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Podemos contra Podemos

Había un Podemos que espiraba a gobernar y otro Podemos que quería seguir gritando en las plazas. Ya sabemos cuál se ha impuesto.

José García Domínguez
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Pablo Iglesias e Íñigo Errejón | EFE

Con todas las salvedades de rigor, Podemos acaba de reproducir aquel mismo cisma sentimental interno que llevó al abandono de la retórica marxista por parte del PSOE de Felipe y Guerra cuando el célebre XVIII Congreso. Con las mismas salvedades, el hoy derrotado Errejón encarnaría la postura posibilista, pragmática y también algo oportunista y cínica que en su día, hace ya tantos años, encabezó el aún joven Felipe González. Por su parte, las tesis de Iglesias, el ahora ganador, recuerdan a las de aquellos airados izquierdistas doctrinarios que osaron plantar cara a la pareja de sevillanos, gentes tan honestas en lo intelectual como ingenuas en lo político, y que luego serían laminados sin piedad ni contemplaciones por el aparato de Ferraz. Si de lo que se trataba era de llegar cuanto antes al poder, y de eso precisamente se trataba, no cabe duda de que González era quien llevaba la razón por aquel entonces. Al cabo, González fue el primero en entender que, al igual que sucede en el instante presente, para conquistar la Moncloa en 1982 no bastaba con el asentimiento entusiasta de la izquierda sociológica.

Sin los votos de las siempre medrosas clases medias, nunca, ni en 1982 ni en 2220, se podrá gobernar España. Simplemente, no se puede. Y González ayer, como Errejón hoy, quería gobernar por encima de cualquier otra consideración. Continuando con las analogías y con las salvedades, lo que determinó la definitiva consolidación del PSOE renovado como un partido más del sistema e inofensivo a ojos del establishment fue la experiencia coetánea del gobierno de la unión de las izquierdas en Francia. Mitterrand tardó apenas un año en comprender que en la Europa de la libertad de los movimientos transfronterizos de capitales ya no se podía seguir alimentando la vieja fantasía de romper con el orden capitalista, so pena abocar al propio Estado a la quiebra súbita. Lo entendió Mitterrand y también lo entendió González. Desde aquel preciso instante, la aceptación de la lógica del mercado por parte de la socialdemocracia pasó de constituir una simple opción táctica a convertirse en un imperativo estratégico insoslayable.

Pero si hace treinta y cinco años el espejo donde se miraron los ganadores fue Francia, ahora mismo es Grecia. Syriza, ese tigre de papel que se iba a comer el mundo antes de plegarse a obedecer con la tierna mansedumbre de un corderito todos los mandatos de la Troika, es lo que tenía in mente Iglesias cuando saltó a la pista de Vistalegre II presto a llevarse por delante cuanto oliese a errejonismo. Tan sangrante, la paradoja en forma de callejón sin salida ante la que se encuentra esa nueva izquierda, la que se quiere transformadora y ajena a las renuncias claudicantes de la socialdemocracia tradicional, es que, aquí y ahora, desde el poder no se puede hacer nada, nada sustancial por lo menos (Grecia es la prueba). Y fuera del poder, ni aquí ni ahora ni antes ni nunca, tampoco se puede hacer nada. Había un Podemos que espiraba a gobernar y otro Podemos que quería seguir gritando en las plazas. Ya sabemos cuál se ha impuesto.

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