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Pablo Iglesias quiere "asaltar el cielo", no merecerlo

Como todos los líderes comunistas, él aspira a ser Dios para mandar sin límites, sin más leyes que su voluntad, sin el menor respeto a la libertad.

Federico Jiménez Losantos
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Pablo Iglesias ha dicho este fin de semana, en su apoteosis como comandante en jefe de Podemos, algo que prueba su peligro como líder comunista: "el cielo no se toma por consenso, se toma por asalto". Porque esa frase, que liquida la política comunista de consenso en que permitió la implantación de la democracia en España y de la que sólo se excluyó la ETA, tiene además el magnetismo del marxismo-leninismo como religión de la revolución, cuya genial novedad reside en la importación "científica" que Marx hizo de la religión judía, convirtiendo al Proletariado en Mesías redentor.

También Bakunin y su "comunismo libertario", enemigos en la I Internacional de Marx y su "socialismo científico", apelaban a una suerte de milenarismo justiciero, harto evidente, como mostró Gerald Brennan, en el anarquismo español. Pero los bakuninistas apelaban a la venganza eterna y justísima de los desposeídos de cualquier tiempo, reeditaban las terribles "jacqueries" medievales, mientras que Marx y Engels aparecían como científicos que abolirían para siempre la explotación del hombre por el hombre, o lo que Marx, que vivía pícaramente de Engels, llamaba así. Pero la clave era el Juicio Final y la absolución eterna de los proletarios. El verso mejor de "La Internacional" lo dice así: "es el fin de la opresión".

En los siglos XIX (a partir de las revoluciones de 1848) y XX, los católicos solían tender al anarquismo, los protestantes al marxismo y los judíos, tan cosmopolitas y decisivos en el marxismo occidental, al mesianismo profesional. Pero la clave del éxito de los que, como Marx, se proclamaban "materialistas históricos" y "socialistas científicos", de los revolucionarios como Lenin, Trotski, Mao, el Che, Pol Pot o Abimael Guzmán, el profesor de Cuzco que fundó Sendero Luminoso, era precisamente "asaltar los cielos", acabar con la Historia, guillotinar el tiempo, la contingencia vil en que se produce la opresión. El comunismo aseguraba el fin de los tiempos para el Mal, la salvación de los pobres, la muerte de toda muerte, la eternidad del Bien, es decir, el Cielo en la Tierra. Su fuerza reside en ser una religión y una ciencia de la venganza social.

Por eso la Teología de la Revolución de los 70 presenta a Cristo como "Señor de la Historia", al campesinado como el Crucificado y al Partido Comunista como el Cristo Resucitado y Triunfante. Por eso jefes sandinistas como el torturador ministro del Interior Tomás Borge, el pedófilo Daniel Ortega o su corrupto hermano eran presentados por los jesuitas españoles como teólogos; y los curas-ministros Cardenal y Escoto como poetas de la revolución, algo así como místicos del paredón. Los curas del Frente Farabundo Martí salvadoreño decían misa con kalashnikov.

Y aunque la experiencia nicaragüense desembocó en un consenso para la corrupción entre los Chamorro rojos y blancos, veinte años después el Subcomandante Marcos, con el apoyo del rojerío periodístico internacional, reeditó la fantasía guevarista del Buen Salvaje mediático. Podemos es, en apariencia, el partido de los "indignados", entre los "indios urbanos" de Guattari" tras el 68 y los antiglobalización de Seattle que devolvieron al siglo XXI el comunismo de barricada del XIX. Pero lo utópico se ha hecho "científico". Nada menos improvisado que Podemos: Monedero o Iglesias son típicos profesores marxistas como Abimael Guzmán que cursaron las tácticas de la guerrilla moderna, la mediática, en Venezuela, con cubanos y argentinos. Y que en una clase política española poblada de aparatchiki tardosoviéticos del PP o el PSOE, destacan como Lenin y Trotski o Rosa Luxemburgo y Tania, la Guerrillera Heroica, hoy Sánchez, en Sextemos o Cuatremos. Si el hoy olvidado Subcomandante Marcos hubiera tenido las cadenas de televisión que sirven a Podemos no se habría dejado olvidar tan fácilmente.

La importancia de la teoría

Aunque suele señalarse, y los propios líderes de Podemos se recrean en ello, que Iglesias es un producto televisivo (estuvo meses estudiando telegenia, gracias a una beca bolivariana, con profesores del Pirulí, pequeño esfuerzo que, hasta donde sé, no ha hecho ningún ministro) su fuerza es la de conocer el riquísimo repertorio teórico comunista desde el "Manifiesto" de Marx y Engels en 1848. Ya han usado mil veces su primera frase: "Un fantasma recorre Europa…" adaptándolo a la España actual. Pero cuando Monedero dice tras el fulgurante Iglesias, como Trotski al pie de la tribuna de Lenin (de la que luego lo borró Stalin) "los banqueros deben temernos" no sólo hace referencia, como Marx y Engels, al pánico al comunismo como venganza contra la propiedad sino al terror que deben suscitar los cien millones de muertos que ha producido el comunismo en el mundo desde que llegó al Poder, en la Rusia de 1917. Pero viendo a los papanatas de Sextemos y Cuatremos servir de peana a los trucos de los publicistas de Podemos uno tiene la impresión de que los únicos que saben qué es la Cheka, la de Derzhinski y Carrillo, Orlov y Beria, Mao y Pol Pot, Fidel y "Barbarroja", son Monedero e Iglesias, que la actualizarían en Madrid.

