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Puigdemont, un buen hombre

La condición de 'creyente' ideológico funciona como un salvoconducto moral. Es asombroso que siga siendo así después de la inmensidad de crímenes causados por creyentes ideológicos en el siglo XX.

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El golpista prófugo Carles Puigdemont | EFE

En una de las escenas iniciales de una película de Indiana Jones, posiblemente la primera, el aventurero se prepara para robar una pequeña estatuilla dorada que está sobre un pedestal. Lleva en una mano un saco de arena, que calcula será del mismo peso que la pieza de la que quiere apropiarse, para dar el cambiazo sin que salten los que hoy llamaríamos dispositivos de seguridad. La maniobra que pretende hacer Indy, y que le sale mal, porque cueva y templo se desmoronan en cuanto hace el truco, recuerda mucho a aquella parte del procés que tanto se elogió en su momento, al punto de que se le dio categoría de "arquitectura jurídica", y a su autor principal, Carlos Viver Pi-Sunyer, título de genio.

La tramoya de leyes preparada por los arquitectos del procés tenía una función muy parecida a la de aquel saco de arena del amigo Jones, y el propósito era el mismo: robar. Aunque lo que querían robar los separatistas, y de un golpe, no era una pieza olvidada de un lugar remoto, sino la soberanía nacional española. En la fe que pusieron en la maniobra, fe de la que dan prueba los elogios citados, los arquitectos y promotores de todo aquello mostraron una doble condición que todavía sorprende, en retrospectiva. A fin de cuentas, lo suyo no dejaba de ser un truco de estafador. Poco más o menos, un truco de tendero para sisar en el peso. Al mismo tiempo, tenían la creencia. La creencia, para empezar, en que a un Estado se le puede desgajar una parte de su territorio simplemente sustituyendo sus leyes por otras. Cuando los cabecillas del golpe repetían que lo tenían todo listo y preparado, querían decir, y lo decían, que la declaración de independencia producía, de manera inmediata y fáctica, la existencia de su república independiente. Aún siguen enredados en si existe o no.

La doble condición de trileros y creyentes de los autores del golpe de octubre, la amalgama de estafa y fanatismo que ha caracterizado sus actos y sus personalidades, mueve a la perplejidad y es seguramente el motivo de que los análisis de lo sucedido y los intentos de reconstrucción nos dejen con la sensación desagradable de que no hemos entendido la película. Es por eso, por la dificultad de decidir entre dos rasgos en apariencia incompatibles, que continúa surgiendo la cuestión de si realmente querían o no la independencia, si estaban o no dispuestos a llegar hasta el final en el latrocinio y, en definitiva, si el golpe no fue un auténtico golpe sino una performance destinada a presionar a Madrid para sentarse a negociar, como sostuvieron los jueces de Schleswig-Holstein a fin de no entregar a Puigdemont por rebelión, en una elucubración impropia de su oficio.

La condición de creyente, no el religioso, ése no, pero sí el ideológico, funciona como un salvoconducto moral. Es asombroso que siga siendo así después de la inmensidad de crímenes causados por creyentes ideológicos en el siglo XX. Pero lo es: erre que erre, al fanático, que no otra cosa es, se le continúa colocando en el pedestal del idealista. Y si el fanatismo tiene, como suele, escenografía sentimental, entonces no hay nada que hacer: se le rinde culto. Los sentimientos son sagrados. Alguien que crea sincera y profundamente en su causa y que vaya con el corazón en la mano ya tiene abiertas las puertas del cielo, al menos en la Tierra. Por lo menos, se dirá que es buena persona, como leo que ha dicho el periodista Gabilondo de Puigdemont en un documental de Netflix sobre Cataluña. "Es un buen hombre", dice. "Se siente como un patriota catalán independentista de nacimiento". Ahí está todo: causa, sentimiento, sinceridad. No puede ser malo. Siente que nació patriota. ¡Así es la rosa!

La buena prensa del creyente es tal que incluso los que más se oponen a los separatistas insisten, sobre todo, en la condición de estafadores de los golpistas y los acusan de engañar a sus bases prometiendo una república de farol. Algo que, de paso, irresponsabiliza a sus fieles, al extremo de convertirlos en una masa infantilizada que se deja engañar con relativa facilidad. Yo creo que se equivocan. No porque pueda decidirme sobre si son más trileros que fanáticos: son las dos cosas y no importa cuánto pese cada una. Pero es su carácter de fanáticos, de fanáticos de una ideología cuyo núcleo duro es racista y cuyo combustible sentimental es el odio, lo que hace falta desvelar y revelar. Justamente enfrente y en contra de sus fieles.

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