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El catalanismo no ha muerto, ha crecido

Nunca ha sido Cataluña, ni siquiera Barcelona, una sociedad abierta ni acogedora ni respetuosa de la Ley desde 1980, año en que llegó Pujol al poder.

Ayer publicaba Josep Piqué un artículo importante en El Mundo "Una estrategia ante la muerte del catalanismo", cuyo primer párrafo era harto llamativo: "Sí, han leído ustedes bien. El catalanismo político ha muerto. Llevaba tiempo ya moribundo, pero las elecciones de anteayer han certificado su defunción, y a los muertos hay que enterrarlos con dignidad, recordarlos en nuestra memoria y asumir que jamás van a volver."

Como Piqué fue el último y más brillante valedor del catalanismo, el embajador o go-between político que pasó de Pujol a Aznar y de CiU al PP creyendo que ese tránsito era duradero y practicable, hay que atender a lo que dice. Lo que no significa creerlo, sino todo lo contrario. En mi opinión, y por desgracia, el catalanismo no ha muerto salvo que por muerte se entienda la del niño que se hace adulto y abandona su tamaño menudo para hacerse más grande, más fuerte y, si sale malo, mucho más peligroso. Pero el niño no muere, vive en el adulto. Y a efectos sociales, vive mucho más, porque su ser se inserta autónomamente en la vida de los otros.

Pujol era y es el Prusés

El Pujol que descubrió en su día a Piqué y cedió su talento a Aznar, ¿es distinto del Pujol que ahora es besado como un ex-voto en las misas satánicas de los curas separatistas? No. Pujol ya no se presentaba como el racista de "la inmigración, problema y esperanza de Cataluña" ni como el estafador de Banca Catalana, pero estaba en una etapa de madurez, la de los años 90, de su proyecto político, que, siempre en clave xenófoba, racista y excluyente, pasaba por la segregación de la mitad de los catalanes, los nuevos o de origen castellanohablante (para lo que necesitaba y tuvo el apoyo del PSC, cuyos Tripartitos remataron su obra) y por la destrucción del sistema constitucional, que al estar basado en la soberanía del Pueblo español, no puede aceptar, al menos sin resistencia, su disgregación ni un trato diferencial, por razones políticas, de los ciudadanos ante la Ley. Pero el racismo y la cultura del odio a España del Prusés estaba y está en Pujol.

¿Puede decirse que el adulto mata al niño? Evidentemente, no. Por eso creo que Piqué yerra cuando identifica así al verdugo del catalanismo:

Y ha muerto a manos del secesionismo, que va camino de arrasarlo todo. Ha conseguido ya consolidar un brutal y trágico desgarro interno en la sociedad catalana, ha deteriorado gravemente su estructura empresarial y su economía, ha malbaratado años de trabajo para crear una imagen de Barcelona como ciudad global, acogedora y abierta, y se ha llevado por delante cosas tan sagradas en un sistema democrático como el respeto a la ley y a las resoluciones judiciales. Y va a seguir trabajando para romper la solidaridad y los profundísimos afectos tejidos durante siglos entre la sociedad catalana y el resto de la sociedad española. Pero no les importa.

El primer pogrom social catalanista

Nunca ha sido Cataluña, ni siquiera Barcelona, una sociedad abierta ni acogedora ni respetuosa de la Ley desde 1980, año en que llegó Pujol al poder e instauró la "dictadura blanca" anunciada por Tarradellas. Pero no tan blanca. El terrorismo nacionalista, cuyo padrino fue Batista i Roca, tan elogiado por Pujol, cometió cientos de atentados, varios de ellos mortales, sobre los que el catalanismo dizque moderado guardó prudente silencio. Todo el que se opusiera al nacionalismo estaba tan sometido como ahora a su tiranía lingüística, mediática, institucional y social. Sucede que los resistentes fueron –fuimos- pocos, pero la ferocidad de la persecución fue peor que la de hoy. La Crida, brazo político de la banda terrorista Terra Lliure -de la que procede Carles Sastre- llenó el Nou Camp con el apoyo de Pujol, el PSC y el PSUC -y en Madrid del PSOE y de Cebrián- para legitimar el señalamiento, el acoso y los atentados contra los firmantes del Manifiesto de los 2.300, que produjeron la primera gran salida de empresarios, en este caso intelectuales: 16.000 profesores, muchos de ellos catalanes a los que se les hacía la vida imposible bajo la bota convergente.

Aquel fue el primer gran pogrom del catalanismo, porque la jauría contra los que rechazaban la prohibición del español como lengua vehicular en la enseñanza se ensañó contra los discrepantes y tuvo el apoyo tácito o expreso de todos los medios de comunicación catalanes y el más poderoso de los madrileños: el imperio PRISA, que cambió de chaqueta ideológica cuando tuvo la versión catalana de El País, luego la SER y otros etcéteras.

El ambiente clandestino tras el pogrom de 1981 puede verse en las obras de Antonio Robles Extranjeros en su país o en las de Francisco Caja que prueban el racismo intrínseco de ese catalanismo del que tan satisfechos estaban los vivos y ahora tanto lloran sus difuntos. Tardó más de una década –de la mano de Aznar- en llegar Vidal Quadras al PP y darle a esa resistencia española en Cataluña, cuyas razones en materia linguïstica y moral acreditaba la realidad del pujolismo, una legitimidad parlamentaria y una proyección en Madrid. Piqué, que enterró el legado de Vidal Quadras cuando Aznar pactó llegar al poder del brazo de Pujol, sabe más que yo de aquel vaciamiento del españolismo liberal en el catalanismo moderado.

Las caretas han caído

¿Moderado? Ni por el forro. Tengo el honor de haber sido injuriado personalmente en la Tribuna del Congreso por Durán i Lleida, Montilla, Tardá y su Rufián. O sea, por todo el arco político de aquella época que ahora muchos echan en falta. No seré yo, ni nadie que los conozca. Bendita la hora en que, de la mano de Mas y Cocomocho, mostraron su verdadera cara. Porque ellos no han cambiado. Sencillamente, han crecido y no caben en el traje de la legalidad. Conste que Piqué nunca se comportó de forma patibularia. Pero tampoco Roca era lo que es hoy. El catalanismo era y será siempre el rostro amable del ventajismo localista, cuya base moderna es la discriminación lingüística de los castellanohablantes establecida por Pujol y el trato económico de favor para Cataluña, para no separarse del todo. El catalanismo es, simplemente, el nacionalismo de la buena conciencia al gusto narcisista de una Barcelona que se cree la capital de jauja. Pero les gusta a los catalanes finos y a los políticos catetos de Madrid. ¡Y cómo!

Ahora, ese rostro amable se ha revelado careta y la careta ha caído. Los políticos españoles podrán rendirse al separatismo catalán, es lo que quieren, pero no hay una Edad Dorada Catalanista a la que volver, porque no existió jamás. Lo que realmente había en el puente aéreo era lo mismo que hoy hace a las empresas huir de Cataluña: corrupción, propaganda, prevaricación al por mayor y ceguera voluntaria en Madrid. El catalanismo era el conde de Godó. El catalanismo sigue siendo el conde de Godó. No hace mucho escribió en LD García Domínguez que el catalanismo es el problema de fondo de Cataluña. Lo es incluso en Ciudadanos, que como partido nacido en esa atmósfera mefítica tiende a olvidar las bases de la crisis actual: la discriminación lingüística y el proteccionismo económico. Pero de eso hablaremos el domingo que viene. Mientras tanto, ¡Felices Pascuas!

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