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En 2022, ganará Le Pen

Es exactamente lo mismo que ha ocurrido en Estados Unidos con la irrupción en escena de Trump, y en el Reino Unido con el 'Brexit'.

José García Domínguez
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Marine Le Pen | EFE

En los ochenta, cuando los primeros pasos aún renqueantes del proceso globalizador, eran apenas una banda de marginales. Pero en 2002 su padre rozó el 20% de los votos en la segunda vuelta. Ahora, en 2017, ella ya ha conseguido el doble de apoyos, un 35%. Si todo sigue igual, en 2022 ganará. Y nada hace pensar que no vaya a seguir igual. A fin de cuentas, Macron es más de lo mismo: gestión aséptica, tecnocrática y despolitizada de la economía más unas gotitas de marketing emocional para consumo de las audiencias televisivas. A Macron lo adoran los nuevos amos de París, esos profesionales jóvenes y de mediana edad que han logrado integrarse en las cadenas globales de valor en que está instalada la parte competitiva y ganadora de la economía francesa. A fin de cuentas, no deja de ser uno de los suyos, alguien en cuya biografía se reconocen. Pero lo detesta, igual que detestaba a su mentor Hollande, la Francia profunda, esa Francia del interior que está viendo desaparecer como un azucarillo sumergido en un tazón humeante de café a la vieja clase media que, hasta hace apenas una década, había constituido la columna vertebral de la nación.

Nada nuevo, por lo demás. Es exactamente lo mismo que ha ocurrido en Estados Unidos con la irrupción en escena de Trump, y en el Reino Unido con el Brexit. En todas partes, en París, en Londres o en Nueva York, los de muy arriba y los de muy abajo, los ricos entre los ricos y los inmigrantes pobres dispuestos a cobrar cuatro chavos por ocupar cualquier empleo por precario que sea, enfrentándose juntos contra los que antes moraban en el medio, pero que cada día que pasa temen bajar otro escalón en la pendiente de la decadencia. En Francia, en Gran Bretaña, en Norteamérica, en todas partes, vuelve el gran tabú de la lucha de clases, pero no enfrentando como antes a proletarios contra capitalistas, sino a las antiguas clase medias autóctonas en retirada frente a los cosmopolitas de heterogéneo pelaje proclives a transferir la soberanía a los mercados globales. Una nueva confrontación en la que las voces izquierda y derecha, creaciones ambas de la Revolución Francesa, se han convertido en puros significantes vacíos. Así, en París, literalmente nadie vota al Frente Nacional (En el Distrito III, uno de los más céntricos y poblados de la ciudad, Macron obtuvo el 45% de los votos en la primera vuelta, frente a un irrisorio 3% de Le Pen). Pero París cada día tiene menos que ver con Francia.

París y Francia son hoy mundos distintos y distantes que hablan lenguajes cada vez más ininteligibles entre sí. El bipartidismo tradicional que caracterizó desde siempre a la Quinta República, el que contraponía por rutinaria norma a conservadores y a socialistas, yace ahora mismo muerto y enterrado por la simple razón de que ambos, tanto los gaullistas como los socialistas, eran dos expresiones políticas de la misma clase media que hegemonizaba el mapa sociológico de Francia. Y si ahora se han hundido en la nada es porque esa clase, la que les servía de común sustento a ambos, también ha hecho su particular mutis por el foro. Al igual que ocurre en España con PP y PSOE, a la antigua izquierda y derecha francesas ya solamente les votan los viejos y los funcionarios, nadie más. Desaparecido en combate el amortiguador social de la clase media, el novísimo bipartidismo que hoy se inaugura en Francia opondrá a los de arriba, las capas urbanas, sofisticadas, cosmopolitas, cada vez más desarraigadas del entorno e integradas en las cadenas globales de valor, el público objetivo de Macron, con los de abajo, la periferia rural, subvencionada, envejecida, decadente y cada vez más desconectada de los circuitos comerciales de la mundialización, el feudo de Le Pen. Lo dicho, si nada cambia, en 2022 ganará.

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