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Cristina Losada

Gana la moción de censura

Las elecciones no las gana la oposición: las pierde el Gobierno. Y no las ha perdido. El doctor Sánchez ha logrado su objetivo. Era, a fin de cuentas, el objetivo de su moción de censura.

Cristina Losada
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Pedro Sánchez, disfrutando de su victoria de Ferraz. | EFE

Las elecciones no las gana la oposición: las pierde el Gobierno. Y no las ha perdido. El doctor Sánchez ha logrado su objetivo. Era, a fin de cuentas, el objetivo de su moción de censura. No hay como hacer campaña desde el Gobierno, y lo saben. Pero tampoco quitemos méritos, así como así, a su capacidad para pulsar los resortes adecuados a fin de atraer a parte de los desertores: los que le abandonaron o no se plantearon siquiera votarle en las citas electorales marcadas por los efectos de la crisis económica, que sirvieron de trampolín para la demagogia de Podemos. Esa es la otra cara de la moneda: los de Iglesias quisieron revivir en el electorado el recuerdo de la crisis, pero no han conseguido revivir el momento populista que los encumbró. Galapagar se acaba pagando. Aunque estos perdedores serán ganadores si tocan poder, como querrán.

Los resortes que ha pulsado el PSOE tienen interés por lo que revelan sobre las cosas que movilizan a la izquierda, como el miedo al trifachito y el pánico a Vox, tan difundidos por tierra, mar y aire. Puros terrores de infancia, pero eficacísimos. Son significativos también en otro sentido. Entre el electorado que oscila entre la izquierda y la extrema izquierda no desmoviliza en absoluto la perspectiva de componendas con el nacionalismo y el separatismo. Esto no sorprenderá pero hay que constatarlo. Más cuando el factor separatista va a tener, otra vez, su protagonismo indeseable. Un Gobierno socialista tendrá que sostenerse en una mayoría similar a la de la moción de censura. Con el incienso de las urnas como estimulante, Sánchez sentirá que tiene las manos libres para sus diálogos plurinacionales.

La sorpresa, al final, se llamaba Ciudadanos. El votante de centroderecha se había mantenido relativamente fiel al esquema bipartidista. Cuando el esquema y el sistema empezaron a resquebrajarse, ese votante no se aventuró mucho y optó por eso que el PP eligió como lema de su campaña: el valor seguro. Mientras la izquierda se partía en dos, con el PSOE y Podemos compitiendo codo con codo, el centroderecha permaneció más apegado a su opción habitual. Hasta este 28 de abril. La sorpresa la ha dado Ciudadanos, porque ha quedado a tiro de piedra del partido que había recogido, desde los tiempos de Aznar, el grueso del voto del centroderecha.

Los augures del PP culparán a Vox de su mal resultado, si insisten en lo que ya insistieron. Y volverán a errar: no es Vox, sois vosotros, dicho sea en coloquial. Hicieron llamamientos al voto útil cuando ya era inútil. Y se ha demostrado inútil. El hundimiento del PP es un efecto retardado. La renovación del liderazgo no ha servido para detener una quiebra de confianza que venía de atrás. Se fue gestando en distintas etapas, aunque la principal es la marcada por el golpe separatista de octubre. Casado podía desgañitarse anunciando que iba a aplicar el 155 hasta desarticularlo por completo, pero después de la gestión pasiva del desafío separatista que hizo el Gobierno de Rajoy, la credibilidad del PP en esa materia, e igual en otras, era prácticamente nula.

Así las cosas, según han salido los números, hay dos opciones: la peor y la menos mala. O el Gobierno de la moción de censura o un Gobierno de PSOE y Ciudadanos. El pequeño gran problema para esta segunda opción es doble. Ciudadanos se comprometió a no pactar con los socialistas. Además, dados sus buenos resultados, tendrá como objetivo seguir creciendo en el campo del centroderecha. Y para ese propósito, es inconveniente un pacto con Sánchez. De modo que el doctor tendrá, por fin, su Frankenstein.

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