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Dos Jordis y un destino

Vienen a ser algo así como Los Morancos del procés, una inseparable pareja artística empleada a tiempo completo en la promoción de algaradas callejeras con cargo al erario público.

José García Domínguez
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La Sexta

Sánchez y Cuixart, Cuixart y Sánchez, esos Jordis a la sombra que vienen a ser algo así como Los Morancos del procés, una inseparable pareja artística empleada a tiempo completo en la promoción de algaradas callejeras con cargo al erario público. Al punto de que cuando la noche de autos ordenaron al alimón el ataque contra los vehículos y los agentes de la Guardia Civil en la Consejería de Junqueras, decenas de agitadores identificados como miembros de la ANC y de Òmnium repartieron durante un par de horas bocadillos y latas de refrescos entre la turba asaltante; viandas y bebidas distribuidas gratis total, huelga decir. Tan iguales en su común y temeraria inconsciencia sobre los efectos penales de los gravísimos delitos que estaban cometiendo, Sánchez y Cuixart, sin embargo, responden a tipos humanos muy distintos entre sí. Mucho más anodino y vulgar Sánchez, algo que se refleja incluso en lo abotargado de su estampa física y el tosco aliño indumentario con que logra empeorarla. Más sugerente y complejo Cuixart, a diferencia de su cuate, el abúlico profesional del agit prop, un fanático iluminado, un verdadero creyente, un loco por la causa.

Para empezar, y contra lo que indicaría la intuición, porque el charnego atormentado ante su déficit de catalanidad genuina no es Sánchez sino Cuixart, el hijo de una carnicera murciana y un obrero manual oriundo de Badalona que habló en castellano durante toda su vida. Que un hombre dedique los esfuerzos y las energías de su existencia a luchar denodadamente para que el idioma de sus propios padres sea expulsado de la vida pública e institucional, que esté dispuesto incluso a ir a la cárcel para lograr ese objetivo supremo para él, indica hasta qué punto el nacionalismo catalán es una fábrica de criaturas extraviadas. De ahí que ese cuadro psicológico, casi en la frontera de lo psiquiátrico, resulte ser algo bastante frecuente en el submundo del activismo catalanista radical. El charnego que experimenta como una carencia su origen dual tiende a ser por norma el más extremista e intransigente de la colla. Terra Lliuresiempre encontró su más fértil vivero entre los hijos de andaluces, extremeños y murcianos que buscaban en la épica de la inmolación una vía catártica para llenar el vacío esencial fruto de sus raíces ajenas al glorioso solar patrio. Así también el Jordi de Òmnium.

En sus antípodas, Sánchez, el otro perito en bullangas, jamás ha movido un dedo sin cobrar; de hecho, lleva toda la vida viviendo de eso. Hombre sin oficio ni beneficio, el metódico alborotador Sánchez descubrió a principios de los 80, cuando comandó la Crida junto a Àngel Colom, que inutilizar señales de tráfico, pintarrajear buzones de correos y montar tumultos contra el Estat espanyol podía constituir un plácido y rentable modus vivendi con el que mantener con suficiente decoro a una familia.Y en eso sigue a sus cincuenta y muchos. Lo dicho, un profesional. Cuixart es otra cosa. Millonario gracias al éxito de una empresa industrial que supo crear desde la nada siendo muy joven, carece, sin embargo, de la formación académica, los modos en sociedad y el pedigrí propios de las dos docenas de familias de la burguesía nacionalista que desde siempre han mandado en Òmnium. El Jordi de Òmnium ha confesado alguna vez que su vocación política le viene de un tío suyo por la rama murciana, un antiguo falangista reconvertirdo más tarde en ardiente separatista catalán. Y la Falange, recuérdese, aquel selecto club de señoritos salvapatrias y aristócratas madrileños, también recurrió a un don nadie –Hedilla, un obrero de Santander que escribía con faltas de ortografía– cuando incurrió en la temeridad de plantarle cara a Franco. El don nadie, es sabido, pagó el pato por todos. Y los señoritos salvapatrias siguieron paseando por Serrano, como si nada. Lo del procés y sus preceptivos mártires recuerda mucho a aquella historia. Cuixart, ese tonto útil que se cree el cuento, va camino de acabar siendo el Hedilla de Òmnium. En cuanto al otro, el profesional, lo del trullo solo es un gaje del oficio. Apenas eso.

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