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EDITORIAL

Rushdie, Irán y el insoportable silencio de la izquierda

Irán ha infiltrado la izquierda en buena parte del mundo, que cuando no apoya descaradamente a los ayatolas mira hacia otro lado ante sus desmanes.

El intento de asesinato de Salman Rushdie es uno de esos acontecimientos –que por desgracia cada día son más abundantes– que debería llevar a las sociedades occidentales a una reflexión de la que, por supuesto, tendrían que derivarse decisiones políticas de alcance internacional.

Rushdie lleva más de tres décadas sufriendo una abominable persecución desde un régimen totalitario islamista, que no sólo condenó a muerte al escritor a finales de los ochenta, sino que ha reafirmado posteriormente esta condena y ha celebrado, a través de sus medios de comunicación controlados, el intento de asesinato como "divina venganza".

En lo que sólo puede ser interpretado como un repugnante sarcasmo, el ministro de Exteriores de Irán no se ha limitado a desvincular a su régimen del atentado, sino que ha culpado a la víctima asegurando que los responsables del crimen son el propio Rushdie "y sus seguidores, nadie más".

Lo más triste de y preocupante de todo es que más allá de un momento de vergüenza ajena, el régimen de los ayatolas no sufrirá el más mínimo desgaste por este crimen, como tampoco lo ha sufrido por otras actividades terroristas –como el terrible atentado de la AMIA en Buenos Aires, en el que hubo más y nada menos que 85 víctimas mortales– ni por patrocinar, financiar y equipar milicias y grupos terroristas con el fin de hostigar a Israel, la única democracia de Oriente Medio.

¿Por qué la teocracia iraní puede permitirse actuar como un estado terrorista sin sufrir por ello las consecuencias y el aislamiento que debería? Hay, por supuesto, razones económicas y geoestratégicas, pero hay otra no menos importante: Irán ha infiltrado la izquierda en buena parte del mundo, que cuando no apoya descaradamente a los ayatolas mira insistentemente hacia otro lado ante sus desmanes.

Sirva como ejemplo de ello el grosero silencio de Podemos –cuyos fundadores fueron contratados por la televisión oficial iraní con unos emolumentos muy por encima de los precios de mercado– que en los días desde el atentado no ha emitido ni una triste condena ni ha publicado un mísero tuit sobre el hecho, mientras, eso sí, se explayaban en numerosas menciones a la llamada "masacre de Badajoz", un episodio de la Guerra Civil ocurrido hace 86 años.

Y no es sólo Podemos: el PSOE sí ha emitido una tibia protesta y un único tuit, pero en general lo que hemos visto ha sido un silencio estruendoso de todos esos profesionales de la indignación que se lanzan como hienas sobre cualquier bulo del que crean que pueden culpar a la derecha.

Del mismo modo, los diarios progresistas informaban, es un decir, de que "no se conocían" los motivos del asesino –les ha faltado decir que Rushdie tenía deudas de juego o algún lío de faldas– en un intento vano, patético de hecho, de ocultar la verdad: que un régimen totalitario y terrorista con una interpretación fanática de una religión medieval se quiere arrogar el derecho a decidir qué se dice y qué se publica en el mundo entero.

Es triste y dramático pero no sorprendente: Rushdie desde hace treinta años y más aún ahora uno de los símbolos mundiales de la libertad y, por desgracia, esta izquierda no tiene ningún aprecio por la libertad.

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