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Eduardo Goligorsky

Los frutos de la desobediencia

Existe un remedio para la desobediencia, de probada eficacia si se aplica a tiempo y en la dosis correcta. Se llama Artículo 155.

Eduardo Goligorsky
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Existe un remedio para la desobediencia, de probada eficacia si se aplica a tiempo y en la dosis correcta. Se llama Artículo 155.
Homenje a las víctimas del atentado del 17-A en Barcelona | EFE

Al cumplirse el segundo aniversario del atentado terrorista del 17-A, sociólogos y psicólogos han vuelto a abordar la gran incógnita: ¿cómo es posible que jóvenes de buena familia, aparentemente integrados en la sociedad de su entorno, perpetraran tamaña atrocidad? Las respuestas de los expertos son variadas y dependen más de la ideología de quienes las formulan que de pruebas científicas. Sin embargo, echo en falta un elemento clave para hacer una valoración completa del fenómeno. Y este elemento es precisamente la descomposición del entorno en el que deberían haberse integrado estos jóvenes: la sociedad catalana.

El deber de odiar

Hagamos un esfuerzo para visualizar experimentalmente el razonamiento de un grupo de islamistas sometidos a la disciplina ciega que les impone su fe religiosa, tan estricta que los predispone a inmolarse para cumplir con la ley coránica. Lo que les impresiona en el entorno catalán en el que deberían integrarse es el hecho de que lo habita una masa de infieles divididos en facciones, algunas de las cuales se jactan de desobedecer beligerantemente las leyes -en este caso terrenales- y de servir a un falso califa prófugo de la justicia y a su visir putativo apoltronado en el foco de la rebelión.

Los yihadistas emboscados observan cómo estos herejes controlan una secta cismática minoritaria pero dueña del poder regional cuya ley consiste, precisamente, en desobedecer la ley. Para colmo, esta secta se guía por la tradición de Caín, inculcando en las escuelas y los escritos profanos el deber de odiar al hermano Abel falazmente acusado de portar taras genéticas. El visir putativo, Quim Torra, diagnosticó que estas taras habían convertido a sus hermanos castellanohablantes nada menos que en "bestias con forma humana, carroñeros, hienas, víboras". Bajo la férula de este energúmeno,

la Fiscalía destaca que los delitos de odio crecieron un 124 % en el procés (LV, 29/3).

No es extraño que los islamistas se sintieran estimulados a atentar contra personas inocentes cuando comprobaron que dentro del bando infiel fermentaban fobias tan virulentas como las que los movían a ellos. Si unos infieles desobedecían a sus autoridades legítimas y servían a los usurpadores, más motivos tenían ellos para desobedecer a esos extraños y cumplir con el mandato divino de librar la guerra santa.

El bombardeo continúa

Los embriones de asesinos fueron bombardeados desde su infancia en las escuelas catalanas con andanadas de discursos supremacistas programados para fragmentar la sociedad. A ellos no les hicieron mella estos discursos porque tenían sus propias creencias aglutinantes, pero sí les enseñaron a menospreciar la condición humana de sus vecinos discriminados por los divulgadores de mitologías identitarias. Y el bombardeo continúa. No hay motivos para pensar que sus efectos serán menos nefastos que los ya conocidos.

El leitmotiv de la campaña subversiva sigue siendo la desobediencia. Lola García, directora adjunta de La Vanguardia, exhuma del panfleto Reunim-nos, del falso califa prófugo Carles Puigdemont, y del regüeldo del visir Torra, algunas piezas del puzzle golpista ("El plan Torra", 22/8):

Conclusión: solo queda el enfrentamiento con el Estado, largo, aunque con "fases de baja intensidad y otras de alta". Un camino "doloroso, que no será agradable", y que empieza a partir de la sentencia.

Quim Torra situó el martes la aplicación de esa doctrina como su principal misión al frente de la Generalitat. Se trata de "retomar la iniciativa", diseñar una "agenda de ruptura", de "confrontación democrática", de "resistencia no violenta", alentar la desobediencia civil para entorpecer el funcionamiento de las instituciones estatales y desestabilizar la política española. Torra no concreta el método, pero Puigdemont escribe que, además de manifestaciones -Hong Kong ya fascina al activismo independentista- existe "todo un muestrario de opciones" entre las que cita "boicot pacífico, objeciones fiscales y de conciencia.

Cuentos chinos

Lola García da en el clavo cuando escribe que "Hong Kong fascina a los activistas independentistas". No por lo que representa como ejemplo de resistencia al totalitarismo, puesto que ellos son totalitarios hasta la médula, sino porque demuestra que es posible poner una comunidad emprendedora patas arriba semana tras semana. Hong Kong es su sueño húmedo, para decirlo con el anglicismo que alude metafóricamente a los deseos sexuales reprimidos que provocan una polución nocturna. ¿Democrática la confrontación? ¿No violenta la resistencia? ¿Pacífico el boicot? Cuentos chinos. Los cabecillas del movimiento insurreccional se han encargado de reclutar sus fuerzas de choque, integradas por los gamberros de los CDR y la CUP, con los comisarios de la ANC, para ocupar las calles y los centros neurálgicos de las ciudades durante el alzamiento contra España, y para purgar a los blandengues, si los hay.

Un cóctel de mentiras en el que sobresale, ahora, el camelo de que ERC se ha moderado y tiende la mano al diálogo. Otro cuento chino. Leo: "ERC dobla la apuesta con un referéndum sobre la monarquía" (LV, 13/4):

Esquerra no se conforma con un referéndum de autodeterminación de Catalunya, sino que quiere otro: este segundo, sobre si los ciudadanos españoles prefieren un Estado monárquico o republicano.

Lo anunció Gabriel Rufián antes de las elecciones del 26-M en un desayuno organizado por Nueva Economía Fórum en Barcelona. Y la desobediencia tampoco le es ajena a ERC. Bajo la información de que "Torra reclama asumir riesgos para otra `confrontación´ con el Estado" (LV, 21/8), aparece la noticia de que:

Fuentes de ERC (…) recuerdan que la confrontación o la desobediencia civil también se prevén en su hoja de ruta. "También hay que tener presente la herramienta de la desobediencia civil, que, en última instancia, y con una coordinación perfecta con las instituciones catalanas, nos tiene que llevar a conseguir nuestros objetivos nacionales.

Existe un remedio

Toda la política del secesionismo catalán está englobada por el mantra de la desobediencia. Si quienes mandan, desobedecen las leyes, ¿por qué han de obedecerlas los mandados? El mal ejemplo cunde. Ya se expande por toda España montado en el frentepopulismo bilduetarrafílico. Hoy estamos cosechando los frutos venenosos de la plaga de desobediencia convertida en norma de conducta: terrorismo yihadista, homenajes a asesinos, violencia familiar, reincidencia delictiva, tráfico de seres humanos, drogadicción precoz, corrupción pujolitizada impune, lavado de cerebros escolar y, por último, aunque es lo más importante, crisis de la sociedad de libres e iguales provocada por la decadencia del patriotismo cívico.

Afortunadamente existe un remedio para la desobediencia, de probada eficacia si se aplica a tiempo en las zonas infectadas y en la dosis correcta. Se llama Artículo 155. Con un refuerzo para casos patológicos agudos: Artículo 116. Solo hace falta un Gobierno con agallas para aplicarlo.

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