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José García Domínguez

El otro atentado de Barcelona

Una hora infinita durante la cual el Gobierno de España y el jefe del Estado estuvieron de facto secuestrados.

Una hora infinita durante la cual el Gobierno de España y el jefe del Estado estuvieron de facto secuestrados.
Manifestación separatista ante la sede de la Comision Europea en Barcelona con el lema, | EFE

Ocurrió cuando preámbulo del acto institucional de repulsa que se había programado en Barcelona contra aquel atentado islamista al que no se podía de ningún modo llamar islamista, el de la Rambla. Más de tres mil militantes de la ANC, todos ellos perfectamente organizados y coordinados en su proceder, habían decidido apostarse, según la posterior versión oficial de la Generalitat por pura casualidad, justo en las dos aceras de la calle Caspe que lindan con el Paseo de Gracia, la zona que habían elegido en el más estricto secreto los responsables de seguridad de la Moncloa para que el entonces presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, y la mayor parte de sus ministros bajaran del autocar que los iba a transportar desde la sede de la Delegación del Gobierno hasta las inmediaciones de la Plaza Cataluña, donde se realizaría la ceremonia.

Era un absoluto secreto, pero he ahí que tres mil agitadores de la ANC disponían de la información. Información que, obviamente, solo podía haber salido de una filtración procedente de los Mozos de Escuadra. Luego, en una encerrona estudiada al milímetro, el propio Felipe VI, que se incorporó al grupo tras desplazarse hasta allí en su coche oficial, pudo constatar, entre atónito y alarmado, que toda la comitiva, con él mismo a la cabeza, se encontraba rodeada por una masa vociferante y hostil. Justo detrás, a sus espaldas, centenares de activistas del independentismo portando banderas esteladas. A ambos lados de la calzada, los otros tres mil separatistas que pasaban por allí por casualidad.

Y por delante, apenas a un metro de distancia el jefe del Estado, un dirigente de la ANC que, escoltado por otro centenar de sus iguales, agitaba amenazante un cartel en cuyo texto se acusaba al monarca de haber sido el instigador de la matanza. Era una ratonera. Un trayecto a pie que en circunstancias normales no dura más de cinco minutos, el que separaba el autocar del Gobierno de la Plaza Cataluña, requirió de una interminable hora para poder ser completado. Una hora infinita durante la cual el Gobierno de España y el jefe del Estado estuvieron de facto secuestrados. Y el organizador de aquello tal vez siente en la famosa mesa de diálogo dentro de unos días

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