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Cristina Losada

Hacia una tarjeta identitaria

No hay en España ningún monstruito nacionalista que asuste más a la izquierda que el fantasma del nacionalismo español.

Cristina Losada
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No hay en España ningún monstruito nacionalista que asuste más a la izquierda que el fantasma del nacionalismo español.
Meritxell Batet, en su toma de posesión. Al fondo, Soraya | EFE

El Congreso acaba de rechazar la tarjeta sanitaria única y otras fórmulas que facilitarían el acceso de los españoles a la sanidad. La derrotada propuesta de Ciudadanos, defendida por el diputado y médico Francisco Igea, partía de un estudio de la disfuncionalidad que existe en ese campo. La mayoría de las comunidades autónomas no comparten las historias clínicas ni otros datos sanitarios importantes. Esto trae complicaciones si uno cae enfermo fuera de su región o tiene que adquirir medicamentos con receta. Y cuando uno se muda a tierras extrañas, aun por poco tiempo, ha de solicitar la condición de desplazado. En la época en que Google y Facebook lo saben casi todo de sus usuarios, la Sanidad no sabe casi nada de los suyos en cuanto la persona sale de la región donde se encuentra su domicilio. Hacienda y Tráfico pueden seguirle la pista a cualquiera. La medicina, no.

Por mantener esta perfecta incomunicación sanitaria velan celosamente partidos como el PSOE, Podemos y los nacionalistas. No se trata para ellos de una cuestión de eficiencia, sino de esencia. Detrás de la tarjeta sanitaria única ven la terrible amenaza de una recentralización del Estado y el pavoroso riesgo de quitarles competencias a las autonomías. Si para mantener pura e inalterada la esencia descentralizadora hay que hacer la puñeta a los ciudadanos que necesitan tratamiento médico fuera de su región, se hace. Para esos partidos, preservar el aislamiento entre los servicios de sanidad autonómicos es un bien superior a la asistencia sanitaria. Tener una tarjeta única lo ven retrógrado y peligroso. ¡No vaya a ser que parezca que vivimos todos en el mismo país!

Es una interesante coincidencia que el rechazo a unificar la tarjeta sanitaria tenga lugar mientras el Gobierno proclama la urgencia de reconocer la "diversidad de identidades". Lo ha hecho, de nuevo, la ministra Meritxell Batet diciendo que hay que reformar la Constitución para incluir un reconocimiento expreso de esa diversidad a fin de que los ciudadanos se sientan reconocidos. Las disquisiciones identitarias tienden al bucle autorreferencial, como en ese reconozcamos las identidades para que se reconozcan los identificados. Aunque no todas las identidades merecen el reconocimiento para que se reconozcan, claro que no.

Batet, como tantos otros, habla de la diversidad de "identidades, lenguas y culturas" como una riqueza, pero es bien conocida la excepción: la identidad, la lengua y la cultura españolas. Esa identidad, esa lengua y esa cultura son una pobreza, según los teólogos de la identidad. No solamente una pobreza. Son también peligrosas y retrógradas, porque despiden el olor rancio del nacionalismo español. Y no hay en España ningún monstruito nacionalista que asuste más a la izquierda que el fantasma del nacionalismo español. Por eso la izquierda ayuda a que desaparezcan todas esas señas de identidad artificiales de las regiones a las que atribuye identidades naturales forjadas desde tiempo inmemorial. En su concepción metafísica de las identidades, España es de mentira y sólo las nacionalidades históricas –y hay cola para acceder a la categoría– son de verdad.

Bien. No tendremos una tarjeta sanitaria única, pero a cambio socialistas, podemitas y nacionalistas nos pueden expedir tarjetas identitarias diversas. Ahí pondrán cuál es nuestra auténtica identidad, con su lengua y su cultura propias. Para que quede bien diferenciada de la falsa identidad y su lengua y su cultura impropias. Fuera el DNI, que es invento franquista, a fin de cuentas, y que iguala a todos los ciudadanos españoles, sean de donde sean, hablen la lengua que hablen y se sientan como se sientan. Con esas tarjetas pueden acabar de una vez con esa brutal aniquiladora de la diversidad identitaria que es la idea de ciudadanía. Adelante, Batet. Adelante, hacia los Balcanes.

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