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José García Domínguez

La 'basura blanca' de Cataluña

Cs ganó en Barcelona y Cataluña cuando supo situar al eje nacional como referente prioritario, el único de hecho, en la confrontación interpartidaria.

José García Domínguez
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José García Domínguez - La 'basura blanca' de Cataluña

Cierto Jordi Graupera, uno de los muchos jóvenes universitarios independentistas que la Fundación La Caixa premió a partir del cambio de siglo con generosas becas internacionales para que pudieran formarse en las mejores universidades privadas de Estados Unidos y que ahora mismo constituyen ya la nueva élite intelectual del separatismo catalán, está siendo muy citado durante estas vísperas municipales por un artículo en La Vanguardia donde se refería a los castellanohablantes que arribaron a Cataluña en la década de los sesenta como white trash (basura blanca). Tras establecer una comparación con USA, el lugar de donde procede la expresión, Graupera aclaraba a sus lectores en el diario del Conde de Godó que "tanto los blancos como los negros desprecian a esa pobre basura blanca. Hoy, el término se aplica a los blancos que viven en roulottes, sin expectativas, que no participan políticamente". Para el agraciado becario Graupera, un habitual de las tertulias más tronadas de TV3 y aspirante a la Alcaldía de Barcelona en representación de una candidatura de fundamentalistas hiperventilados, la basura blanca afincada en Cataluña constituye, y desde siempre, la base electoral del PSC. Una visión, la de que el PSC encarna el refugio natural de esa morralla española de los barrios deprimentes de la periferia que no quiere integrarse en la generosa cultura que les da de comer, que, lejos de constituir una extravagancia del tal Graupera, refleja el genuino sentimiento profundo de los catalanistas todos, tanto el de los dirigentes como el de los dirigidos. La única diferencia es que ese Graupera se atreve a ponerlo por escrito y en el periódico de los Godó.

De ahí la desolada perplejidad que se apoderó de los catalanistas, en 2017, cuando un partido que agrupaba a casi toda la basura blanca, pero que no era el PSC, logró no sólo imponerse en las elecciones regionales, sino ganar también en la mismísima Barcelona, demarcación donde Ciudadanos obtuvo, recuérdese, nada menos que 868.000 votos (un 26% del total escrutado en la provincia). Ocurrió ayer mismo, hace apenas un par de años. Entonces, aquellas siglas intrusas obraron el insólito prodigio de ser las más votadas en Pedralbes, barrio donde multitud de edificios conservan una segunda puerta de entrada, la exclusiva para el servicio, y en Torre Baró, el rincón perdido de la ciudad donde habitan muchos de los que usan a diario esas segundas puertas segregadas para acudir a trabajar. En cambio, ahora, y con un candidato de primera como Manuel Valls, Ciudadanos se apresta a obtener unos resultados de tercera. A estas horas, Valls, simplemente, ya no cuenta. Con suerte, logrará rascar seis puestos de concejal. Con mucha suerte. ¿Qué ha ocurrido en ese intervalo tan breve de tiempo para que el fugaz espejismo de la hegemonía barcelonesa de Ciudadanos se vaya a desvanecer en la más absoluta nada? Pues ha ocurrido que lo que había roto de modo brusco el procés, el clásico predominio del eje izquierda / derecha a la hora de decidir el sentido del voto, se ha empeñado Rivera en reconstruirlo del modo más absurdo y contraproducente posible.

Ciudadanos ganó en Barcelona y también en Cataluña cuando supo situar al eje nacional como referente prioritario, el único de hecho, en la confrontación interpartidaria. Pero la irreflexiva ambición personal de Rivera, su desmedido afán por apoderarse del espacio electoral de la derecha española, ha conseguido no sólo acabar con cualquier remota posibilidad de expulsar de la Moncloa a la izquierda a corto y medio plazo, sino también destruir toda expectativa de que su partido pudiera hacerse con las importantes cuotas de poder institucional en Cataluña que parecían al alcance de su mano. Para eso ha servido el tan cacareado giro a la derecha de Cs. Para que el PSOE siga mandando sine die en Madrid. Para que Colau solo se tenga que preocupar de la Esquerra a fin de conservar su sillón en la Plaza de San Jaime. Y para que los catalanistas del PSC hayan recuperado la tutela y la patria potestad electoral de la basura blanca que tanto temían haber perdido, y para siempre, hace apenas 24 meses. Todo un genio Rivera, sí.

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