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Cristina Losada

La militancia domesticada

Dos procesos de elección de dirigentes, dos resultados previsibles. Quien manda, gana.

Cristina Losada
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Dos procesos de elección de dirigentes, dos resultados previsibles. Quien manda, gana.
Juan Espadas. | Europa Press

Dos procesos de elección de dirigentes, dos resultados previsibles. Quien manda, gana. Esa es la norma, y las pocas excepciones la confirman. Las primarias socialistas en Andalucía y la IV Asamblea Ciudadana de Podemos –mucho nombre para tan poca asamblea– han dado el fruto esperado por quienes ya tenían todas las cartas para salir elegidos. El fruto sólo estaba pendiente del trámite por el que la militancia sanciona lo decidido por la dirección. Como no podía ser de otra manera. Esa idea romántica de que todos los miembros de un partido tienen las mismas oportunidades de dirigirlo, y que basta para ello con estar provisto de un buen programa, habilidades políticas, alguna oratoria y gran voluntad o fe en que "sí se puede", nada tiene que ver con la realidad.

Para que tuviera algo que ver con la realidad, en los partidos tendría que existir una militancia activamente implicada en los asuntos internos, capaz de armar candidaturas con auténticas posibilidades de éxito frente a las que promueven los grupos o clanes que ya cortan el bacalao internamente. Más aún, y esto es decisivo, esa militancia hiperactiva no sólo tendría que formar grupos de presión o nidos de conspiradores a fin de poder rivalizar con los de la dirección. Debería disponer también de la chequera, que es lo que viene a ser la capacidad de repartir cargos públicos entre los afines. Sin ese pequeño detalle, el trayecto de un candidato espontáneo se hace muy cuesta arriba. Porque en los partidos habrá, no lo dudaré, algún idealista, pero la gente que quiere hacer carrera política sólo la puede hacer si llega a algún puesto. Remunerado.

Todo lo que nos ha quedado de aquella pretendida revolución del "No nos representan" son las primarias en los partidos. Cuánta tinta se gastó en teorizar que el malestar posterior a la gran crisis económica radicaba en que los partidos habían dejado de representar verdaderamente a los ciudadanos y se habían alejado de la calle, y en recetar como remedio infalible la democratización interna, a través de las primarias. A pesar de que fue lo que hoy llamaríamos trending topic durante largo tiempo, poco se recuerda ya aquel errado diagnóstico. A la vista está que la selección de élites partidarias no ha mejorado con la sustitución de los procedimientos selectivos de arriba abajo por otros que sólo en apariencia son de abajo arriba. Eso sí, ahora esos liderazgos legitimados por el voto de los afiliados son mucho más incontestables. El sello democrático los blinda.

Ahora, un ministro como Ábalos puede decir que "es la militancia la que da y la que quita liderazgos en el PSOE". Como si el hecho de que Sánchez, presidente del Gobierno y del partido, apoyara a Espadas y quisiera acabar con Díaz no tuviera nada que ver en el resultado. Es verdad que el propio Sánchez ganó gracias a la militancia –y al apoyo del PSC, que nunca se dice–, pero fue, en cierto modo, la excepción que confirma la regla. Y porque Díaz fue una mala apuesta del aparato. Aun así, bien que le costó ganar al hoy presidente. Tuvo que viajar por toda España con aquel viejo Peugeot para conseguirlo y, como decían los antiguos, lucir palmito. No es broma. Con esto de las primarias, la igualdad de oportunidades no existe, como no ha existido nunca, pero existe aún menos para los feos (y las feas).

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