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Los orígenes

El magnicidio de Sarajevo acabó con un siglo de casi ininterrumpida paz y prosperidad en Europa. El conflicto fue algo parecido a un suicidio.

Emilio Campmany
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La Primera Guerra Mundial acabó con cien años de casi ininterrumpida paz y prosperidad en Europa. El conflicto fue algo parecido a un suicidio. El continente había conseguido durante esos cien años dominar el mundo y luego, incomprensiblemente, decidió ahogarse en una terrible guerra civil que hizo que acabara perdiendo su supremacía mundial. ¿Cuál es el porqué de un acto aparentemente tan irracional?

Están los que creen que el asesinato del archiduque Francisco Fernando –el 28 de junio de 1914 en Sarajevo– puso en marcha una cadena de desdichados acontecimientos donde la incompetencia de unos y la maldad de otros arrastraron a Europa hacia una guerra que podría fácilmente haberse evitado. Los que así piensan enlazan la cuestión con el problema moral de quién fue el que la provocó. Alguien tenía que ser responsable de ese innecesario desastre. El tema fue acaloradamente debatido desde el mismo inicio de las hostilidades. Incluso, terminadas éstas, los tratados de paz se ocuparon de determinar el culpable de la carnicería. Sobre Alemania cayó ese estigma, por empujar a Austria a vengar la muerte del heredero y provocar así la ira rusa y con ello el conflicto mundial.

Otros creen que poderosas fuerzas profundas llevaban años conduciendo a Europa hacia un gran conflicto que los políticos, por hábiles que hubieran sido, que no lo fueron, no habrían podido evitar. Estalló a consecuencia del asesinato del desdichado archiduque y su esposa como podía haberlo hecho tras cualquiera de las muchas crisis que le precedieron o por cualquier otra que se hubiera podido producir después. Los que así contemplan aquella terrible guerra creen que fueron dos sus causas principales.

La primera fue la torpe anexión alemana de Alsacia y Lorena tras la Guerra Franco-Prusiana (1870-1871). El Imperio alemán, recién nacido, infligió a la orgullosa Francia una humillación imposible de olvidar. Cualquier Gobierno en París incluiría entre sus objetivos recuperar las provincias arrancadas en cuanto la ocasión lo permitiera. Y la ocasión se presentó cuando Rusia quiso salir en defensa de Serbia. Quizá París no le hubiera animado a hacerlo de no ser por el deseo de recuperar lo perdido. La segunda fue la rivalidad naval germano-británica. Desde la batalla de Trafalgar (1805), Gran Bretaña dominaba los mares. Berlín se creyó con derecho a levantar un imperio colonial acorde con su poderío. Y decidió que para lograrlo necesitaba una gran armada similar a la británica. En Londres, donde se creía que la superioridad naval inglesa sólo estaría garantizada en la medida en que su flota fuera más poderosa que las dos siguientes juntas, vieron el programa naval alemán con enorme recelo y se lanzaron a construir barcos con el fin de mantener su superioridad estratégica. La carrera de armamentos que ello desencadenó abocó a las dos potencias a tener que enfrentarse tarde o temprano.

Esta manera de ver las cosas peca de miope porque se fija en las rivalidades de las potencias occidentales con Alemania y olvida que el conflicto surgió en el este de Europa, en los Balcanes y en el enfrentamiento entre Austria y Rusia por hacerse con los despojos del cada vez más decadente Imperio Otomano, el hombre enfermo de Europa, como se le llamó por entonces. En ese conflicto nada tuvo que ver la Guerra Franco-Prusiana ni la rivalidad naval germano-británica. La enemistad ruso-austriaca provenía de la Guerra de Crimea (1853-1856). Hasta las revoluciones de 1848, Europa se había regido por el sistema construido por Metternich tras las cruentas guerras napoleónicas. Tenía dos patas: el Concierto europeo, un sistema de resolución pacífica de conflictos, y la Santa Alianza, un acuerdo de solidaridad monárquica suscrito por las tres grandes autarquías del centro y el este de Europa, Austria, Prusia y Rusia, basado en el interés común de sofocar la revolución. Cuando en 1848 Austria se vio acosada por la revuelta nacionalista en Hungría, quien acudió en su ayuda fue el zar, en consideración precisamente a ese principio de solidaridad. San Petersburgo pudo haber dejado que la revuelta nacionalista húngara acabara con Austria y beneficiarse del vacío que eso crearía en el Este. Pero no lo hizo. Y sin embargo, cuando unos pocos años más tarde Rusia se vio agredida por Gran Bretaña y Francia, que acudieron en defensa del sultán, Austria no sólo se mantuvo neutral, sino que movilizando su ejército obligó a San Petersburgo a distraer en Galitzia tropas que necesitaba en Crimea.

La intervención franco-británica acabó con el Concierto europeo y la beligerante neutralidad austriaca enterró a la Santa Alianza. A partir de ahí, las rivalidades entre las grandes potencias europeas se fueron agudizando y la ausencia de un sistema con el que solucionar las disputas sin que la sangre llegara al río hizo que cada crisis estuviera siempre a punto de desembocar en una gran guerra. Vistas así las cosas, lo asombroso no es que la Primera Guerra Mundial estallara, sino que lo hiciera tan tarde.

De forma que, en los orígenes del conflicto, mucho más relevante que la carrera armamentista germano-británica o los agravios franceses por la pérdida de Alsacia-Lorena fue la vieja y enconada rivalidad austro-rusa, nacida en la Guerra de Crimea.

En lo que influyeron las muchas inquietudes que en Francia e Inglaterra despertaron las ambiciones alemanas fue en que las dos potencias occidentales dejaron de temer al expansionismo ruso por la desconfianza que les provocó el alemán. Precisamente, Londres y París acudieron al Mar Negro en 1853 a defender al decadente Imperio Otomano, cuya existencia era un freno al constante ensanchamiento de las fronteras rusas hacia el Mediterráneo. Allí, en lo que era conocido como el Levante, tanto Francia como Inglaterra tenían importantes intereses. Eso que tanta inquietud les provocó en 1853 había dejado de preocuparles en 1914. Sin embargo, para Austria el problema fue siempre el mismo. Conservar su estatuto de gran potencia exigía impedir que Rusia se hiciera con los despojos del imperio turco y evitar que su armada tuviera una salida al Mediterráneo.

Cuando un cruento golpe de Estado en 1903 convirtió a Serbia, vecina de los austriacos, en un revoltoso aliado del zar, la mera existencia del pequeño reino balcánico se convirtió en una grave amenaza para Austria. Encima, Belgrado animaba, fomentaba y financiaba la subversión de los eslavos que vivían en territorio austriaco y aspiraba a fundar, a costa de Austria, un gran reino de los eslavos del sur, esto es, un reino yugoslavo. Y San Petersburgo, como protector de todos los eslavos, apoyaba la idea. Antes del asesinato de Francisco Fernando, hubo numerosas ocasiones en las que Austria estuvo tentada de recurrir a las armas y poner en su sitio a los serbios, pero el temor a la intervención rusa hizo que Berlín sujetara a Viena y le obligara a desistir y a dar un paso atrás en el último momento. En 1914, sin embargo, ocurrió lo contrario. El káiser respaldó cualquier acción de castigo que el emperador quisiera emprender como respuesta al asesinato de su heredero Francisco Fernando, planeado y financiado por Belgrado. El porqué de ese cambio de actitud en la corte berlinesa de Guillermo II precisamente en el verano de 1914 es harina de otro costal.

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