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José García Domínguez

Es la Cuarta Guerra Carlista

Como en el XIX, karlistas, ahora los del Payés Errante, contra liberales. Los nietos putativos de Cabrera, otra vez, contra la sociedad abierta.

José García Domínguez
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Como en el XIX, karlistas, ahora los del Payés Errante, contra liberales. Los nietos putativos de Cabrera, otra vez, contra la sociedad abierta.
EFE

¿En qué país del mundo se ha visto que las huelgas generales las convoque siempre el Gobierno y que en ellas no participen nunca los obreros? En el país petit,no en ningún otro. Así, como siempre, esta vez tampoco los proletarios locales han querido saber nada ni de sus curitas laicos encarcelados ni de sus señeras cubanas. Salvo el Barça, que ya es la única gran empresa autóctona que queda en lo que en su día había sido la fábrica de España, ninguna gran factoría, empezando por las de Seat y Nissan, se ha querido sumar a la enésima bullanga institucional promovida por la Generalitat. Ninguna. Porque, al igual que hay dos Españas desde muy antiguo, también existen, aunque desde no hace tanto, dos Cataluñas: la que vive del mercado, del mercado de verdad, y la que vive del cuento, del cuento patriótico huelga decir. Como en el XIX, karlistas, ahora los del Payés Errante, contra liberales. Los nietos putativos de Cabrera, otra vez, contra la sociedad abierta. Porque tras ese manto de ficticia e impostada modernidad con el que los catalanistas siempre consiguen deslumbrar a algunos paletos mesetarios se esconde, y se acaba de ver otra vez en las calles de Barcelona, el rechazo cerril de la libre concurrencia.

Todos esos niñatos y niñatas de buena familia que llevan una semana jugando a disfrazarse de revolucionarios para escenificar en el asfalto urbano los episodios de acción de sus series favoritas de las plataformas de pago piensan, porque así se lo han hecho creer sus tutores, que están en guerra contra España. Pero contra quien están tirando piedras en realidad es contra el siglo XXI. ¿Una revolución encabezada por columnas de campesinos rentistas que viven de las subvenciones públicas, airados rústicos que acuden con sus tractores a la gran ciudad cosmopolita que siempre han mirado con resentido recelo para sumarse a otra legión de funcionarios absentistas, no menos dependientes del erario que ellos, para impedir con el auxilio de manadas de adolescentes ociosos que puedan trabajar los otros, los que no se ganan el sustento cotidiano con el cuento cuatribarrado? ¿Pero qué broma es esa?

La Cataluña contemporánea es, junto con Estados Unidos y Argentina, uno de los mayores melting pot de Occidente. Aquí, si se rasca hasta la tercera generación, casi todos somos charnegos. De ahí la importancia tan crítica del uso político del romanticismo cultural y lingüístico a fin de construir barreras invisibles frente a la competencia procedente del exterior. Y también de ahí la xenofobia apenas encubierta que caracteriza desde siempre a los dos partidos que encarnan la representación política de las clases medias autóctonas, Esquerra y los posconvergentes. Cada vez que la Generalitat convoca a través de alguno de sus sindicatitos funcionariales de juguete eso que llaman "paros de país", y acabamos de constatarlo otra vez, las dos Cataluñas se vuelven a escindir. Amén de los parásitos oficiales, obedece la que vegeta inserta en ese vasto entramado de mercados tan domésticos como cautivos, tutelados e intervenidos, la misma que da forma al caldo de cultivo moral que retrata al pequeño y mediano empresariado nacionalista. Y rehúsa adherirse la otra, la inserta en la economía competitiva que se ha integrado en las cadenas nacionales e internacionales de valor. No es una revolución posmoderna. Es la Cuarta Guerra Carlista.

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