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Cristina Losada

La confortable incredulidad que beneficia al separatismo

Por paradójico que parezca, la incredulidad respecto a la proclamación de la independencia fomenta el voto a los partidarios de proclamar la independencia.

Cristina Losada
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Por paradójico que parezca, la incredulidad respecto a la proclamación de la independencia fomenta el voto a los partidarios de proclamar la independencia.
EFE

Cada vez que, por razones profesionales, me encuentro en un foro con otros comentaristas políticos compruebo que la opinión que prevalece respecto a Cataluña es que no pasará nada. Que si ganan ampliamente en Cataluña los partidarios de romper con España, tal como están cantando las encuestas, no van a proclamar ni a llevar adelante la ruptura con España. Esta opinión me asombra por varios motivos, pero me sorprende más que también tenga asiento entre los votantes catalanes. Y, sin embargo, es así: son minoría los que creen que Artur Mas y sus compañeros de viaje van a hacer lo que han dicho que harán.

Hace unos días, una encuesta de La Vanguardia daba una idea de las dimensiones de ese escepticismo. Sólo un 20 por ciento de los votantes catalanes, según el sondeo, cree que la situación actual desembocará en una declaración de independencia. Reducida la muestra a los votantes de partidos separatistas, tales como Convergencia, ERC y CUP, tampoco crece tremendamente la confianza en que la proclamación se produzca: sólo un 35 por ciento de ellos cree que el final del proceso será como sus promotores vienen asegurando que será.

No se preguntaba a los encuestados si creían que se haría efectiva la independencia, sino simplemente si habría una declaración a tal efecto. Y una declaración resultará relativamente fácil de sacar adelante en el parlamento autonómico en caso de que Juntos por el Sí, ya en solitario, ya con las CUP, tenga la mayoría absoluta: 68 escaños. ¿Por qué no se lo creen?

¿Por qué al pobre Mas, que casi me está dando pena por esto, no le cree la mayoría de sus propios votantes cuando dice y repite que el 28 de septiembre empezará un proceso de ruptura con España que ha de pasar por una declaración de independencia? Cuando tiene incluso un plan tan detallado, ¿o van ya dos o tres hojas de ruta?, para llegar a esa estación término como el que puede tener un viajero concienzudo que se dispone a cruzar en coche el continente africano de norte a sur o de sur a norte. Cada día Mas anuncia los detalles del pequeño nuevo Estado que se propone crear, hoy una estructura, mañana otra, ya está todo trazado y meditado al milímetro, y nada, que no se lo acaban de creer ni los suyos.

Sobre las razones de esa incredulidad sólo es posible especular. No hay sondeos al respecto y quizá tampoco de esa forma lograríamos saberlo con certeza. Puede que haya una natural tendencia a pensar que no puede ocurrir nada realmente drástico, definitivo, irreversible, dramático y traumático. Pero esa falsa sensación de seguridad, de que las cosas no se desvían nunca totalmente del curso en el que están, de que no hay cisnes negros, se refuerza con la creencia en que, al final, aunque sea al borde mismo del precipicio, habrá un arreglo y un apaño, como lo ha habido siempre, o esa es la percepción.

La idea de que este órdago separatista terminará no con una declaración de independencia, y mucho menos con la independencia, sino con los unos y los otros sentados a una mesa de negociación beneficia naturalmente a los exaltados partidarios de la ruptura. Porque en el instante en que se imagina la escena negociadora ya se imagina el resultado: alguna ventaja y algún privilegio caerán. Y a favor de esa escena y esos premios juegan los hábitos políticos de décadas, la forma en que los dos grandes partidos (a la que alguno de los nuevos se apuntaría) han venido tratando con el nacionalismo, y en particular con el nacionalismo catalán. En fin, por paradójico que parezca, la incredulidad respecto a la proclamación de la independencia fomenta el voto a los partidarios de proclamar la independencia.

A lo mejor soy la única persona en España que cree que Mas y sus socios harán lo que dicen que van a hacer si tienen la oportunidad de hacerlo. Cosa distinta es cómo concluya su intentona, pero intentarlo lo intentarán. Y lo intentarán, sin duda, caso de que el próximo domingo el electorado dé a los separatistas un gran espaldarazo. Entonces, habrá muchas más, si no todas las probabilidades de que ocurra aquello que tantos creen improbable.

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