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EDITORIAL

En Cataluña no hay que preservar sino restablecer el orden constitucional

Difícilmente en una Cataluña independiente se perseguiría el español más de lo que se le persigue ahora.

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El reciente caso de la alumna del centro Font de l'Alba de Tarrasa, Barcelona, agredida por su profesora por haber pintado en el álbum de fin de curso unas banderas de España y escrito "Viva España" ilustra, por enésima vez, hasta qué punto es innecesario que Cataluña sea reconocida como Estado soberano para que los nacionalistas gocen allí desde hace años de una ominosa y liberticida independencia de facto. De hecho, no faltan razones para pensar que difícilmente en una Cataluña independiente se perseguiría el español más de lo que se le persigue ahora.

Corolario de lo anterior es este hecho dramático: ya no es que la indigna profesora maltratadora no haya sido apartada de sus funciones ni vaya a a ser llevada ante los tribunales, sino que ha sido la niña –junto a sus hermanas– la que ha abandonado el centro, completamente desamparada. Lo único que han recibido los padres de la menor maltratada ha sido una carta en la que la directora del centro se limitaba a "lamentar el incidente" y se comprometía a adoptar "medidas organizativas" orientadas únicamente a evitar que la agredida, de sólo 10 años, y sus hermanas tuvieran en el futuro como tutora a la repugnante agresora.

Aunque cualquier niño debería estar a salvo de semejante fanática, a la que se debería excluir de cualquier labor pedagógica, lo cierto es que sería iluso pensar que se trata de un caso aislado. Esa indeseable dio rienda suelta a sus más virulentas pulsiones nacionalistas porque se lo podía –se lo puede– permitir, tal y como ha quedado bochornosamente acreditado. No hay que olvidar que el propio presidente de la Generalidad, y –para más inri– máxima autoridad del Estado en Cataluña, el supremacista Quim Torra, dejó negro sobre blanco que los castellanohablantes del Principado son "bestias carroñeras, víboras, hienas con una tara en el ADN".

De ahí que no resulte extraño que una semejante a Torra haya tratado como a una bestia a una niña española orgullosa de serlo; ni que haya tenido que ser la niña, y no su agresora, la que haya tenido que abandonar el colegio. Lo raro, de hecho, es que la familia no se haya marchado de Cataluña, tal y como han hecho en las últimas décadas miles de catalanes hartos de un nacionalismo obligatorio cada vez más violento.

El caso de esta niña humillada y ofendida no viene sino a confirmar que en Cataluña lo que hay que hacer no es preservar sino restablecer el orden constitucional y la unidad de España.

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