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Cristina Losada

El estallido de García-Page

No le teníamos por un separatista, pero se ha revelado un buen imitador de aquel sentir tribal y su impostado odio a Madrid.

Cristina Losada
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No le teníamos por un separatista, pero se ha revelado un buen imitador de aquel sentir tribal y su impostado odio a Madrid.
El presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García Page | EFE

Ha dado la vuelta al mundo, al pequeño mundo de la prensa, una explosiva declaración del presidente castellano-manchego en la que atribuía la grave incidencia de la epidemia en su región al mefítico influjo de Madrid. En concreto, a una bomba radiactiva vírica que alguien, madrileño por supuesto, habría colocado en la capital para contaminar a todo bicho viviente en kilómetros y kilómetros a la redonda y, sobre todo, a los castellano-manchegos, que son los que han de votarle.

No teníamos a García-Page por un separatista, pero en esta declaración se ha revelado como un buen imitador de aquel sentir tribal y su impostado odio a Madrid, y es que no hace falta ser separatista para ser un demagogo del quince. Late en ambos, no obstante, esa visión de la capital, tan frecuente antaño en la provincia, como una Babilonia licenciosa que siendo como es capital del vicio tiene que ser capital del virus. A Page le ha faltado pedir a los ciudadanos que no vayan a la capital a nada y menos a trabajar, pero no lo ha llegado a decir porque la economía es la economía.

El estallido del dirigente socialista llama la atención si se recuerda cuán reacio fue a tomar medidas drásticas al principio, allá en marzo. Entonces estuvo radicalmente en contra de suspender clases en escuelas y universidades, y dijo que lo único que querían quienes pedían tal cosa era tomarse quince días de vacaciones. ¡Ah, si hubieran sido sólo quince! Claro que unas horas después, el Gobierno central recomendó el cierre y Page tuvo que cambiar de posición con idéntica radicalidad. Del escenario de no dramatizar pasó al escenario dramático.

Y tan dramático. En su región, sin duda alguna. Porque Castilla-La Mancha, de entre todas las comunidades autónomas, tiene la tasa más alta de muertes por cien mil habitantes. Superior a las de Aragón y Madrid, que son las regiones con mayor número de casos por cien mil habitantes. De tal manera que la autonomía que preside García-Page es la octava en esa tabla de casos, pero la primera en tasa de fallecimientos. Y casi la mitad del total de muertes se han producido en residencias de mayores. No hay que darle más vueltas. Con esto quedan claras las motivaciones de su declaración. Los datos cantan.

Los Gobiernos de las comunidades autónomas, en esta epidemia, podían aprender de los aciertos y errores de los demás. Pero eso sería colaborar, y hay quien no tiene ni quiere tener esa costumbre. La práctica ensayada, probada y hasta el momento, exitosa es endilgar la culpa a otro y cebar la rivalidad. Page es sólo uno más.

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