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¿Para qué queremos a los catalanistas?

Si un empresario es importante, seguro que no es catalán; y si es catalán, seguro que no es importante. Unas cuantas pymes, seis hermanos que hacen unas pastillas de caldo de pollo, una caja de ahorros... Como en Murcia, pero con aires de Massachusetts

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Parece ser que en el congreso último de CDC han ampliado el catálogo de eufemismos y cataplasmas retóricas con que de antiguo gustan adornar el objetivo secesionista. Nada nuevo bajo el sol. Desde su mismo origen, la voladura controlada de la soberanía española ha constituido la almendra doctrinal de una organización que siempre se ha querido más un movimiento (de liberación) que un partido. La novedad, pues, es que no hay novedad. ¿A qué entonces tanta lágrima de cocodrilo mesetario? ¿A qué ese súbito estruendo propio de las tormentas de verano y de las riñas entre las parejas de novios? A estas alturas de la construcción nacional, ¿a qué la pose airada del Partido Popular cual doncella ofendida?

Con ese respeto suyo tan reverencial hacia el dinero, la derecha de secano aún sigue dando pábulo a la añeja fantasía sociológica que responde por burguesía catalana. "Un importante empresario catalán...", titula con alguna frecuencia la prensa de orden en Madrid. Como si existiese vertebrado capaz de aunar los tres atributos a la vez. Y es que, a día de hoy, si un empresario es importante, seguro que no es catalán; y si es catalán, seguro que no es importante. En puridad, los únicos empresarios catalanes que  merecen el título de importantes responden por Sony, Nissan, Volkswagen, Panasonic, Casio o Henkel. Aves de paso. He ahí la mítica burguesía pedánea.

Más allá de es eso, unas cuantas pymes, seis hermanos que hacen unas pastillas de caldo de pollo, un caja de ahorros y para de contar. Como en Murcia, pero con aires de Massachusetts. Y ante semejante leyenda urbana está dispuesto a rendir sus naves el Partido Popular. Porque igual que hay quien cree los ovnis, hay quien toma a Oriol Pujol Ferrusola por la reencarnación de Lorenzo de Médicis. Un equívoco digno de psicoanálisis  sin el que no cabe entender la voluntaria subordinación de los conservadores ante CiU. Así, a imagen y semejanza de Aznar, Génova ha corrido a apuntalar en el poder a los catalanistas canónicos a cambio de nada. Ni una mísera propina. Nada de nada. El papel del tonto útil, aquel gran clásico vacante desde que se disolviera la Komintern, ya vuelve a tener dueño. Bravo por la derecha patria.

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