Todos los diarios dedican su principal editorial a la presencia de Ibarretxe en los actos presididos por el Rey en homenaje a la Constitución con motivo del XXV aniversario de su aprobación. Aunque no de forma absoluta, sí podríamos establecer una diferencia entre los editoriales que adoptan una actitud conciliadora y valoran muy positivamente esta presencia del lehendakari y los que la presentan como una muestra más del “doble leguaje” del nacionalismo vasco. En el primer grupo, podríamos situar a El Mundo, El País y La Vanguardia, mientras que en el segundo estarían incluidos los comentarios de ABC y La Razón.
El título del editorial de El Mundo —“El Estado debe responder al PNV con su misma sutileza”— ya es lo suficientemente expresivo para adelantar el alto grado de voluntarismo que impregna, no todo, pero sí buena parte del comentario de este diario. Para poder dejar en evidencia el grado de lo que los ingleses llaman “wishfull Thinking” que transluce El Mundo, conviene recordar que el PNV es un partido cuyo objetivo fundacional —como no ha parado de recordar su presidente Xavier Arzalluz— es lograr la autodeterminación. Es un partido que se negó a respaldar la Constitución que fue ampliamente respaldada tanto en el País Vasco como en Navarra. Recientemente ha materializado su propuesta secesionista con el llamado Plan Ibarretxe. También en este tiempo el Gobierno del PNV se ha negado a dejar sin financiación pública y sin representación política a una organización terrorista que estaría encantada de poder asesinar a quienes ayer compartían foto institucional con el señor Ibarretxe. Por seguir dando cobertura política y financiera a los terroristas, el Gobierno vasco ha incurrido en un delito de desacato al negarse a cumplir un auto nada menos que de nuestro Tribunal Supremo.
Pese a todo ello, el Gobierno del PP se resiste a aplicar el articulo 155 de la Constitución que contempla la posibilidad de suspender las facultades autonómicas cuando desde ellas claramente se quisiera vulnerar el ordenamiento jurídico. En lugar de eso, el Rey y el Gobierno invitan a Ibarretxe, como a los demás presidentes autonómicos, a celebrar el aniversario de la Constitución que los nacionalistas pretenden socavar.
Sin embargo, a la vista del editorial de El Mundo, todo esto no es una muestra de la exquisita “sutileza” con la que el Estado responde al PNV. No. La “sutileza”, según este diario, es mérito de Ibarretxe por aprovechar esta oportunidad para tratar de dar normalidad institucional a algo tan absolutamente anormal como pretender hacer saltar por los aires nuestro marco constitucional desde el poder autonómico. Ahora el Estado, según El Mundo, deber responder con la misma “sutileza” a este monumental acto de hipocresía política protagonizado por el lehendakari.
No vamos a negar que El Mundo señala las contradicciones de un PNV que, por una parte “pide al Rey que llame al orden a quienes critican el plan secesionista de Ibarretxe, lo cual es tanto como solicitar al Monarca que vaya contra quienes defienden la base constitucional de la propia Monarquía”, y por otro, “acude a la invitación del Rey y de todos los poderes de un Estado del que supuestamente se quiere separar”. Lo que criticamos de El Mundo es que afronte estas contradicciones no como un acto de hipocresía sino como un muestra de “sutileza”. Vamos, como si el paripé de ayer de Ibarretxe hiciera más tibia la clarísima voluntad rupturista de la legalidad emprendida por el nacionalismo vasco.
“El Estado debe responder con la misma finura calculada. Si el PNV maneja de forma tan elástica su disposición a subvertir el orden constitucional, el Estado tiene que administrar adecuadamente el premio o el castigo”. Como si la invitación de ayer no fuera ya bastante muestra de “finura calculada” por parte del Estado, ahora se pide al Estado algo más. Aquí lo único que cabe es el combate ideológico contra el nacionalismo cuando los nacionalistas cumplan la ley, y el combate judicial cuando se la salten.
El País, por su parte, también se mueve en esa línea voluntarista. Su editorialista empieza por señalar que “el lehendakari tuvo interés en aclarar que su presencia intentaba transmitir un gesto de normalidad institucional y demostrar que su propuesta no es de ruptura, sino de tolerancia y respeto”. En lugar de criticar que el lehendakari utilice la recepción de ayer para tratar de colar una falsedad tan monumental como es “la normalidad” de la anomalísima e ilegal situación a la que los nacionalistas han llevado a las instituciones autonómicas vascas, en lugar de contradecirle por sostener que su propuesta no es de ruptura, El País se felicita y considera que “hay motivos para celebrar el cambio de actitud”.
ABC considera, por el contrario, que la asistencia de Ibarretxe dio lugar a una imagen positiva, tanto más valiosa por lo que podría representar que por lo que realmente representa”. Aunque no entendemos como algo que no refleja la realidad puede ser considerado como positivo. El aspecto atractivo que todo engaño debe mostrar para ser fértil no hace positivo al engaño. En cualquier caso, ABC es claro al señalar que “sería un error extraer conclusiones desproporcionadas sobre un cambio de actitud del lehendakari hacia el orden constitucional. La experiencia desaconseja precipitarse con el PNV, porque está demostrado que al nacionalismo no le supone coste alguno realizar gestos que confunden a los extraños y dejan indiferentes a los propios”.
ABC es él único diario en recordar algo tan crucial como es que el Gobierno de Ibarretxe “no muestra pudor en, primero, defender judicial y financieramente a Batasuna y luego, sin solución de continuidad presentarse en un acto presidido por el Rey con motivo del aniversario de la Constitución para provocar la ocasión que le permita decir que su plan no es de ruptura, sino de convivencia”. “Son los hechos y los objetivos del nacionalismo —prosigue más adelante ABC—, no la amabilidad aparente de la visita de Ibarretxe, los que perfilan la dimensión de lo que realmente buscaba ayer el lendakari. Y lo que buscaba era, razones formales aparte, aprovechar la autoridad constitucional y moral de la Corona para limar su plan ante la opinión pública del resto de España e inducir a la confusión a quienes estarían dispuestos a dar un nuevo voto de confianza al nacionalismo vasco”.
Ibarretxe, caballo de Troya
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