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José García Domínguez

Si Cataluña fuera una nación

Somos (a efectos administrativos creo que yo aún soy catalán) Irlanda del Norte sin pistolas.Y ahí, es sabido, nadie cambia de bando jamás.

José García Domínguez
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Somos (a efectos administrativos creo que yo aún soy catalán) Irlanda del Norte sin pistolas.Y ahí, es sabido, nadie cambia de bando jamás.
| EFE

Si Cataluña fuera una nación, el problema, a pesar de ser de muy difícil arreglo, tendría solución. El que no la tenga, porque no la tiene, obedece a que Cataluña son dos naciones, no una sola. Dos naciones que comparten un mismo espacio físico, sí, pero que habitan en universos mentales en extremo ajenos y distantes el uno del otro. Y de ahí lo absolutamente inamovible, la robustez pétrea de los dos bloques electorales domésticos. Ningún modelo de sociología electoral existe hoy en territorio alguno de España, incluido el País Vasco, que reproduzca las pautas de conducta ante las urnas que se dan en esas cuatro provincias. Y es que, a diferencia de lo que allí sucede por norma, incluso en el País Vasco los trasvases, y más o menos fluidos, entre el campo constitucionalista y el abertzale resultan no sólo factibles sino bastante frecuentes. A fin de cuentas, el ostracismo reciente del Partido Popular en aquellos valles se explica por la muy obvia razón de que gran parte de la derecha españolista vasca también puede votar sin ningún problema al PNV, sobre todo en los comicios autonómicos.

Eso en Cataluña no pasa. No sólo no pasa, sino que resultaría impensable que pasase. En ese sentido, el de la escisión absoluta, radical, irreparable también, de la población en dos bloques contrapuestos, la Cataluña actual solo dispone de dos espejos de conducta electoral en Europa donde poder reconocerse: Bélgica e Irlanda del Norte. Y quizá se podría añadir un tercero: Ucrania. Al modo de lo que ahora mismo ocurre en Cataluña, tampoco en ninguna de esas tres identidades nacionales escindidas cabe el tránsito, siquiera ocasional, de un bando a otro, so pena de arrostrar el estigma de muy poco menos que la traición a la patria. A eso hemos llegado también nosotros. Y empeñarse en no querer reconocerlo, la actitud naíf de tantos políticos catalanes en periodo de celo electoral, no va a hacer que esa nueva realidad cambie. En la Cataluña ya sin caretas, la de ahora mismo, la lógica troglodita de los bloques ha venido para quedarse. Somos (a efectos administrativos creo que yo aún soy catalán) Irlanda del Norte sin pistolas.Y ahí, es sabido, nadie cambia de bando jamás. Nunca. Aquí tampoco.

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