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José García Domínguez

El exilio de Puigdemont

Qué peligro tienen las cámaras, Dios.

José García Domínguez
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Qué peligro tienen las cámaras, Dios.
Carles Puigdemont posa en la Eurocámara junto a Toni Comín y Martina Anderson. | @KRLS

Pese a la fantasiosa leyenda urbana a propósito de su maestría para manejarse ante las cámaras de la televisión, el vicepresidente Iglesias, como cualquier hijo de vecino, es alguien capaz de soltar gansadas que nada le convienen cuando se ve en el trance de improvisar palabras que suenen bien a muchos oídos distintos. Así, he leído por ahí que en el programa del Follonero le hicieron decir que el cantamañanas de Puigdemont resulta objetiva y moralmente equiparable a los exiliados que tuvieron que abandonar España con lo puesto para salvar sus vidas tras una sanguinaria guerra civil de exterminio que había durado tres años. El vicepresidente Iglesias, que siempre habla de oídas en los asuntos que versan sobre Cataluña, adoptó en su día el hábito, acaso influido por la lectura de las novelitas policíacas de aquel gallego vergonzante,Vázquez Montalbán, de identificarse con la memoria sentimental de un partido político catalán ya desaparecido, el PSUC.

Lástima que los del Follonero tampoco sepan nada de historia, pues podrían haberle preguntado al señor vicepresidente si él considera que las vacaciones pagadas del cantamañanas suponen un caso equiparable a la peripecia personal sufrida, por ejemplo, por Gregorio López Raimundo, en su día secretario general del PSUC, cuando, tras volver clandestinamente a España desde el exilio, fue detenido en 1951 y, acto seguido, torturado durante tres semanas en los sótanos de la Vía Layetana de Barcelona por el famoso comisario Polo, de la Brigada Político-Social. Por cierto, un torturador, el comisario Polo, que había aprendido su sórdido oficio durante la República, cuando ejerció de mano derecha de Miquel Badia, el jefe de los Mossos y del Estat Català que, entre otras artes, le enseñó a simular fusilamientos, y con fuego real, para aterrorizar a los detenidos anarquistas que pasaban por aquellas mismas celdas de la Vía Layetana. Tras la muerte de su jefe Badia por disparos del cenetista Justo Bueno, Polo cambió de bando y se unió a los franquistas, que le conservaron el empleo tras la guerra. E incluso llegó a vengar a Badia, ya en la dictadura, al detener personalmente a Bueno tras cruzarse con él por casualidad en una calle de Barcelona. Bueno, que luego sería fusilado en el Campo de la Bota. Qué peligro tienen las cámaras, Dios.

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