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El efecto de las purgas

Pedro Sánchez y sus cortesanos capitulan hasta el extremo de permitir que los okupantes de las cuatro provincias catalanas secuestradas funcionen como un Estado paralelo.

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Europa Press

Todos sabemos cuál es el efecto de las purgas laxantes. El de las purgas políticas es igualmente drástico. Estas actúan en los movimientos totalitarios expulsando los elementos díscolos que ponen obstáculos en el camino de los megalómanos obsesionados por monopolizar el poder absoluto. El campeón de estos autócratas fue Iósif Stalin, que exterminó sistemáticamente a los antiguos camaradas de la revolución bolchevique que podían hacerle sombra. Piolet en el cráneo a Trotski, por su maximalismo, y pelotón de fusilamiento a Zinóviev y Kámenev, por su moderación. Hitler, Mussolini, Franco, Castro, Perón, Mao y Tito practicaron sus propias depuraciones.

Trampa sádica

La fórmula magistral que se está aplicando en Cataluña para fundar un simulacro de repúblika también está compuesta de dosis masivas de purgas. Unas licuaron a partidos políticos que se definían a sí mismos como la viga de sostén o la casa grande del pueblo, y que fueron cambiando de fisonomía y de componentes hasta compactarse en un movimiento de vocación visiblemente totalitaria y sometido al ordeno y mando inapelable de un caudillo emboscado fuera de la ley.

Producto de estas purgas de partidos licuados, la Crida Nacional per la Repùblica las aplica a su vez a quienes, creyéndose dueños de sus actos, se apartan de la disciplina impuesta por el líder supremo. Es lo que le sucedió a Marta Pascal, la Zinóviev del PDeCAT, quien pagó su desobediencia al capo di tutti capi, Carles Puigdemont, con la condena fulminante al ostracismo.

Más sutil, pero también más sádica, fue la trampa tendida al competidor Oriol Junqueras, cuando el jerarca huyó empujado por su cobardía innata, pero le ocultó el plan a su compinche de sedición y lo dejó atrás convertido en carne de penitenciaría.

Producto obsceno

El producto obsceno de tantas purgas es un simulacro de repúblika bicéfala, sometida a los caprichos de un pastelero loco (Joan Coscubiela dixit) que salta de un zulo palaciego a otro, y a las regurgitaciones racistas de su testaferro instalado en un despacho para subalternos de la Generalitat. Con el agravante de que los trepadores que irrumpieron en la Moncloa sin fuerza propia, se someten servilmente a los chantajes de sus patrocinadores, que son nada menos que los enemigos tribales de la España democrática amancebados con los portadores del virus chavista. Patético.

Pedro Sánchez y sus cortesanos capitulan hasta el extremo de permitir que los okupantes de las cuatro provincias catalanas secuestradas funcionen como un Estado paralelo, con autoridad suficiente para negociar de tú a tú con el Gobierno de España en una comisión bilateral. Negociación que se desarrolla de espaldas a, y en perjuicio de, la inmensa mayoría de los catalanes, ninguneados por la pandilla republikana. El documento que aportó la Generalitat para preparar el encuentro, de poco más de un folio, "apenas entrará a detallar reclamaciones que no fueran [sic] el referéndum de independencia y la existencia de presos y exiliados" (LV, 24/7).

Cataluña como Polonia

Es triste, en este contexto, que se hagan realidad las bromas chabacanas que equiparaban a Cataluña con Polonia. "Ya no hay justicia en Polonia", proclama un titular (LV, 30/7) para informar, a continuación:

Forzando una ley por la que el Gobierno se arroga el control del Tribunal Supremo. El golpe de gracia lo asestó el presidente Andrej Duda firmando sin escrúpulos la ley correspondiente, improvisada en 48 horas e impuesta al Parlamento por la mayoría nacionalista sin debate.

Esto ya lo hemos vivido en Cataluña, como lo destaca el catedrático Antón Costas ("La otra fecha para recordar", LV, 25/7):

Ese día [el 7 de septiembre] la mayoría parlamentaria independentista rompió todas las reglas democráticas –tanto las constitucionales como las del Estatut, del Parlament y de sus órganos constitutivos– y dieron un golpe parlamentario con la llamada ley de desconexión.(…) Su contenido coincide con lo que convencionalmente llamamos populismo político autoritario: poner todas las instituciones políticas independientes (como el poder judicial) y las instituciones públicas (como la policía o los medios de comunicación) bajo la dependencia única del poder político.

En Cataluña, como en Polonia, estas transgresiones a la ley encierran la misma amenaza, que el profesor Costas diagnostica así:

La Crida de Puigdemont se encamina hacia el caudillismo autoritario. Busca sustituir la democracia de los partidos por una democracia orgánica apoyada en movimientos populares. No sé si el objetivo es dividir a la sociedad en dos mitades irreconciliables y meternos en la política de trincheras, pero ese será el resultado probable.

Vocación fratricida

El implacable suministrador de purgas no deja ningún margen de duda acerca de su vocación fratricida. Si cometió la vileza de abandonar solapadamente a su compinche Oriol Junqueras para librarse de su rivalidad potencial, ¿qué no será capaz de hacer con los que considera sus inferiores o sus enemigos?

Incluso a quienes sentimos desprecio por el genuflexo que trafica parcelas de España a cambio de una poltrona en la Moncloa, nos producen vergüenza ajena los malos tratos que le propinan el caudillo y su testaferro. "El periodo de gracia se acaba", le espeta el capo di tutti capi desde su adulterada Casa de la Repúblika, injertada en Waterloo y ornamentada con el escudo mal habido de la Generalitat. Y añade, para humillarlo hasta las heces, con la grosería típica de un matón arrabalero que practicó en su infancia el bullying escolar (LV, 29/7): "Aproveche el verano para hacer los deberes que tiene pendientes, que en el retorno político nos enseñe los deberes que ha hecho". Y el histrión aludido se evade simulando, como siempre, que llueve cuando le orinan encima.

Conato de invasión

Ensoberbecido por la obsecuencia del pelele local, el retoño de Führer cree que puede llevarse por delante el mundo entero. Esto lo movió a fanfarronear con la promesa insolente de celebrar el 4 de septiembre una de sus chirigotas en territorio francés, que él transmutó en catalán, imitando el Anschluss que la Alemania nazi aplicó para fagocitar Austria. Dudo de que la Gendarmerie francesa tolere ese esperpéntico conato de invasión.

También durante la ocupación nazi de Francia los nacionalistas occitanos ensayaron, con el visto bueno de los alemanes, esa política de anexiones étnico-lingüísticas que ahora recuperan Puigdemont, la CUP y otros desquiciados irredentistas, pero al finalizar la guerra unos anexionistas fueron fusilados por colaboracionistas y otros se refugiaron en la España de Franco. (V. mi artículo "Los esqueletos totalitarios en el desván", Libertad Digital, 17/1/2014).

La sociedad catalana vive hoy agobiada por la estulticia de los personajes fóbicos que se valieron de las purgas para colocarse al frente de las instituciones. Ha llegado la hora de que un Gobierno libre de compromisos espurios, asociado a la mayoría sensata, solidaria y emprendedora de la oprimida sociedad catalana, administre a los okupantes contumaces de estas cuatro provincias españolas otra purga, la del artículo 155 de la Constitución, para devolverlos al vertedero de guerracivilistas retrógrados del que nunca deberían haberlos exhumado.

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