Los dirigentes de Podemos son los primeros de un partido comunista español importante que se saben los clásicos marxistas-leninistas. Los jefes históricos del PCE (también del PSOE) han sido redomados ignorantes, machacas del aparato comunista pero teóricamente famélicos. Ni Díaz, ni Ibárruri, ni Carrillo tenían noticia de los "Grundisse", aperitivo de "El Capital", ni habían leído los "Cuadernos fiosóficos" de Lenin, apuntes de hegelianismo que tanto admiraban a Althusser y los maoístas franceses de los 70. Antes de Podemos, los únicos comunistas españoles con lecturas revolucionarias fueron los del POUM–Nin, Maurín, Gorkín-, liquidados por el PCE-PSUC de Stalin en los años 30 y los de Bandera Roja al final de los 70, escisión maoísta "chic" en la línea de Althusser, Poulantzas y Marta Harnecker en el PSUC-PSC, que luego se hizo liberal o volvió a los cargos del PSUC-PCE.

Nin perteneció, como el asombroso "revolucionario profesional" Gorkín y el líder de todos ellos Joaquín Maurín, al leninismo de la primera hora, vivió en Moscú, entre el Hotel Lux, apeadero de la Komintern, los pisos del Kremlin y la Lubianka, donde aplicaban en la nuca la celeste justicia revolucionaria a trotskistas, bujarinistas y demás istas. Cuando en el 37 los esbirros de Stalin, incluídos los del PCE, despellejaron vivo a Nin en Alcalá y encarcelaron a los poumistas de Barcelona no acabaron sólo con los troskistas que no eran, sino que quemaron nuestra Biblioteca Roja. Como Pol Pot en Camboya o Mao en la Revolución Cultural, mataron a los que sabían leer o leían los clásicos: Marx, Lenin, Trotski y, claro, Gramsci.

Luego, en el PCE mandan funcionarios sanguinarios, que borran la memoria de los grandes disidentes del Partido, como Valentín González, nunca reivindicados por supervivientes como Claudín y Semprún. Pero tras la invasión de Praga y la transformación del PCE del interior, que Carrillo ni olió, se produce la democratización teórica del PCE, teórica porque partiendo de Gramsci se adapta a la sociedad europea, y democrática porque en el PCE se había juntado mucha gente que quería la libertad. Luego, el socialismo, vale. Pero primero, la libertad. Y el Pacto por la Libertad del PCE, vieja propuesta de finales de los 60 se concreta en el consenso del PCE y el franquismo, de Carrillo con el Rey y Suárez. La transición a la democracia en España se basa en ese consenso . Por eso es tan importante que, tras casi cuatro décadas, el comunismo español abomine del consenso y vuelva al asalto como medio de conquistar el cielo o, como escribe Monedero en "El País", "traer la felicidad" a los españoles.

Porque hay dos formas de entender el concepto dieciochesco de "felicidad": a la americana -"the pursuit of hapiness"- como sagrado derecho individual a buscarla; o a la francesa, el modelo jacobino que los comunistas siguen copiando hasta nuestros días: la felicidad es lo el partido decida. Y chitón. Monedero sería un faux monnayeur.

Iglesias quiere conquistar el cielo para ser Dios

La fórmula "asaltar los cielos" (título de la película sobre el asesinato de Trotski; también de las memorias de la secretaria de La Pasionaria, Irene Lewy, casada con el periodista César Falcón, el autor de "Pueblo sin Dios" ("Asalto a los cielos", Ed. Temas de Hoy. 1996); usadísima por Mao como alternativa a la brumosa teología confuciana- saca su extraordinaria fuerza de la religión, hunde sus raíces, como el mesianismo marxista, en el debate eterno del hombre sobre el más allá, en la idea de abolir Dios como lo que está más allá del hombre. La tentación luciferina de "ser como Dioses" que plantea el comunismo es si el Hombre se proclama Dios, no de sí mismo (que sería un nietzscheanismo adolescente, llevadero) sino de los demás hombres, porque conoce la Historia, sus leyes y el camino a seguir.

Cuando Pablo Iglesias dice que el cielo no se toma por consenso sino por asalto lo que nos anuncia es que el comunismo en España renuncia a la democracia y aspira, mediante la violencia, a instalarse en el cielo, a ser Dios. Iglesias y Monedero quieren ser nuestros dioses, como Stalin en la URSS, Mao en China, Fidel en Cuba o en Venezuela Chávez, el inmortal, según Podemos.

En la tradición española, católica, el cielo se merece, se gana con nuestras buenas obras. E Iglesias -¡qué apellido, qué destino!- nos lo quiere expropiar. Como todos los líderes comunistas, él aspira a ser Dios para mandar sin límites, sin más leyes que su voluntad, sin el menor respeto a la libertad de los demás humanos, que a los pies de los dioses de la Cheka somos nada, apenas un charquito de sangre. Y para impedir que Iglesias tome el Cielo sin merecerlo, por asalto, habrá que luchar mucho en esta Tierra.

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