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Están muertos de miedo

El miedo, ¡ay!, funciona. Es lo único que funciona. Sigamos, pues, por el buen camino.

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Carles Puigdemont y Oriol Junqueras | EFE

Al transeúnte que, como yo, aterriza en Barcelona para contemplarla con la mirada ajena y distante del forastero no deja de llamarle la atención que ese trozo de cordón amarillo prendido de las sayas, el sambenito con el que gustan señalarse los simpatizantes de los golpistas, apenas lo luzcan las ancianas con las que el extraño se va cruzando por las calles. Al punto de que a ojos del turista no advertido el cordón podría pasar por una suerte de identificativo de la tercera edad local. Al otro lado de las pantallas de la televisión, donde el mundo deja de ser un plató, el lacito color orín apenas lo lucen los abuelos, en especial las abuelas. La razón oculta de tan acusado sesgo generacional en el alarde público de complicidad con los sediciosos no es otra que el miedo al facha, esa disuasoria leyenda urbana. Así, salvo muy infrecuentes excepciones llamadas a confirmar la norma, en Barcelona solo andan con la soga amarilla a cuestas los y las mayores de sesenta años, gentes a las que la edad cumplida ya les provee de un muy eficaz salvoconducto de impunidad ante eventuales reyertas susceptibles de dar paso a alguna estampa de pugilato tabernario.

Miedo se llama la figura. Un miedo, ese tan inconfesable que se vive hoy en Barcelona, que es el mismo que empezó a cambiar raudo de bando tras el chusco coitus interruptus de la proclamación oficial de la Republiqueta. No lo pueden decir, claro, pero están atenazados por el miedo. Sobre todo, los de la Esquerra, que fueron los primeros en descubrir, atónitos, perplejos, incrédulos, que el Estado no era ese chiste de Eugenio con el que tanto se reían. Están, sí, muertos de miedo. Y la gran cualidad política del miedo es que funciona. Con los separatistas catalanes, es lo único que funciona. Mal que bien, intentan componer la estampa ante los suyos, pero el temblor ecuménico de piernas ya resulta difícilmente ocultable al observador atento. Y es que, así como el desparpajo bullanguero de la CUP no es ajeno a que su misma condición de marginales los ha mantenido paradójicamente a salvo de las causas penales abiertas contra los miembros del Gobierno de la Generalitat, el posado todavía altivo y chulesco de los de Puigdemont está llamado a pasar a mejor vida justo tras su ingreso entre rejas.

Si el trullo obró el milagro súbito de repoblar con unos puñados de sensatez la dura mollera de Junqueras, no hay razón para suponer que ahora vaya a ocurrir cosa distinta tras el necesario encierro terapéutico del Payés Errante. Decían, y no se cansaban nunca de repetirlo, que la acción punitiva del Estado frente a su afán golpista era una máquina de fabricar independentistas. ¿Recuerda el lector cuántos millones de veces nos explicaron ellos y sus escribidores en nómina el bonito cuento de la máquina de fabricar independentistas? Pero, a la hora de la verdad, lo que se ha constatado cierto ha sido justo lo contrario, a saber: cuanto más se apela a los instrumentos legales del Estado de Derecho alumbrados para reprimir golpes y conjuras, más y más sensatos se nos van volviendo los golpistas y los conjurados presos. Porque el miedo, ¡ay!, funciona. Lo dicho: es lo único que funciona. Sigamos, pues, por el buen camino.

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