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El gallinero de la verdad

¿Cómo es posible que la gente haga más caso a lo que lee en Twitter o WhatsApp frente a lo que diga el telediario, la SER o El País?

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EFE

Una de las consecuencias de internet es que el sistema ha perdido el monopolio de la manipulación. Hasta hace poco sólo podían desinformar los medios de masas. Un particular podía extender un bulo tomando el aperitivo, pero las consecuencias eran limitadas. Hoy puede hacerlo en las redes sociales y llegar a muchas más personas. Esto nos coloca a todos en disposición de competir con los grandes medios de comunicación, privados y públicos, en la difusión de noticias falsas. También da ocasión a los Gobiernos extranjeros de, por medio de personalidades ficticias, distribuir por las redes sociales bulos interesados.

Pero, ¿cómo es posible que la gente haga más caso a lo que lee en Twitter, Facebook o WhatsApp frente a lo que diga el telediario de La 1, la SER o El País? Esta pregunta no se la hace nadie en los medios que hoy defienden la creación por parte del Gobierno de la unidad contra la desinformación. Pero es ahí donde está el quid. La razón por la cual la mayoría está dispuesta a creer cualquier cosa que provenga de cualquier otro sitio que no sea un medio de comunicación oficial u oficialista estriba en que éstos han estado mintiendo, manipulando y desinformando toda la vida. Y ahora, que hay la posibilidad de acudir a otras fuentes de información, la gente tiende a recurrir a ellas para evitar precisamente ser desinformado como siempre lo ha sido.

Hace ahora quince años, cuando no existían las redes sociales y los cándidos españoles sólo podíamos informarnos a través de los grandes medios de comunicación, nos mintieron groseramente para hacernos creer las mentiras del 11-M, los terroristas suicidas, la mochila de Vallecas, el musulmán colocando bombas. Con estas mentiras, los medios de comunicación afines al PSOE ganaron para los socialistas unas elecciones que éstos tenían perdidas. Y con esa desinformación truncaron el despegue internacional que vivía España al final de la era Aznar. Hoy, hubiera sido mucho más difícil hacerlo.

Es verdad que casi nadie quiere conocer la verdad del 11-M. Pero todos sabemos que lo que se nos contó es mentira. Y hoy, esos mismos medios, que han levantado su prestigio sobre túmulos de verdades enterradas vivas, se mesan los cabellos y se arrancan las vestiduras porque no soportan tener que compartir el monopolio de la manipulación con otros.

Naturalmente, hay que combatir la desinformación, que no es nueva, ni mucho menos. Pero el menos indicado para hacerlo es el Gobierno, cualquier Gobierno, porque todos manipulan, aunque éste, más. Decir que Sánchez va a fundar una unidad contra la desinformación es como si la zorra anunciara que iba a crear una patrulla para proteger el gallinero.

El instrumento con el que se defiende a la ciudadanía de la manipulación informativa es la educación. Por eso los políticos no sólo no hacen nada para mejorarla, sino que ponen todo su afán en empeorarla. Para que todos seamos cada vez más manipulables. Lo que pasa es que, aunque lo somos cada vez más, ahora ya no sólo estamos expuestos a las desinformaciones del sistema, sino a las de todos. Y eso es lo que les fastidia.

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