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José García Domínguez

El idiota orgánico colectivo catalán

Ríanse de los islamistas, son aprendices de fanáticos al lado de nuestros tarados.

José García Domínguez
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Un buen tema monográfico a debatir en el próximo congreso de la Asociación Mundial de Psiquiatras pudiera versar sobre el origen neuronal de la desviación patológica que impide a los catalanistas, a diferencia de lo ocurrido con la recién clausurada peregrinación de los fieles a La Meca, suspender también ellos su tradicional romería indigenista del 11 de septiembre, la llamada Diada. Y no cabe tomarlo a broma. Cuando yo era pequeño, la izquierda de aquí, la del País Petit, que ya por entonces era mucho más pretenciosa y pedante que la del resto del por aquel tiempo rebautizado como Estado español, no dejaba de perorar sobre el "intelectual orgánico colectivo", muy etéreo sujeto teórico de cuya obra magna nadie acusó recibo jamás, pero cuyas ignotas virtudes emancipatorias salían hasta en la sopa. Luego, pasado el instante de la juventud y de la inocencia, en el caso catalán, que era el que a mí me tocaba, lo que pudimos ver con desolada perplejidad fue la irrupción en escena de un pariente próximo suyo, el idiota orgánico colectivo, ese pastueño sujeto pasivo de todas las escenógrafías corales norcoreanas a las que tan aficionado se muestra el alto mando procesista.

Porque en el resto del planeta, así en los Estados Unidos por ejemplo, tienen a sus propios idiotas dispuestos a morir por la causa que sea. Idiotas como esos negacionistas de la órbita del trumpismo más chalado, los que predican con la fe del carbonero loco que el virus no existe y que, por tanto, rechazan igual el uso de mascarillas que la práctica preventiva de la distancia social. Son sus idiotas de derechas. Tan iguales en el fondo a aquellos mitificados idiotas de izquierdas, los Panteras Negras, cuyos ideólogos oficiales postulaban el "suicidio revolucionario" para derrotar al sistema. Autoinmolación ritual que acabaron llevando a cabo en la práctica 304 devotos del Templo del Pueblo, secta de iluminados surgida de aquel mismo caldo de cultivo intelectual. Porque en todas partes, ya se sabe, hay una cuota estadísticamente determinada de idiotas, tanto de derechas como de izquierdas, prestos a críar malvas por una bandera. Pero lo de Cataluña, una disciplinada muchedumbre transversal que mezcla en alegre y descerebrada promiscuidad a expotentes de todas las clases sociales y casi todo el arco ideológico, toda ella dispuesta a correr el riesgo de contagiarse con un virus letal solo por no desobeceder al President Emèrit, eso no existe en ninguna parte del mundo. En ninguna. Ríanse de los islamistas, son aprendices de fanáticos al lado de nuestros tarados.

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