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El feminismo de la ira es un bumerán

A lo tonto, el PSOE está hablando de algo muy serio y peligroso: imponer de la noche a la mañana un chusco remedo de la revolución cultural maoísta

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David Alonso Rincón

Ocurre siempre. En España las grandes modas políticas, culturales e ideológicas de Occidente, antes de producción siempre francesa y en el tiempo presente de origen anglosajón, nos llegan por norma con algún retraso. Pero una vez recibidas, aquí, y también por norma, se aceptan y asumen con una entusiasta y devota fe del carbonero difícil de encontrar en otras latitudes. Así, por ejemplo, pasó la sociedad española, y sin solución de continuidad, de celebrar los consabidos chistes de maricones en todos sus grandes medios de comunicación de masas a devenir una de las vanguardias mundiales en la defensa de la causa LGTBI, incluidos sus aspectos más controvertidos y discutibles, tales como la adopción o la llamada por algunos gestación subrogada. Y otro tanto nos está ocurriendo ahora con esa novedosa variante del feminismo heterofóbico, el tan refractario al principio igualitario que anida en el corazón mismo de la idea de ciudadanía, la manufacturada en las universidades americanas de la Costa Este que dieron a luz en su momento el concepto de corrección política, amén del simultáneo soporte ideológico y doctrinal de las prácticas institucionalizadas de la discriminación positiva. Esa definitiva enmienda a la totalidad contra otro principio filosófico legitimador de las democracias liberales, el de la meritocracia.

Aberración conceptual que en sus aplicaciones prácticas más grotescas ha llevado a que en Estados Unidos el mérito académico fundamental y determinante para que un candidato logre alcanzar un empleo de catedrático de Derecho Romano o de Física Cuántica resida en poseer la condición racial de negro, asiático o hispano. Una cuestión nada anecdótica, esa de la imposición del principio de la discriminación positiva, la que ha alterado el tradicional orden de la cola formada por los millones de norteamericanos que hacen fila india para encontrar su plaza en el ascensor social, que está detrás del éxito popular de movimientos conservadores como el Tea Party o de la victoria electoral del propio Trump. Un bumerán, el del final hartazgo de la mayoría silenciosa, que ha acabado estampándose en el rostro de esa muy autocomplaciente progresía norteamericana que tiene su expresión política en el Partido Demócrata, que, más pronto que tarde, también terminará atravesando el Atlántico para llegar a nuestra frontera.

Se está viendo ya con cuestiones como la de la caza o los toros, tradiciones hispanas seculares tan despreciadas por nuestros juveniles y modernísimos papanatas anglófilos de la nueva y vieja política capitalina. Y ocurrirá igualmente con ese airado feminismo de la ira y la revancha si la tan publicitada "brecha salarial" se acaba convirtiendo en la coartada para introducir por la puerta de atrás el principio de la discriminación positiva en los organigramas de las empresas españolas. Porque justo eso es lo que se esconde ahora mismo en la trastienda del discurso feminista oficial que postula el Gobierno del PSOE. Palabras muy serias y muy trascendentes en medio del carnaval retórico de la campaña electoral tintada de color lila para la ocasión. Porque, a lo tonto, el PSOE está hablando de algo muy, muy serio. Porque muy serio – y muy peligroso – sería imponer de la noche a la mañana un chusco remedo de la revolución cultural maoísta en los cuadros de mando de nuestra estructura económica que dejase orilladas a decenas de miles de personas capaces y valiosas únicamente por razón de su condición sexual. Que de eso es de lo que estamos tratando entre bobada y bobada. Poca broma con las cosas de comer.

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