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José García Domínguez

Sánchez se la juega, pero la Esquerra también

Inminente defenestración final del tosco testaferro Torra, algo que ya es cuestión de días, va a abrir las puertas a la reedición de un nuevo tripartito.

José García Domínguez
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Inminente defenestración final del tosco testaferro Torra, algo que ya es cuestión de días, va a abrir las puertas a la reedición de un nuevo tripartito.
Pedro Sánchez y Quim Torra. | EFE

Los Mozos de Escuadra, ese cuerpo policial creado por el buen rey Felipe V y que el general Franco nunca disolvió a lo largo de los célebres cuarenta años de su régimen, poseen una peculiar indumentaria de gala en la que destacan, por el brusco contraste estético, el uso de unas vulgares alpargatas de esparto a modo de calzado junto con una elegante y estilizada chistera, la que cubre las testas de todos sus miembros en las ceremonias oficiales. La chistera y las alpargatas maridadas a modo de signos externos de la autoridad constituida, metáfora obvia del común sometimiento a los dictados de la ley de los de arriba y de los de abajo, simbolizaron también durante mucho tiempo la no menos obvia expresión plástica de la radical división entre las clases sociales locales, esa que al igual que en el resto de España también se daba en Cataluña. Porque el predominio hegemónico de las capas medias en el paisaje social catalán supone una novedad muy reciente, tanto que no alcanza aún más allá del recorrido vital de dos generaciones. Una división secular, esa tan extrema que en España siempre había existido entre ricos y pobres hasta la década de los sesenta del siglo pasado, que también en Cataluña tuvo una paralela traducción política.

Así, los catalanes de chistera habían pasado, y sin solución de continuidad, de votar a la Lliga de Cambó –cuando Alfonso XIII y la República– a la coalición CiU tras la muerte de Franco. De modo análogo, los indígenas (e indigenistas) de la alpargata nunca dejarían de reconocerse en la Esquerra como sus siglas de referencia. Pero ese era el mundo de ayer. Un mundo que, por ventura, ya no existe. Hoy, los pobres de Cataluña, los pobres de verdad, hablan urdu, rumano, árabe vulgar o castellano con algún acento latinoamericano. Ni catalán ni tampoco ese castellano neutro tan característico de la plaza. Por lo demás, resulta ya por completo imposible tratar de identificar el lugar preciso que ocupa cualquier autóctono en la pirámide social recurriendo a observar la forma y calidad de su indumentaria. Fenómeno, el de la definitiva disolución de las viejas polaridades en un amorfo magma de indiferenciados estratos medios, que igual tiene una traducción política ahora. Porque lo que históricamente no había pasado nunca en Cataluña, que los de la chistera y los de la alpargata de esparto pudieran votar a los mismos partidos, no es que acaso llegue a ocurrir en la realidad, es que está ocurriendo. Y desde hace tiempo además.

La inminente defenestración final del tosco testaferro Torra, algo que ya es cuestión de días, va a abrir las puertas a la reedición de un nuevo tripartito en el que la Esquerra confluirá, en tanto que fuerza dominante del indigenismo identitario, con los soberanistas de Colau y con los transformistas vocacionales del PSC. Ese marco en el que los posconvergentes asilvestrados desaparecen de las fotos oficiales y del reparto del botín institucional es algo que en Cataluña descuenta ya todo el mundo como inminente. Las grandes líneas generales del pacto están hechas. El único problema para la dirección de la Esquerra, que es quien más ansía el acuerdo, reside en esa intensa porosidad sociológica propia de la Cataluña actual. Porque la muy probarle réplica de Puigdemont y sus airados payases neotrabucaires a la traición de Junqueras va a ser el boicot, ya sea público o encubierto, a la mesa de marras. Una mesa, la del prometido diálogo de igual a igual que confronte al Gobierno de España con las autoridades regionales, en cuya mera existencia la Esquerra se juega su propia legitimidad frente al conjunto del electorado independentistas, esos dos millones de votantes que pueden saltar de Junts per Catalunya a ERC y viceversa. Con esa mesa, Sánchez, sí, se la juega. Pero Junqueras se la juega más que él. Mucho más. Y esa está llamada a ser la gran baza de la Moncloa cuando comience la función.

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