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Eduardo Goligorsky

Nos importa España

A estos renegados, España les importa un comino. A los ciudadanos fieles a los deberes patrióticos nos importa mucho.

Eduardo Goligorsky
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A estos renegados, España les importa un comino. A los ciudadanos fieles a los deberes patrióticos nos importa mucho.
Cayetana Álvarez de Toledo | EFE

Quedó grabado en la mente colectiva de los españoles que, cuando se debatió en el Congreso de los Diputados la investidura del doctor Pedro Sánchez, la portavoz circunstancial de Esquerra Republicana de Catalunya, Montserrat Bassa, le espetó al candidato, mirándolo a la cara: “Me importa un comino la gobernabilidad de España”. A continuación tachó a los socialistas de “verdugos” y, pensando, seguramente, quién podría hacer más daño al país que tanto odia, contribuyó con su abstención y la de su partido a la investidura del zascandil. No se equivocó, desde su punto de vista hostil al país, y hoy este sucumbe aplastado por el peso de Frankenstein, su monstruo y la corte de endriagos.

Insulto a la inteligencia

A ERC no solo le importa un comino la gobernabilidad de España, sino que culmina su trayectoria hispanófoba conchabada en sucesivas conspiraciones contra su integridad territorial y a favor de la fundación de una republiqueta étnica subordinada a mitos feudales.

Visto lo cual, la ministra portavoz del Gobierno, María Jesús Montero, insulta la inteligencia de los ciudadanos cuando los somete a un trágala de mentiras infumables después de entrevistarse con el representante de ese partido, Gabriel Rufián. Fernando Ónega se cachondea del despropósito que soltó la embaucadora (LV, 5/9): “Amor. Premio al mejor diagnóstico político del año para la portavoz María Jesús Montero: si algo une a Esquerra y al PSOE ‘es el amor a España’. Insuperable”. Y para dar una prueba de ese amor, pusieron fecha a la mesa del chantaje supremacista con un menú compuesto por dos platos envenenados: autodeterminación y amnistía. Con la rebaja de la pena por sedición como postre, para que los golpistas puedan volver a la calle a cumplir la promesa de reincidir en sus delitos.

Tabúes violados

A estos renegados, España les importa un comino. A los ciudadanos fieles a los deberes patrióticos nos importa mucho. Y porque nos importa debemos reforzar sin prejuicios sectarios los lazos que nos unen en defensa de la Constitución y de su bastión inexpugnable: la Monarquía parlamentaria. Lo dictamina con rigor profesional el veterano notario catalán y catalanista Juan José López-Burniol, a sabiendas de que está incurriendo en una herejía al apostar por una entente racional que viola los tabúes atrabiliarios de la élite autóctona a la que pertenece por derecho propio (“Recuento ante un otoño crucial”, LV, 5/9). López-Burniol prioriza la necesidad de “neutralizar la voluntad destructora de la izquierda radical y de los independentistas catalanes”, a la que se suma “la auténtica vocación rupturista de sus líderes [de Podemos] (no de la mayoría de sus votantes), que es lisa y llanamente revanchista: prescindir de casi un siglo de la historia de España”. Y sostiene:

La única forma de neutralizar este desafío radical –de ser o no ser– pasa por un pacto de dos grandes fuerzas políticas, es decir, del Partido Socialista y del Partido Popular, abierto a los otros partidos que quieran sumarse. Un pacto que tenga por único objetivo asegurar la gobernabilidad del país y el normal funcionamiento de las instituciones democráticas, impidiendo su bloqueo por los independentistas catalanes y su erosión letal por la izquierda radical.

Es significativo que en el seno de la burguesía catalana se incuben, aunque sea contracorriente, propuestas que coinciden nada menos que con la que formuló la difamada Cayetana Álvarez de Toledo con la vista puesta en la salvación de España: el Gobierno de concentración nacional.

La condición previa para que este pacto fructifique reside –insisto– en la eliminación –en ambos partidos– de los sectarismos, las ortodoxias, los personalismos. El ciudadano de a pie no entiende las discriminaciones que formulan, con argumentos sofisticados, los opinadores. Cuando vota a un partido apechuga con todos sus candidatos y lo hace complacido o tapándose la nariz, pero lo hace. Y cuando llega al límite de resistencia cambia el sentido del voto.

Los buenos

¿Quiénes son los buenos?

Empecemos, a regañadientes, por el PSOE, cuya presencia es indispensable para que el pacto de salvación nacional funcione, pero que llega encabezado por un felón predispuesto a subastar la herencia de la Transición. Habrá que resignarse a contar con este partido, vigilando cada uno de sus pasos. Y si la cúpula persevera en la traición habrá que arrebatarle, con apelaciones a la sensatez, los millones de votantes fieles a la socialdemocracia y alérgicos al chavismo-peronismo.

Al PP le busca las cosquillas una legión de críticos bien intencionados. La mayoría de ellos afines a su propia familia política. Que si Aznar, que si Casado, que si Díaz Ayuso, que si Cayetana, que si Feijóo. Cuidado con las fantasías hegemónicas. La buena gente quiere verlos levantarse todos a una, haciendo piña, enrolados en el frente patriótico, contra la embestida de los bárbaros.

Lo mismo vale para Ciudadanos, que necesita el regreso de los que se fueron, acogidos fraternalmente por los que se quedaron, para consolidar entre todos el soñado partido de centro liberal. Una de las pruebas de su fiabilidad consiste en que lo está vetando la morralla depredadora de Podemos y ERC.

Y para completar solo falta Vox, que representa a un sector ponderable de la derecha española y por lo tanto no puede estar ausente de la movilización regeneradora.

A todos nos importa España. Nos importa mucho y es hora de demostrarlo uniéndonos en torno a la Constitución de 1978 y a la Monarquía parlamentaria, como buenos epígonos de la civilización occidental. Los paramos entre todos o nos hunden a todos, incluidos sus acólitos tribales.

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