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No queda nada y todo puede pasar

Con la foto del gato que no se sabe si sube o baja un lector comentó: el gato es Rajoy, cree que sube pero la verdad es que está bajando. Tal cual.

Javier Somalo
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Tenemos que estar orgullosos. El partido está unido. No pasa nada. Gobernamos con valentía y determinación, dijo Mariano Rajoy, que ya hasta se parece a Obi Wan Kenobi. Y los barones ojipláticos repitieron sus palabras como hipnotizados antes de llorar en el hombro de Pablo Montesinos. Así fue la Junta Directiva Nacional del PP de esta semana.

"¡Sí señor, sí señor!", grita Alicia Sánchez Camarga, tan ufana y risueña como siempre mientras Moreno Bonilla le retranquea el medallero a Moragas y Floriano se hace un selfie con Borja Semper. Fue entonces cuando el líder dijo aquello de que el PP no tiene que fichar candidatos en cafeterías. Rajoy está convencido: Podemos le beneficia y Ciudadanos le perjudica aunque sea al revés.

Lo mismo Rajoy y Arriola albergan la posibilidad de una vuelta social al conservadurismo bipartidista. El presidente creería pues, que sus votantes preferirán un puchero a fuego lento que el fast food y que se taparán la nariz ante una urna para no advertir el escandaloso socarrao del guiso. Así es Mariano. Cuando en LD publicamos la foto de un gato que no se sabe si sube o baja un lector escribió el siguiente comentario: el gato se llama Rajoy, cree que está subiendo pero la verdad es que está bajando. Tal cual. A veces estos jueguecillos inocentes de las redes sociales, además de entretener, encierran tan redondas verdades.

El caso es que ese Podemos que Rajoy usa a veces para asustar empieza a flaquear. Ya fracasan sus iniciativas más descastadas y se empiezan a tirar los trastos a la cabeza. Puede que el founding siga siendo caribeño pero les falla el crowd que no llega para llenar plazas… por motivos de seguridad. Tanto es así que Iglesias ha arengado a los suyos pidiendo recuperar la ilusión del estallido fundacional previo al desfile de sus millonarios revolucionarios.

En cuanto a Ciudadanos, como crece a ritmo más firme, ha sido colocado en la platina del microscopio para detectarle gérmenes y taras congénitas o crónicas. Pero Ciudadanos, de momento, es Albert Rivera, como la UCD empezó siendo Adolfo Suárez; el PSOE, Felipe González y el PP, José María Aznar. Todavía Rivera concita simpatías como para parar un tren aunque sea el AVE porque, a día de hoy, aglutina a los que quieren votar contra lo pésimo conocido y además frenar –que ya lo está haciendo– a los arribistas asamblearios.

UPyD, en almoneda, empieza a ser el vivero de Ciudadanos mientras Rosa Díez confiesa sentirse engañada por los suyos así como algunos de los suyos se sienten engañados por ella. Irene Lozano podrá suceder a Rosa Díez, que pinta difícil, pero jamás heredará ni su liderazgo ni la ilusión de aquel primer partido, lástima, que osó abrir la espita contra el duopolio del Poder.

Pero por encima de todo, el factor que más pesará en el inminente destino de España es el tiempo o, más bien, la ingente cantidad de sucesos políticos, ya sean naturales o prefabricados, que se conocen cada vez en menos tiempo.

Lo dijo esta semana Ana Botella en entrevista con Luis Herrero: todo sucede más deprisa que antes y casi no da tiempo a reaccionar. Internet está en la radio, en la prensa y en la televisión como acelerador de la vida política y las redes sociales sirven tanto para tropezar como para sujetarse. Para lo bueno y lo malo el tiempo político y personal es más corto. No da para arrepentirse. Hoy arriba, mañana abajo. ¿Dónde estará cada uno cuando lleguen los momentos de votar?

Y sí, es verdad, se ha abandonado la política como escribió –iba a decirlo pero el turno de sílaba de la Junta Directiva Nacional del PP se lo comió la ovación– Cayetana Álvarez de Toledo, que aún vive en Génova pero tiene casa de campo en Libres e Iguales. Por cierto, ¿qué es de ellos? ¿Qué opinan los de L’hardy de estos tiempos tan cortos y de tanta incertidumbre en los que ya no se hace política? Allí hay o había ciudadanos –unido a libres e iguales, qué bien suena–, upedistas, populares, socialistas, ex sindicalistas y voxeros. En estas fechas que se avecinan –40 años de dictadura y 40 de democracia– diríase que son la platajunta de no ser porque enfrente no tienen a un presidente que arriesgó en tiempos de verdadero riesgo sino a su antítesis y porque la valía individual y colectiva de los plataformistas de hoy es muy superior a la de antaño. Pero las plataformas, que se llaman así para no ser partido, son como purgatorio, nevera, intermedio, picadero, sol y sombra, un entre Pinto y Valdemoro, un si hay que ir se va. Aunque se agote el tiempo, algo queda para tomar partido ya que no quieren serlo. También para ellos el reloj puede ser amigo providencial o implacable verdugo. Sería una pena esconderse ahora.

Pero como vivimos más en demoscopia que en democracia, todo parece pasar por la muerte del bipartismo dictada por las encuestas. Partiendo de que esta premisa fuera buena y suponiendo que los tiempos fugaces y el periodismo de sastrería lo permitieran el problema será quién oficia el entierro o si acabarán gobernándonos todos desde la UCI. Empezaremos a vislumbrarlo muy pronto, cuando Susana Díaz quiera formar gobierno y ya estemos en campaña por las municipales y autonómicas.

Una vez dijo Pedrojota –supongo que en broma– que Rajoy no gobernaría porque jamás tuvimos un presidente con barba. Después se llegó a decir que sin una Z en el apellido se rompía la tradición –entiendo que olvidaban a Calvo Sotelo en beneficio del tejeraZo– y ahora parece que un candidato soltero moriría aplastado por los muros monclovitas. Hoy, mientras unos, votantes o no, tratan de imaginar a Albert Rivera o a Pablo Iglesias como presidentes del Gobierno, otros se dedican a espantar o promover la posibilidad para disfrazarse de alternativa a lo que aún no ha sucedido. El caso es que yo no veo a un presidente con coleta. Es más, creo que acabará cortándosela y no será para entrar en La Moncloa.

Queda un suspiro y casi todo puede pasar. Hoy es más necesario que nunca hablar de política.

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