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¿Las grandes coaliciones favorecen a los extremistas?

La solución que parece perfecta sobre el papel tiene, sin embargo, efectos desastrosos cuando se aplica.

Cristina Losada
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Uno de los periodistas económicos europeos más influyentes, Wolfgang Münchau, sostiene en una columna recién publicada en el Financial Times que las grandes coaliciones conducen, allí donde gobiernan, a que los extremistas prosperen. El asunto tiene para nosotros interés, dado que esa opción sigue ahí como posible salida a una fragmentación electoral similar a la de diciembre. Lo tiene, además, porque salvo el genérico llamamiento del PP a imitar el modelo alemán, en el debate sobre la gran coalición han faltado miradas más penetrantes a las experiencias gubernamentales de ese tipo en otros países de Europa.

Münchau dice que las grandes coaliciones tienen buena pinta "sobre el papel" y, en efecto, la tienen. Que los adversarios tradicionales se junten en aras del interés nacional para formar un gobierno que cuente con amplia mayoría y, así, disponer de estabilidad y capacidad para hacer las reformas difíciles pero necesarias tiene un atractivo indudable. En el gesto de darse la mano para gobernar juntos quienes habitualmente disputan acerbamente hay una renuncia a la confrontación y una voluntad de negociar y concordar que sería mezquino no alabar, aunque al tiempo se reconozca que esa entente ha venido forzada, en gran parte, por los resultados electorales.

La solución que parece perfecta sobre el papel tiene, sin embargo, efectos desastrosos cuando se aplica, según Münchau. Cita los casos de Alemania y Austria, aunque podríamos añadir algún otro: en Grecia también hubo gran coalición antes de la victoria de Syriza. En Austria, la primera vuelta de las presidenciales acaba de dejar fuera de juego a los dos socios de la coalición gobernante, socialdemócratas y conservadores. Los partidos punteros son el FPÖ, de extrema derecha, y los Verdes. En Alemania, los dos grandes no logran ahora mismo, combinados, mucho más de un cincuenta por ciento de intención de voto. El SPD anda por el 19,5 por ciento, aunque el principal beneficiario de la baja popularidad de la gran coalición viene por la derecha. Es Alternativa para Alemania (AfD), que empezó siendo un partido contra el euro y ha acabado por ser un partido contra la inmigración.

Para Münchau estos datos indican que "los votantes están en abierta rebelión contra lo que en Europa llamamos grandes coaliciones". Lo diabólico de la situación, tal como la dibuja el periodista, es que la crónica crisis económica y los avances de partidos extremistas, empujan a los partidos tradicionales hacia el centro, la disolución de las diferencias entre ellos y el veto a los extremistas, todo lo cual tiende a alimentar a estos últimos. La vuelta a la diferenciación entre los dos grandes partidos, en particular el giro a la izquierda de los socialdemócratas, sería la única vía posible para romper este círculo vicioso.

La cuestión admite otro planteamiento. Porque no es tanto que los electores se hayan rebelado contra las grandes coaliciones. Es que las grandes coaliciones son el resultado de la desafección de los votantes hacia los partidos tradicionales. Si decepcionan significa que no son capaces de responder satisfactoriamente a los agravios y descontentos de segmentos importantes de la población que recurren, así, a partidos que se jactan de su hostilidad contra el sistema y abanderan soluciones radicales y engañosamente fáciles.

El quid no estará, entonces, en la coalición, sino en la política que desarrolle. Y el remedio, siempre limitado, no será exagerar las diferencias para dar la sensación de que los grandes partidos ofrecen una alternativa tan radical como la de los extremistas. Será  idear mejores y más eficaces propuestas políticas. La respuesta al extremismo y al populismo no debe consistir en marcar a los votantes de esas opciones como tarados indeseables, ni en ninguna otra actitud que fortalezca la impresión de que el establishment permanece ciego y sordo a sus problemas. Pero la respuesta tampoco puede ser que los grandes partidos se parezcan a sus nuevos rivales y se hagan populistas, bien de izquierdas, bien de derechas. Aunque en España conviene matizar: que no se hagan más populistas de lo que son.

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