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Eduardo Goligorsky

Estos Mesías nos venden humo

Rahola, en su condición de hagiógrafa oficial del elegido, lo tiene claro: Mesías sólo hay uno y se llama Artur Mas.

Eduardo Goligorsky
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Y Pablo Iglesias llegó a Barcelona en olor de multitudes. Los guardianes de la ortodoxia dogmática y litúrgica del secesionismo pusieron el grito en el cielo. Se repetía la impostura que los apóstoles habían desenmascarado (Hechos: 8.9-24):

Había un hombre llamado Simón, que antes ejercía la magia en aquella ciudad, y había engañado a la gente de Samaria, haciéndose pasar por algún grande. A este oían atentamente todos, desde el más pequeño hasta el más grande, diciendo: Este es el gran poder de Dios. Y le estaban atentos, porque con sus artes mágicas les había engañado mucho tiempo.

Pilar Rahola, siempre alerta, lo denunció con un anatema digno del canonizado inquisidor Raimon de Penyafort, figura ilustre de la "nación milenaria" que ella, martillo de herejes botiflers, anhela restaurar (LV, 23/12):

Y como todos los que salvan al pueblo de sí mismo, ha venido con la verdad del Mesías, repartiendo carnets a unos y enviando a otros al ostracismo y, por el camino de hacerse un nombre, se ha permitido despreciar al presidente de los catalanes, asegurando que no es un interlocutor válido. "¿Y quién es él para decirlo?", nos preguntaríamos si todavía fuéramos inocentes.

Comisario político nato

Rahola, en su condición de hagiógrafa oficial del elegido, lo tiene claro: Mesías sólo hay uno y se llama Artur Mas. ¿Acaso no sabe toda la feligresía que lo ungió el otrora Supremo Hacedor de prodigios, el ex honorable Jordi Pujol?

Sin embargo, la hagiógrafa, cegada tal vez por el entusiasmo, no se da cuenta de que al enumerar las pruebas de que el recién llegado es un farsante, deja igualmente en entredicho la legitimidad de su Mesías favorito. Afirma, por ejemplo, con mucha razón, que:

En el tiempo de crisis, triunfan los vendedores de humo.

Una verdad como la copa de un pino que se aplica tanto al líder de Podemos como al aspirante a candidato del Partido Único. Y también -¿por qué no decirlo?- a Oriol Junqueras, que compite con Mas por el premio en la tómbola secesionista.

Y el falso Mesías horroriza a Rahola, nuevamente con sobrada razón, porque:

Nos ha dicho lo que podemos y lo que no podemos hacer, felizmente investido en comisario político de la lucha catalana.

Investidura de la que, a juicio de la hagiógrafa, sólo puede disfrutar el auténtico Mesías, cabeza del Partido Único y, por supuesto, comisario político nato.

El predicador Josep Cuní tampoco se queda atrás a la hora de anatematizar al falso Mesías que, para colmo, comete el sacrilegio de blasfemar contra el auténtico (LV, 27/12):

A Pablo hay que introducirle como el hijo del verbo hecho hombre, llegado para alumbrar una nueva luz y redimirnos de la casta. De ahí su extrema dureza contra Artur Mas por ser tan responsable de los recortes como Rajoy y por envolver con la bandera de la independencia la salida de la crisis

Subterfugios demagógicos

El humo que vende Pablo Iglesias debe de tener propiedades cáusticas porque sin ser más que eso, puro humo, activó las glándulas lagrimales de los más conspicuos adalides de la cruzada secesionista. Y avivó la sensibilidad de aquellos compañeros de viaje del proceso que intentan conservar el espíritu crítico. Es el caso de Antoni Puigvert quien demuestra, involuntariamente, que Pablo Iglesias y Artur Mas, enfrentados por intereses antagónicos, utilizan los mismos subterfugios demagógicos que él sintetiza así (LV, 24/12):

Desde el 2012, el independentismo ha estado abanderando la ilusión de construir algo nuevo y esperanzador que permita hacer olvidar un Estado español que está en manos de partidos e instituciones incompetentes, oxidados, deprimentes. Podemos también realiza tal promesa: empezar de cero. La inocencia no es el menor de los argumentos que independentismo y Podemos comparten: dar por supuesto que el mal es siempre exterior al pobre ciudadano expoliado, baqueteado, despreciado. Y decir adiós a todo eso, dar el gran portazo al statu quo, es el gran sueño que ambos comparten.

¿Exceso de Mesías o demasiados vendedores de humo? Esa es la cuestión. Pero lo comprobado es que no hay lugar para todos. ¡Si incluso en el espacio secesionista los socios se disputan la cabecera a codazos o con pactos espurios! Por eso Francesc-Marc Álvaro, celoso pastor del rebaño, se muestra cada día más descorazonado por la poca fe de los catecúmenos, vulnerables a las tentaciones profanas, y los flagela con sus sermones (LV, 25/12):

El soberanismo era muy feliz cuando tenía el monopolio de la ilusión política en Catalunya y ahora, en cambio, hay demasiados nervios en ambientes convencidos y movilizados porque aparece un nuevo producto que -se dice- puede romper las expectativas de crecimiento y consolidación de la masa social favorable a la independencia. Si acepto este marco nervioso de interpretación, debo hacer una pregunta que no gustará a muchos lectores: ¿tan débil es el soberanismo que podría acabar muriendo a manos de un experimento como Podemos? ¿No habíamos quedado en que la voluntad de crear un Estado independiente es altamente atractiva y puede arrastrar a muchos que, en principio, están lejos del nacionalismo?

Intercambio de patrañas

Si no fuera por lo que padeceríamos los muchos millones los ciudadanos ajenos a este enfrentamiento entre vendedores de humo -perdón, entre Mesías- sería aleccionador asistir a su intercambio de patrañas disfrazado de Armagedón bíblico. Pero, lamentablemente, esos muchos millones de ciudadanos inocentes seríamos las primeras víctimas del caos que traería consigo el triunfo de cualquiera de los dos contendientes. De modo que lo aconsejable será que, para evitar ese caos, abandonemos el papel de espectadores pasivos y sumemos fuerzas en el frente de la racionalidad, la solidaridad cívica y la estabilidad constitucional.

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