Menú

Jordi Sánchez, perito en bullangas

Sánchez o Sànchez, por supuesto, no va a ser presidente de nada. Y la razón de que el ido lo haya propuesto a él, todo el mundo lo sabe, es precisamente esa.

José García Domínguez
0
EFE

Jordi Sánchez o Sànchez, un atrabiliario agitador callejero perito en armar bullangas tumultuarias, su único oficio conocido desde que allá a principios de la Transición se profesionalizó a tiempo completo como activista de la Crida, resulta ser el candidato del presunto partido de la derecha catalana, el de las siglas que encarnan la pretendida herencia local de la tradición conservadora y de orden, para ser investido máximo representante del Estado en la plaza. Tras el loco del pueblo, un reventador de farolas. Sánchez o Sànchez, por supuesto, no va a ser presidente de nada. Y la razón de que el ido lo haya propuesto a él, todo el mundo lo sabe, es precisamente esa. Lo sustantivo, no obstante, es que el perfil idóneo para aunar voluntades dentro de la comunión separatista, el currículum adecuado para generar consensos multipartidistas en torno a una figura que se eleve por encima de las disputas intestinas de las distintas devociones particulares, es el de ese Sánchez o Sànchez. Siempre el más fanático. Siempre el más intransigente. Siempre el más refractario a reconciliarse con la realidad. Al final, claro, no será él. Y tampoco Rull & Turull, esa pareja artística sub iudice, pero será otro que se les parezca como un gota de agua a otra. No podrá ocurrir de otro modo.

Y no podrá porque ya hace mucho tiempo que las élites rectoras del catalanismo político se han convertido ellas mismas en rehenes de las fuerzas reprimidas que decidieron desatar en su día con la ingenua creencia de que podrían controlarlas. Una ingenuidad temeraria que, al final, ha acabado llevando a Mas a la ruina, a Junqueras a Estremera y al Payés al extravío. Porque no controlan lo que ocurre a su alrededor. Simplemente, no lo controlan. Por eso Cataluña está condenada a ir pasando de loco en loco. No cabe, por desgracia, otra posibilidad. Porque lo que no tuvieron en cuenta los aprendices de brujo del PDeCAT y de la Esquerra que diseñaron la escenografía efectista del procés fue el poder crítico, determinante, de lo que podríamos llamar el independentismo volátil.Maquinado durante tantos años hasta su último detalle, el plan consistía en jugar un gallina con el Estado desde la íntima certeza de que en el postrer segundo alguien se echaría atrás. Pero nadie se echó atrás. La Esquerra forzó el farol pensando que al Payés no le quedaría más remedio que rilarse antes de hacer lo que hizo. Y el Payés hizo lo que hizo porque, aunque ansiaba por encima de todo rilarse, sabía que lo condenarían a pasar a la Historia como un traidor en el caso de obrar con arreglo a lo que demandaba la razón.

Él y ellos, todos los dirigentes catalanistas del tiempo presente, son las principales víctimas colaterales del independentismo volátil, ese nutrido grupo de electores locales, los genuinos cruzados de la causa indigenista, que van y vienen de la Esquerra al PDeCAT y del PDeCAT a la Esquerra en función de cuál de ellos se manifieste en cada momento más proclive a implementar en la práctica las proclamas retóricas más extremas y maximalistas. El choque final entre la locomotora del Estado y el ridículo carrilet de la Generalitat no se hubiera producido nunca si ese grupo, que ni siquiera resulta ser el mayoritario dentro de la comunión catalanista, no dispusiese de la capacidad efectiva para inclinar la balanza en todo momento entre los dos contendientes que se disputan la hegemonía de la facción sediciosa. De ahí que solo los más locos (y las más locas) dispongan en este instante del plácet transversal para tratar de consumar desde la Generalitat la tarea iniciada y terminar de despeñar contra las rocas de su demencia el segundo periodo de autogobierno del que ha dispuesto Cataluña a lo largo de su historia moderna toda. Sea.

En España

    Lo más popular

    0
    comentarios

    Servicios