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José García Domínguez

El modelo de éxito vuelve a fracasar

En Barcelona, un 30% del padrón son extranjeros, que proceden, literalmente, del mundo entero.

José García Domínguez
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En Barcelona, un 30% del padrón son extranjeros, que proceden, literalmente, del mundo entero.
Adoctrinamiento en las aulas catalanas. | Som Escola

Como nadie ignora en la plaza, pues desde muy antiguo es asunto del dominio público, los de cura, periodista y maestro de primeras letras resultan ser los oficios donde más abunda el entusiasmo militante por el separatismo en Cataluña. Ya se sabe, los ingenieros de almas. De ahí que tras cuarenta años de inmersión obligatoria, el célebre modelo de éxito, lo raro no sea que únicamente el 39% de los alumnos de la ESO se dirija a sus profesores usando sólo el idioma del éxito, sino que los propios docentes hayan bajado la guardia patriótica hasta tal extremo que ni siquiera la mitad de ellos imparte hoy las clases hablando únicamente en catalán a su público cautivo.

Escándalo descubierto y denunciado por los servicios de vigilancia del monolingüismo pedáneo de la propia Generalitat a través de la encuesta oficial que acaba de ver la luz para escarnio de las fuerzas vivas del País Petit. Ocurre que en un sitio como Barcelona, donde la mitad de los de casa ya éramos charnegos muy dados al castellano, hay ahora un 30% del padrón, que se dice rápido, formado por extranjeros —con sus respectivas proles escolarizables— que proceden, literalmente, del mundo entero. Y si ya era complicado sumergir por las bravas a un pobre chaval recién llegado de Cádiz, repetir la jugada dentro de un aula donde la mitad son pakistaníes, un tercio rumanos y el resto una abigarrada mezcla de ecuatorianos, marroquíes y chinos, el espectáculo ante la pizarra puede ser para alquilar sillas, que decimos aquí.

Razón por la que hasta los más cafres entre los maestros nacionalistas acaban pasándose a la lengua maldita en algún momento del día. El modelo de éxito, como se ve, no para de fracasar. Pero ya se andan buscando soluciones imaginativas. Así, leo en la edición vernácula de El País a un Rudolf Ortega señalando, y con la preceptiva alarma, que en las actividades de grupo resulta peor aún. La chavalada, observa consternado Ortega, se siente entonces mucho más impune para pasarse al español. ¿La solución? El lector lo habrá adivinado: suprimir o limitar al máximo las actividades de grupo en la clase. Ah, qué haríamos sin los pedagogos.

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