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EDITORIAL

España necesita mucho más que un presidente por aburrimiento

Desde el pasado 20 de diciembre, Rajoy parece un político que no está dispuesto a realizar el menor esfuerzo por conservar el poder, al que se aferra sin más.

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A falta de concretar si, como todo parece indicar, aciertan los que apostaron que Rajoy, salvo sorpresa mayúscula, no sería investido en este primer intento, los que no se han equivocado en absoluto han sido los que pronosticaron que el discurso del presidente en funciones iba a resultar plúmbeo.

Mariano Rajoy no sólo ha sido aburrido, sino que se ha mostrado completamente falto de ambición y, por supuesto, no ha respondido a lo que en esta nueva situación política demanda el país.

Durante la mayor parte de su intervención, Rajoy ha mirado a un pasado que no va a volver, al menos a corto plazo: el del bipartidismo. Rajoy no ha hecho sino hablar de su primera legislatura, signada por su renuncia a todo lo que sus votantes y su partido defendieron durante largos años; precisamente hasta que él decidió que el camino al poder pasaba por renunciar a las ideas.

El candidato popular no se ha esforzado lo más mínimo en hacer ver que se presenta ante la Nación respaldado por 170 diputados, y, de hecho, ha dado un trato poco generoso y elegante a sus socios, a los que ha olvidado, como ha olvidado la mayor parte de las medidas que ha acordado con ellos, algunas de singular importancia, como la reforma del CGPJ.

Rajoy, en suma, no querido presentar a la Nación un programa de gobierno y tratar de convencer a los españoles, ya que no a Pedro Sánchez y los suyos, de que el PSOE debe abstenerse para acabar con la parálisis institucional que no deja de lamentar.

Desde el pasado 20 de diciembre, Rajoy parece un político que no está dispuesto a realizar el menor esfuerzo por conservar el poder, al que se aferra sin más, ni, aunque diga lo contrario, por poner término a una situación de impasse político de la que habla y no para pero por la que no asume responsabilidad alguna.

Criticar a Rajoy, por supuesto, no es defender a un Pedro Sánchez que está dejando pavorosamente patente su mediocridad. Ni un socialista que aún está en el discurso de "las derechas" y "las izquierdas" ni un presidente inercial que confía sobremanera en el aburrimiento de los demás, empezando por sus propios votantes: España necesita y merece mucho más en un momento clave, y difícil, de su historia.

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