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Cristina Losada

La magia del cambio constitucional

Cuando los políticos no saben qué hacer se ponen a hablar de cambiar la Constitución. Tal vez para no cambiar lo que debe cambiarse.

Cristina Losada
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Cuando los políticos no saben qué hacer se ponen a hablar de cambiar la Constitución. Tal vez para no cambiar lo que debe cambiarse.

Más que una falta de leyes ha habido en la democracia española una falta de cumplimiento de la ley. Tal estado de cosas, sin embargo, no ha mermado la fe en que basta tener una buena ley en el BOE, o en el boletín autonómico correspondiente, para solventar tal o cual problema. De esa fe del carbonero debe de venir esta creencia hoy tan extendida en la magia del cambio constitucional. Cámbiese la Constitución y arreglaremos el país, se dice alegremente, y aun sin precisar qué ha de cambiarse. Peor todavía, porque no sólo se cifra en tal cambio un arreglo temporal, como todos los que pueden hacerse en asuntos políticos, sino que se espera y promete, ni más ni menos, el arreglo total: la solución definitiva. Apenas se cumplen las reglas del juego y se las quiere cambiar por otras.

Sírvanos de ejemplo el candidato Madina. Acaba de decir que la Constitución tiene un "problema de protección social", y que hay que constitucionalizar el acceso a la educación y la sanidad. Vale. No podemos hacerle un examen sobre la Constitución al pretendiente a la secretaria general, pero sí recomendarle que la examine por si hubiera olvidado artículos como el 27 (educación), el 43 (salud pública), el 41 (seguridad social) o el 47 (vivienda). En cualquier caso, podrán constitucionalizarse al detalle, cuanto se quieran, los aspectos concretos del Estado de Bienestar. Nada de eso resolverá la cuestión de la que debe ocuparse cualquier político serio: ¿cómo pagarlo? Ni a Madina ni a ninguno de sus rivales se les oye hablar sobre este crucial asunto.

La misma figura emergente nos conduce al otro mantra del cambio constitucional: el modelo territorial, que Madina también quiere modificar. El PSOE, recuérdese, ha pergeñado una reforma que llaman federal que básicamente pretende encajar a los que no quieren encajarse, esto es, al separatismo catalán. Es, en fin, esa traída y llevada "tercera vía" que vienen propugnando Durán Lleida y otros viajeros del AVE para evitar el “choque de trenes”, con su reconocimiento de la singularidad de Cataluña, su blindaje de ciertas competencias, su pacto fiscal y quizá la posibilidad de realizar consultas para irse de España a voluntad. Bien. Eso no será una reforma, será una disolución.

Son varias las corrientes que confluyen ahora en alentar el pensamiento mágico sobre la reforma constitucional. Todas ellas, voluntariamente o no, omiten que la gran mayoría de los problemas políticos e institucionales existentes no tienen sus raíces en el texto constitucional, sino en el ámbito de la práctica. Como escribía no hace mucho José María Ruiz Soroa, "quienes reclaman un cambio constitucional como panacea de nuestros males se equivocan y distraen al personal". Ya apuntó Dahrendorf, continuaba, que cuando los políticos no saben qué hacer se ponen a hablar de cambiar la Constitución. Tal vez para no cambiar lo que debe cambiarse.

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