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Daniel Rodríguez Herrera

La muerte de Ruth Bader Ginsburg complica aún más las elecciones más complicadas de EEUU

En febrero era difícil pronosticar que Trump fuera a perder; ahora no resultaría sorprendente ningún resultado.

Daniel Rodríguez Herrera
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En febrero era difícil pronosticar que Trump fuera a perder; ahora no resultaría sorprendente ningún resultado.
Ruth Bader Ginsburg, en un evento en Nueva York en 2018 | EFE

Sólo Donald Trump podría perder unas elecciones contra un rival que nunca ha destacado por su brillantez y que ahora presenta evidentes síntomas de demencia senil. Sólo Joe Biden podría perder unas elecciones contra un presidente que posiblemente sólo tenga a Pedro Sánchez por encima en su incapacidad contra la pandemia. Para completar el panorama, las manifestaciones tras la muerte de George Floyd se han convertido en disturbios violentos que han destrozado varias ciudades norteamericanas ante el aplauso y el ánimo de los demócratas y los medios, valga la redundancia, al menos hasta que han visto lo que pensaban los votantes en las encuestas. Ante semejante panorama, las elecciones presidenciales del 3 de noviembre se presentan como especialmente difíciles de predecir por lo inédito del escenario.

Las elecciones de mitad de mandato suele ser más un referéndum sobre cómo ve el público que lo ha hecho el presidente en los anteriores cuatro años que sobre programas electorales o incluso sobre el aspirante. Naturalmente, es importante que el candidato opositor genere algo de ilusión para que se de el pequeño milagro de que un presidente en ejercicio pierda: los últimos en lograrlo fueron nada más y nada menos que Bill Clinton y Ronald Reagan. Así que en febrero era difícil pronosticar que Trump fuera a perder: con la economía viento en popa a toda vela, sin paro y con un rival endeble elegido casi por eliminación tenía todo a favor no ya para ganar sino para arrasar, por mucha tirria que le tengan la izquierda y los medios, valga la redundancia.

Sin embargo, llegó la pandemia. Y aunque es cierto que en un país tan descentralizado como Estados Unidos es más difícil para el Gobierno federal obtener resultados ante una emergencia sanitaria nacional y que Trump se adelantó a todo Occidente prohibiendo los viajes desde China a finales de enero, lo cierto es que el republicano no puede colgarse muchas más medallas. Es probable que Estados Unidos sea el país de Occidente donde menos va a afectar económicamente la pandemia, pero los estragos que ya ha causado y sigue causando le han robado la baza que le permitía presentarse a la reelección con ciertas garantías. Y además el propio miedo a enfermar en los colegios electorales y el fomento del voto por correo puede llegar a complicar el propio proceso y llevar a personas que quizá no acudirían a votar a hacerlo por correo y a otros que acuden religiosamente cada dos años a permanecer en casa.

Y encima ahora se ha muerto Ruth Bader Ginsburg y con su deceso se abre una vacante en el Tribunal Supremo. Desde el proceso casi criminal que los demócratas, con Ted Kennedy a la cabeza, llevaron a cabo para descabalgar la candidatura de Robert Bork en los años 80, las nominaciones vitalicias al Supremo han supuesto batallas campales, hasta el punto de que Trump tuvo que publicar en 2016 una lista de candidatos de donde escogería a sus nominados al Tribunal para tranquilizar a las bases republicanas tras decir que nominaría a su muy izquierdista hermana para el cargo. Ginsburg ha fallecido con 87 años, llevaba mucho tiempo enferma de cáncer y se había perdido numerosas sesiones por sus problemas médicos. Todo indicaba que quería aguantar al menos hasta las próximas elecciones para tener la oportunidad de que un presidente demócrata nombrara a su sustituto. Y podría haberlo conseguido, porque queda muy poco tiempo antes de las próximas elecciones para lo que se suele tardar en hacer estas cosas.

Sea quien sea la persona elegida no tendremos que esperar mucho: si se quiere completar el proceso antes de noviembre el sucesor de Ruth Bader Ginsburg deberá ser anunciado esta misma semana. La candidata con más números para ser nominada es Amy Coney Barrett. Ya fue evaluada antes de que Trump se decidiera por Kavanaugh y no sólo cumple con el criterio de seguir la doctrina originalista ­­–que basa sus decisiones en lo que dicen la Constitución y las leyes tal y como fueron escritas e interpretadas tal y como se entendía lo que decían en el lenguaje legal de la época en que se aprobó–, sino que los demócratas no fueron capaces de encontrarle nada en 2017 cuando fue nominada para el Tribunal de Apelaciones del Séptimo Circuito. De hecho, prácticamente de lo único de lo que llegaron a acusarla fue de ser demasiado católica, algo que parece difícil que repitan en campaña electoral por la cuenta que les trae. Aunque como vimos con las acusaciones contra Kavanaugh, si no tienen nada real, nadie duda de que se lo inventarán y usarán a los medios para dar cobertura a sus balas de fogueo como si fueran munición real.

Aunque Mitt Romney haya anunciado su apoyo a quien quiera nominar Trump, lo que significa que habrá una votación antes de noviembre, no está ni siquiera claro que los republicanos puedan confirmar a nadie. Tienen 53 senadores, y uno de ellos, Lisa Murkowski, ya ha declarado que no apoyará a nadie hasta después de las elecciones. Otra, Susan Collins, se enfrenta a unas difíciles elecciones en un estado demócrata como es Maine. Y aunque le cueste el odio de todos sus votantes en 2012 y 2016, Mitt Romney podría dejarse llevar por su odio a Trump y votar en contra, al menos, de que se lleve la aprobación al pleno. Y este proceso suele llevar al menos dos meses en el mejor de los casos, y queda mes y medio para la cita electoral. Unas elecciones donde el tercio de los senadores cuyo cargo debe someterse a las urnas es mayoritariamente republicano.

¿A quién puede favorecer más electoralmente una lucha encarnizada como la que se prevé que tendrá lugar en el Senado? Un proceso kafkiano como el que sufrió Kavanaugh podría movilizar a las bases republicanas más tradicionales; un éxito en la confirmación o un candidato poco firme podría desmovilizarlas. Argumentos similares podrían hacerse con los demócratas, aunque las encuestas indican que, al menos en 2016, las nominaciones al Tribunal Supremo fueron un factor más importante de movilización para los republicanos que para ellos. Por otro lado, si el Senado logra confirmar a un sustituto, resulta muy improbable que durante los próximos cuatro años se jubile o muera ninguno de los ocho jueces restantes, lo cual podría suponer un desincentivo. Las elecciones ya eran especialmente complicadas; las encuestas a nivel nacional prácticamente resultan irrelevantes y ambos candidatos están haciendo campaña -o lo más parecido que pueden hacer teniendo en cuenta su edad y la pandemia- en estados donde en 2016 hubo victorias muy estrechas de ambos rivales. Podría haber un resultado muy reñido o ganar cualquiera de los dos por goleada. A estas alturas, nada me sorprendería. Aunque debo reconocer que disfrutaría volviendo a ver como hace cuatro años las lágrimas de los demócratas y los periodistas, valga la redundancia, en esta ocasión no serían tantas, porque cuando todo puede pasar la sorpresa y la decepción son menores.

Nos espera una noche electoral de lo más entretenida. Voy haciendo café.

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