que van a conservar sus empleos, estarán en el grupo de los más favorables y entusiastas de medidas que, en cambio, abocan a otros a la pérdida de empleos e ingresos, al cierre de sus negocios o a las colas del hambre. Ignoro cuál de los dos sectores será el más numeroso, pero tengo pocas dudas sobre cuál es el que cuenta con mayor presencia pública e influencia. No hay más que ver cuál es la posición que ha logrado el estatus de única admisible. Cualquiera que se someta al bombardeo de los grandes medios lo puede comprobar. La corrección política del momento epidémico es confinar, confinar y confinar. Es la ortodoxia, es el dogma. 

Es un dogma que ha cristalizado sin discusión y que es indiscutible. Los guardianes de la ortodoxia velan por ello. Y entre esos vigilantes está en primera fila un sector del periodismo acostumbrado ya a ejercer esa función. De ahí que no me sorprendiera nada que el auto del TSJ del País Vasco permitiendo de forma cautelar la reapertura de la hostelería fuese recibido por ese sector como una quiebra intolerable de la ortodoxia, y con una investigación sobre el juez ponente, Luis Ángel Garrido. Los hallazgos de esa investigación han movido al Gobierno vasco a plantearse la recusación del juez, por supuesta falta de imparcialidad al dictar el auto que deja sin efecto, cautelarmente, parte de sus restricciones. Luego dicen muy ufanos en los medios que el cuarto poder está para controlar los excesos del poder político.  

La cadena SER descubrió que el juez tenía en su perfil de WhatsApp un reciente tema de Van Morrison contra los confinamientos. “No more lockdown, no more government overreach, no more fascist police” (no más confinamiento, no más excesos del Gobierno, no más policía fascista), dice la letra. Terrible. Mira que si el juez es un libertario. Luego se supo que Garrido había dicho en una tertulia radiofónica que la epidemiología no está tan avanzada como parece –cosa probable– y que las medidas contra la epidemia que se han tomado no difieren mucho de las que se adoptaban en la Edad Media –cosa cierta–. Su opinión sobre los epidemiólogos –que son un médicos de cabecera con un cursillo– ha provocado una indignada réplica de la Sociedad Española de Epidemiología. Seguimos en la serie de los ofendiditos.

Todo este revuelo gracias al celo investigador de la prensa guardiana de la ortodoxia. No investigará por qué en ciertas regiones, a pesar de las máximas restricciones, la epidemia no da un respiro y por qué en otras, con menos restricciones, sí lo da. No indagará si hay alternativas al dogma confinador que han ayudado a establecer por puro seguidismo de la política o por pereza intelectual. O, quién sabe, porque le gusta. Quizá le gusta la sensación de omnipotencia del poder político. Quizá les mola ese escenario, como de dictadura, que ofrecen tantas urbes: todo cerrado, calles vacías, la gente en casa, patrullas policiales, la persecución de los indisciplinados. Hay un alma autoritaria en los guardianes de la ortodoxia, eso por descontado. Y se sienten seguros. Son del grupo de los protegidos, de los que no sufren las consecuencias y la incertidumbre de los cierres –de momento–. Luego hablarán de empatía, y dirán que se ha demostrado que somos extraordinariamente solidarios, otro dogma, éste sentimental, de la propaganda epidémica.

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