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EDITORIAL

Pedro Sánchez se retrata con su enjuague en el Senado

Pedro Sánchez ha sobrepasado todas las líneas rojas. No sólo las que deben exigirse a un partido nacional, sino las fijadas por su propio partido.

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La cesión de senadores del PSOE a los partidos separatistas catalanes es un escándalo que ha provocado fuertes reproches también dentro de las filas socialistas. Este préstamo contranatura para que ERC y CDC –estos últimos bajo la denominación de Democracia y Libertad- puedan formar sus propios grupos en el Senado supone un fraude a los votantes socialistas pero, sobre todo, convierte las elecciones del pasado 20 de diciembre en una estafa democrática en la que el voto pasa a ser un cheque en blanco para que los líderes lo empleen en sus mercadeos parlamentarios.

Las excusas de los líderes de la dirección nacional del PSOE, que atribuyen esta cesión a un mero asunto de cortesía parlamentaria, no pueden esconder el verdadero trasfondo de una decisión que está en perfecta sintonía con la estrategia que viene siguiendo Pedro Sánchez desde el 20-D. El candidato socialista está dispuesto a todo con tal de llegar a La Moncloa y, para ello, necesita los votos de la extrema izquierda populista, pero también del separatismo. Si cualquiera de esos dos factores desaparece, la ecuación resulta imposible por la oposición de PP y PSOE a un Gobierno de esas características.

El gesto del PSOE, convertido en palafrenero de dos formaciones comprometidas con la destrucción del orden constitucional, resulta todavía más vergonzoso si se tiene en cuenta que ERC y CDC podrían formar grupo propio simplemente uniendo sus fuerzas, como ya hacen en el parlamento catalán. Pero ni siquiera este razonamiento elemental hace mella en un partido que tiene ya cómo únicos ejes de su acción política el deseo irrestricto de alcanzar el poder y el odio al PP.

Pedro Sánchez ha sobrepasado todas las líneas rojas. No sólo las obligadas en un nacional que debe garantizar principios fundamentales como la unidad de la Nación y la igualdad de los españoles, sino también las fijadas expresamente por su propio partido a finales de diciembre, cuando su máximo órgano de dirección determinó "de manera tajante", que no colaborarían en la ruptura "de nuestro ordenamiento constitucional".

El tremendo varapalo recibido por los socialistas en las pasadas elecciones debería haber llevado al partido a una profunda reflexión que le hiciera abandonar el populismo y la demagogia radical de la que ha hecho gala tratando de competir con Podemos. Sin embargo, sus actuales dirigentes, con Pedro Sánchez a la cabeza, saben que la única opción de preservar sus cargos actuales pasa por alcanzar La Moncloa, a cuyo fin están dispuestos a sacrificar el propio PSOE. Unas siglas que, cada vez que se acerca a radicales y separatistas, avanza varios pasos de gigante hacia su desaparición.

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