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España como proyecto

Todo esto sucede porque el objetivo no es otro que el poder y España el proyecto para conseguirlo. El resto es discutido y discutible, como la nación

Javier Somalo
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Nuestro presidente del Gobierno no acostumbra a responder a los periodistas de forma espontánea salvo que las preguntas sean de contenido deportivo. Tampoco se prodiga en ruedas de prensa o comparecencias salvo que tenga muy claro el mensaje y sea positivo. Fue lo que sucedió este miércoles tras conocerse los datos del paro: "Tengan la absoluta certeza de que llevo muchísimo tiempo, exactamente desde que llegué a la Moncloa, esperando poder dar una noticia como esta que estoy dando aquí", dijo Mariano Rajoy.

Seguramente la reforma laboral haya tenido algo que ver en las buenas noticias sobre el empleo y probablemente serían aún mejores si se aplicara tal y como la diseñaron cuando estaban en la oposición. Pero en su regocijo el presidente pronunció una frase, quizá de forma inconsciente, que encierra la esencia de nuestros problemas. Para salir definitivamente de la crisis –él se refiere sólo a la económica, que es acuciante pero no la única– Rajoy pidió sumarse a "este magnífico proyecto que es España".

Magnífico o no, el problema es tener a España como proyecto y no como realidad. A menudo se habla del "espíritu" de la Transición cuando, en realidad, se ha convertido en modelo de Estado, en régimen. Es indudable que se pasó de una dictadura a una democracia gracias a un proceso que arrancó mucho antes de morir Franco y que pivotó en torno a la figura del entonces Príncipe Juan Carlos de Borbón y, después, también de Adolfo Suárez y de personas como Torcuato Fernández Miranda. Si por Transición entendemos ese cambio, desde luego es historia. Pero los apaciguamientos necesarios tras cuatro décadas de dictadura no quedaron nunca resueltos. El modelo autonómico de emergencia se asentó y la Constitución dejó como consenso que España estaba en construcción, en eterno proyecto. Después de Suárez, el PSOE y el PP llevan 32 años ocupando la presidencia del Gobierno. Bien es verdad que de forma desigual: el PSOE ha estado el doble de tiempo, 21 de esos 32 años en el Gobierno. Los 32 en el poder, desde luego.

Es cierto que el nacionalismo y su privilegiada ventaja electoral han marcado este modelo, esta España siempre en obras, nunca definitiva, en la que izquierdas y derechas nacionales tiraban de las derechas nacionalistas primero y de todo el nacionalismo después para completar el poder allí donde fuera necesario. Lo llamaron "gobernabilidad". Y PSOE y PP empezaron a legislar, derogar y pactar compulsivamente hasta convertir su acción en un obstáculo.

Así ha sucedido con la Educación, nuestro más grave problema a fin de cuentas: gobierno nuevo, nueva Ley, mismas víctimas. O con nuestro desarrollo: ayer Plan Hidrológico Nacional, luego desaladoras –¿qué fue de ellas, Cristina Narbona?– y mañana sequía. Hoy buscamos petróleo en Canarias, ¿será mañana para Marruecos? O con la Justicia, las pensiones y la política antiterrorista donde los pactos de Estado han sido tan perjudiciales como el toma y daca legislativo. En honor a la verdad, el PSOE –Zapatero, por razones obvias– ha aventajado al PP en derogaciones ideológicas de leyes que podrían haber dado buen fruto.

Ahora, en esta España en proyecto, vuelven los federalismos –ortodoxos y asimétricos–, los confederalismos, los estados libres asociados, el derecho a decidir y la barra libre fundamentada en la falacia de que el nacionalismo ya no mata. ¿Por qué lo iba a hacer si ya gobierna y ha llegado al penúltimo escalón de sus aspiraciones?

El presente curso político nos ha dejado un nuevo Rey de España, un PSOE también en proyecto que no parece ni de lejos el definitivo, un pujante frente popular y populista de izquierda audiovisual y un terremoto mediático provocado desde el poder. Hay mucho proyecto pendiente. Demasiado.

Pero, que se engañe el que quiera, todo esto sucede porque el objetivo no es otro que el poder y España el proyecto para conseguirlo. El resto es discutido y discutible, como la nación. En otros países se empieza a discutir a partir de ahí; nosotros, desde ahí.

Los Estados Unidos de América fueron anteayer un proyecto. Hoy son una nación. España, nación de las más antiguas, es ahora un proyecto. Últimamente, más bien, un borrador.

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