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El culto al diosecillo filtrador

Tenemos a un presunto violador convertido en un héroe, y en un héroe de la libertad de expresión, cosas veredes, al que se persigue no por abusar de Anna Ardin y Sofí­a Wilem, sino por revelar secretos oficiales, que también, por cierto, es un delito.

Cristina Losada
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El fenómeno Assange, como indicio del tipo de delirios más o menos colectivos y dudosamente polí­ticos que despierta nuestro tiempo, resulta de mayor interés que el personaje del hacker australiano, y a mí­, en concreto, me intriga más el secreto de su éxito como celebridad que los secretos que ha filtrado. Bill Keller, que era director del New York Times cuando publicó los documentos, escribió que en el curso de una presentación en Berkeley, en la que Assange se hizo presente en una pantalla gigante –como el gran Mago de Oz–, tuvo la impresión de que la mitad del público parecí­a a punto de tirar su ropa interior a la pantalla, el ritual erótico que se reserva para los rockeros. Keller, desde luego, no cayó fascinado, pero hay que ver cuántos, incluidos periodistas, catedráticos, intelectuales, se han rendido a sus encantos misteriosos y le lanzan sus paños menores en forma de admiración y agradecimiento infinitos.

Esa legión de fans y groupies que adoran a Assange, según dicen, por "dar a conocer la verdad", esto es, que en las guerras se cometen crímenes, algo que nadie sospechaba, le protege de la acusación de delitos sexuales por la que quiere interrogarle la justicia sueca. Así que tenemos a un presunto violador convertido en un héroe, y en un héroe de la libertad de expresión, cosas veredes, al que se persigue no por abusar de Anna Ardin y Sofí­a Wilem, sino por revelar secretos oficiales, que también, por cierto, es un delito. Sus incondicionales, así mismo, han difundido la especie de que Ardin, una mujer vinculada a la socialdemocracia sueca, es agente de la CIA y que todo es un sucio truco para trasladarle a Suecia y de ahí a los Estados Unidos, donde aseguran que le darían finiquito. "¡No hay garantí­as!", proclaman. Resulta que no hay garantí­as en Estados de Derecho como Suecia, Gran Bretaña y Estados Unidos. Bien. Pasen al estrado los protectores del personaje: el Ecuador de Correa, la Venezuela de Chávez, la Rusia de Putin. Y llévenselos, que da vergüenza.

Una clave de la borreguil credulidad de la que se beneficia el endiosado Assange es la combinación de antiamericanismo y teorí­as conspirativas que lleva tantas décadas rodando por el mundo. En su entregado público estarían quienes creen que cuanto sucede, sucedió o sucederá se fragua en el secreto de un complot (la causalidad diabólica, en términos de Leon Poliakov), que el centro maligno radica en Washington, y que la prensa tradicional está en la conjura. Con ese cuadro mental no extraña su fe en que las filtraciones de Wikileaks cambiarí­an el mundo. El show no ha terminado y yo espero ver, cualquier dí­a, cómo Assange y Garzón pelean por protagonismo igual que dos folclóricas, antes amigas, siempre rivales. Para llorar, pero de risa. 

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