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Cristina Losada

Los griegos vistos por los españoles

En Grecia la crisis, mucho más profunda que en España, no condujo a una reflexión autocrítica, sino a la proyección de la culpa hacia el exterior.

Cristina Losada
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En Grecia la crisis, mucho más profunda que en España, no condujo a una reflexión autocrítica, sino a la proyección de la culpa hacia el exterior.
EFE

Los ministros del Eurogrupo no son los únicos que se han hartado de sus homólogos griegos. En otro plano y de otra forma, muchos españoles están manifestando estos días su opinión de los griegos. Su opinión de los griegos en general, no sólo la que pueda merecerles el gobierno de Syriza. Y la opinión no es buena. Puesta en caricatura, la idea es que los griegos son unos gorrones que quieren vivir de la sopa boba a costa de los demás, gente poco seria que no paga impuestos ni devuelve el dinero que se le presta, y tipos que prefieren echar la culpa a otros antes de cambiar el irresponsable modus vivendi que han apañado. Huelga decir que el corolario habitual, y aquí no exagero, es que deben irse de una vez del euro.

Esto me recuerda mucho a la jerarquía de broncas que rige, por ejemplo, en un restaurante. O regía, que a lo mejor el procedimiento ha cambiado. Con las reglas de antaño la cosa iba así: en la cocina el chef puede abroncar a cualquiera, los camareros pueden abroncar a los de la cocina, salvo al chef, y todos sin excepción pueden abroncar al último mono, que suele ser el pinche o el friegaplatos. Esta suerte de catarsis, que en el restaurante de mi ejemplo sirve de válvula de escape a la tensión, también tiene la dudosa virtud de relegar a segundo plano los errores propios. Si hay otro peor, menos serio y aún más irresponsable, me olvido de que yo tampoco soy un dechado.

En Grecia la crisis, mucho más profunda que en España, no condujo en términos generales a una reflexión autocrítica, sino a la proyección de la culpa hacia el exterior. En España tampoco. De un modo similar a lo sucedido en Grecia, la cuestión que ha ocupado apasionadamente a muchos españoles durante los años de crisis ha sido esta: ¿quién tiene la culpa? En encontrar a los culpables se empeñaron todas las energías ciudadanas y tertulianas, como si de encontrarlos dependiera la solución. Y así, muy rápidamente, un problema complejo se redujo a uno de solución simple. La clase política (la casta) era la culpable, y una vez barrida se produciría el milagro. Bastaba cambiar a la "pandilla de golfos y sinvergüenzas" que habían gobernado. Es decir, recambio, y no cambio.

El esfuerzo que no se dedicó a debatir las reformas que eran precisas en una economía y un Estado del Bienestar en serios apuros se encauzó por la vía de la culpa hacia otra parte. En el foro español ha habido intensas reflexiones sobre quiénes eran más corruptos, sobre el número de políticos que había, el dinero que ganaban y si debían tener coche oficial o no, y, por resumir, acerca de todos los asuntos relacionados con las prebendas y privilegios de unos representantes políticos que, además de culpables, no se apretaban el cinturón. Y no es que fuera absurdo señalar y podar esos y otros excesos. Lo absurdo era quedarse ahí. Pero ahí se ha quedado la catarsis, básicamente, y ello por centrarse en buscar culpables en lugar de buscar soluciones. Por tanto, no hay razón alguna para mirar por encima del hombro a los griegos. También buscaron culpables, los encontraron y actuaron en consecuencia. Todo lo demás quedó como estaba. Que de eso se trataba.

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