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Más de lo mismo

Un varón, por cierto, que reúne dos taras, ontológica una y física la otra, que lo inhabilitan cara a la sucesión; es demasiado inteligente y demasiado calvo, estigmas ambos que suscitan el rechazo instintivo de las muy soberanas audiencias televisivas

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Al igual que en las matemáticas, la ley fundamental de la aritmética zapateril establece que el cambio en el orden de los factores nunca altere el producto. Así, trocar una Bibiana por una Leire o un Moratinos por un Jáuregui siempre implicará un juego de suma cero. Perfil bajo; vocación subalterna; pupitre, el justito; y obediencia, esa suprema virtud perruna, contrastada. He ahí el ecuménico retrato robot de los validos de La Moncloa, un imperativo categórico al que no semeja escapar el nuevo Gabinete. Obediencia; sobre todo, mucha obediencia.

Véase, si no, cómo los cautivos y desarmados en el Waterloo de Parla, con la Trini y don José a la cabeza, han devenido triunfadores del restyling. Más de lo mismo, pues. Acaso con alguna excepción, la preceptiva con tal de que se confirme la regla. Me refiero, claro, a Rubalcaba, el único político de talla que aún escolta al naufrago en su deriva. Un varón, por cierto, que reúne dos taras, ontológica una y física la otra, que lo inhabilitan cara a la sucesión; a saber, es demasiado inteligente y demasiado calvo, estigmas ambos que suscitan el rechazo instintivo de las muy soberanas audiencias televisivas. Y es que una rémora de la galaxia Gutenberg, como él, no tiene nada que hacer en la era del iPod, la fibra óptica y Belén Esteban.

Por lo demás, bien harían dejando de fantasear cuantos lo imaginan al frente de un comando suicida presto a inmolarse en las urnas por Zetapé. Nadie olvide que el flamante vicepresidente responde por don Alfredo, no por mister Chance. En fin, cuitas hereditarias al margen, se entrevé cierta voluntad presidencial por congraciarse con el paisaje conservador que dibujan todas las encuestas. Un tenue giro a la derecha de la veleta que ha pagado Moratinos y su estrafalaria pose de insurgente bananero. Por ese mismo sumidero, el de la alarma electoral, desaparecen otras dos alegres concesiones a la demagogia, los nanoministerios de Vivienda e Igualdad. Un guiño al sentido común que se compensa transfiriendo Trabajo a la UGT. Y fin de la historia. Lo dicho: más de lo mismo. Ya lo advirtió Iglesias, Julio no Marcelino: "Las obras quedan, las gentes se van. Otros que vienen las continuarán. La vida sigue igual".

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