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José García Domínguez

¿Por qué no hay obreros en Podemos?

Pero los viejos obreros de mono azul, los de toda la vida, son como las meigas: haberlos, haylos. Y los seguirá habiendo durante mucho tiempo. ¿A qué estará esperando Vox?

José García Domínguez
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Pero los viejos obreros de mono azul, los de toda la vida, son como las meigas: haberlos, haylos. Y los seguirá habiendo durante mucho tiempo. ¿A qué estará esperando Vox?
EFE

En el partido más aparentemente a la izquierda del arco parlamentario español todo no hay obreros. No hay obreros, salta a la vista, entre los miembros de su dirección que acaban de acceder ufanos al Consejo de Ministros. No hay obreros, también salta a la vista, entre los diputados que integran su grupo parlamentario en las Cortes. No hay obreros, ni uno, entre los muchos cuadros de sus confluencias regionales que han logrado acceder a puestos de responsabilidad institucional en autonomías y municipios. No hay obreros entre su base militante, la que integra los célebres círculos (nos los habrían enseñado si existieran). Pero, sobre todo, no hay obreros entre su menguante electorado, algo fácil de constatar si se repara en el perfil sociológico dominante de las circunscripciones censales donde Podemos logra sus mejores resultados. Definitivamente, en Podemos los obreros no están ni se les espera. Asunto, ese de la clamorosa ausencia de exponentes de la clase trabajadora tradicional entre los miembros de la formación que se reclama heredera de la izquierda genuina en España, que, lejos de constituir una rareza o una inopinada paradoja, supone justo lo contrario, esto es, un rasgo de absoluta coherencia y normalidad.

Porque lo normal hoy, a finales del segundo decenio del siglo XXI, y tanto en Europa como en Estados Unidos, o sea en todos los rincones de Occidente, es que los obreros hayan desertado en masa de los partidos que se definen a sí mismos como de izquierdas, una categoría en la que también procede incluir al Partido Demócrata de los Estados Unidos. En masa y en todas partes. Así las cosas, lo raro y extravagante en estrictos términos estadísticos comparados habría sido que entre los dirigentes y los dirigidos de Podemos nos hubiésemos topado, siquiera por azar, con uno de esos monos de trabajo de color azul que tanto se estilan aún en los polígonos industriales de las grandes periferias urbanas del país. En Podemos no hay obreros porque en la izquierda ya no hay obreros. Y si alguien cree que la sentencia que precede a esta frase no es más que otro de esos recursos retóricos algo frívolos y con afán epatante tan habituales entre el gremio de los columnistas de prensa, yo le aconsejaría la muy urgente lectura de Capital e ideología, esa obra monumental, amén de plagada de rigurosa y actualísima información estadística, que acaba de publicar alguien tan poco sospechoso de traidor a la causa como Thomas Piketty.

España, frente a lo que siempre repiten nuestros castizos de todos los partidos, es un país normal en el que ocurre lo mismo que en los demás países normales. Y si lo normal en 1950 era que, e igual en Europa que en Estados Unidos, las personas con menor formación académica y ubicadas en los estratos más bajos de la pirámide laboral votasen de forma muy mayoritaria a la izquierda, lo normal desde poco antes del cambio de centuria es que suceda exactamente al revés. Y también en todas partes, por cierto. En las dos orilla del Atlántico, España incluida, asistimos a una mutación política generalizada merced a la cual los antiguos partidos de los trabajadores manuales se han transformado en fuerzas que ahora representan a los electores con mayor nivel de estudios (es el caso de Podemos aquí), frente a los partidos tradicionales de derechas, que siguen siendo los preferidos de los votantes con mayor nivel de renta y patrimonio. La izquierda, así en Europa como en Norteamérica, ha pasado de ser el partido de los trabajadores al partido de los titulados universitarios. Es un cambio histórico. Pero los viejos obreros de mono azul, los de toda la vida, son como las meigas: haberlos, haylos. Y los seguirá habiendo durante mucho tiempo. ¿A qué estará esperando Vox?

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