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Casado no puede ser Aznar

Aznar luchó por reconstruir el PP desde el centro. Casado pelea a la defensiva en un terreno que sólo favorece a Ciudadanos y a VOX.

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Aznar y Casado en Génova. | PP

José María Aznar, el padre político del actual líder del PP, consiguió sacar a la derecha española de la definitiva impotencia testimonial y folclórica, que no otra fue la herencia política de Fraga, y llevarla al poder hablándoles de Manuel Azaña a decenas de miles de seguidores entusiastas reunidos en el campo de fútbol del Valencia. Fue durante el último mitin de la campaña electoral que le proyectaría hasta la Moncloa.

Aznar había comprendido con fría lucidez estratégica que en aquella España, la hoy tan irreconocible, solo se podía ganar desde el centro, esto es, desde la misma línea fronteriza que le separaba del PSOE. A su vez, los intelectuales orgánicos que entonces frecuentaba supieron servirle en bandeja un icono histórico extraído del imaginario de la izquierda, nada menos que Azaña, audacia impensable en tiempos de la difunta Alianza Popular. El éxito de la empresa fue arrollador.

Aznar triunfó con las Memorias del presidente de la Segunda República bajo el brazo y Casado, en cambio, trata ahora de sobrevivir pasando con sumo cuidado, de puntillas, sobre la tumba de Franco. Dos épocas. Dos Españas. El problema del hijo reside en que no puede repetir la maniobra del padre. Y es que, a diferencia de lo que le sucedió a su mentor, Casado topa hoy con cuatro grandes problemas que le impiden reproducir aquella ruta trillada. El primero se llama Ciudadanos, el segundo se llama Cataluña, el tercero se llama VOX y el cuarto se llama final del Consenso de Washington y colapso de la globalización.

Así, Ciudadanos no dejó de suponer un apéndice menor y apenas relevante mientras representó el papel que en el PP se esperaba de los de Rivera. En el momento álgido de la crisis del bipartidismo hacía falta, tal como reclamó cierto banquero catalán, un Podemos de derechas, y Ciudadanos empezó cumpliendo esa función escénica. Empeño que no estaba llamado a tener mucho más recorrido que el de una simple bisagra. Y las bisagras, es sabido, resultan siempre gestionables para los grandes partidos.

Pero el desenlace golpista del proceso catalán descoyuntó el mapa de posicionamiento de los partidos de la derecha. A partir del 1 de octubre, Ciudadanos dejó de ser la plasmación política de un movimiento de protesta regeneracionista de las nuevas clases medias y medias-altas de origen urbano e insertas en los sectores más modernizados y expuestos a la competencia exterior de la economía.

La crisis catalana, con su definitiva capacidad para desquiciar a la sociedad española en su conjunto, ha empujado hacia el redil de Rivera a sectores de la derecha sociológica tradicional, la clásica de la España interior, hasta ahora fieles al Partido Popular. Contratiempo no previsto que está obligando a Casado a batirse a la defensiva en un terreno, el de los símbolos y la identidad nacional, que no solo le aleja de disputar una parte del electorado socialdemócrata, la más tibia, al PSOE, sino que centra los términos de la disputa en un espacio muy favorable a un tercero en discordia, VOX.

Cuanto más se localice la confrontación en la cuestión nacional, más garantizada estará la fragmentación del espacio de la derecha y más posibilidades tendrá el partido de Abascal de pescar en los caladeros de sus otros dos competidores. Pero no todos los problemas de Casado empiezan y terminan en Cataluña. Porque Aznar gobernó un país en el que todavía la fractura entre globalistas cosmopolitas e identitarios defensores del Estado-nación no había comenzado a ocupar el lugar de la divisoria clásica entre izquierda y derecha. Un país, la España de ayer, que no es el que se acaba de encontrar Casado.

Hoy, aquí y ahora, VOX y Ciudadanos representan ya los dos extremos de esa novísima polarización transversal ante la que el Partido Popular está llamado a tener que hacer equilibrios permanentes si ansía conservar la preeminencia dentro del espacio liberal conservador. Casado no sólo tiene un candidato mediocre en Andalucía. Tiene una enorme, inmensa terra ignota ante sí.

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